martes, 17 de marzo de 2015
Invencibles.
jueves, 26 de febrero de 2015
...ventanas...
viernes, 6 de febrero de 2015
gente normal.
martes, 23 de diciembre de 2014
Lyubov'
Salí del apartamento con la sensación de dejarme algo importante. Básicamente la conexión wifi. Pensando que poco podría pasar en esta mañana de domingo, fría y nevada, mis pasos se encaminaron por la pequeña calle Leontyesvkyi dirección Tverkaya. Mientras aligeraba el paso para llegar al metro pensaba que al final, las calles, sean de Moscú o de Móstoles o de Madrid, son iguales en todos lados. La aventura del metro estaba muy estudiada, sólo tenía que llegar hasta la parada de Pushkinskaya (línea morada, recuerda, línea morada) y hacer un transbordo en la Plaza De la Revolución. Luego ya todo en la misma dirección (línea azul oscurocasinegro) La teoría que había memorizado gracias a google estaba fácil. Pero los rusos son muy suyos, y dónde esperas que ponga “Ploshcad Revolutsii” hay una serie de símbolos que ni siquiera soy capaz de leer…. Malditos… Aun así, memorizando un poco los jeroglíficos, y contando paradas, todos los caminos llegan a Roma. O al mercado. El Metro de Moscú es bonito. Así en plan soviético, con las estaciones amplias y marmoladas y llenas de estatuas y pinturas y rusos y soldados. Las máquinas para vender billete tienen en grande un opción para poner el menú en inglés, (yes, very well fandango) 40 rublos de viaje (algo menos de un euro) Recuperé un poco la sonrisa al conectarme al wifi-free de los vagones, y poder hacer un poco seguimiento de por dónde andaba. La verdad es que no hay mucha diferencia: mismas caras de sueño, mismas miradas perdidas y todos pendientes de sus teléfonos. También hay músicos con acordeón. Mi parada de la línea 3 es Partizanskaya (esta era fácil de recordar, el fútbol es lo que tiene) Salir del metro también es una aventura. Yo pensaba que el cartel con el tipo corriendo indicando la salida era algo obligatorio… así que al no verlo me fijé en la gente y decidí seguir a los que tenían cara de “voy al mercado” Después de seguir a dos personas equivocadas y que me miraran mal, decidí buscar unas escaleras. Al salir del centro de Moscú sales de la parte turística también. Aunque el mercado de Izmailovo tiene mucho para los guiris, por lo que había leído, era lugar frecuente de los locales por tener un poco de todo. Una especie de Rastro pero que abre todos los días. Allá que vamos, como si fuera de San Petersburgo de toda la vida. Es un recinto, no son puestos de feria, y aunque está descubierto se puede pasear sin miedo a la fina nieve que cae. Es enorme y colorido. Tenía poco tiempo y sólo quería dar una vuelta para encontrar algún recuerdo sin los excesos del centro. Puestos de todo tipo: gorros, muñecas, cerámica, artículos soviéticos, camisetas con Putin, jarras con Putin, muñecos de Putin, llaveros con Putin… y comida ambulante a la parrilla. Una locura. Nada tiene puesto el precio, así que hay que preguntar, y ahí, en ese momento, es cuando al escuchar el acento, los comerciantes te dicen “Amigo” “España” “Euros” y sabes que te van a engañar. Como lo haría un español vamos. Entonces la necesidad me agudizó el oído y encontré a una pareja muy joven hablando entre ellos en la lengua de Cervantes y con los tenderos en ruso. Venezolanos estudiando. Y yo, una de las personas más antipáticas que conozco, haciendo valor para decirles: “Help, áyudame, en tu amistad he puesto toda mi fe” (bueno, así no, pero casi) Me explicaron que aquí se puede regatear por todo, pero siempre intentarán sacarte algo y mejor decir que eres estudiante (yo creo que ya no cuelo, pero me hizo gracia) Ocho Matrioskas, dos gorros, tres camisetas, un imán para la nevera, diez postales y cuatro jarras después, mis guías e intérpretes tenían que abandonarme a mi suerte. Comimos juntos unas brochetas a la brasa y les invité al teatro por la noche. No soy de hacer muchos amigos y ellos se quedarán aquí con un estupendo recuerdo en mi memoria. La vuelta al centro fue menos traumática. Sólo había que deshacer el camino (aunque me bajé una parada antes porque me despisté, en Teatralnaya) Me dirigí a correos a mandar mis postales y a mi café habitual, donde la camarera me sonríe, pensando en el pobre turista que pide las cosas señalando… Ahora ya tengo una conversación fluida con ella:
- Priviet, cofe smolocom, latte, as avoi, Jarasso. Spasiva. Paka. (Todo con acento de La Mancha)
jueves, 2 de octubre de 2014
..las palabras...
sábado, 26 de julio de 2014
...sin mi, sin vos, sin Dios...
lunes, 16 de junio de 2014
Inflexión.
No me canso y lucho porque todo pasa, porque sé que las cosas son siempre mejores... No me cansa y me despierta el sentimiento de primavera que me calma y me hace no dejar de sonreír... No me cansa vivir sintiendo que siempre podré estar ahí sentado contando lunares en sueños ajenos... No me canso para llegar a todo, a todos, a dar sin esperar más para que el tiempo no pase... No me canso de sentir la alegría de una mirada furtiva de un amante bandido, de la vida pasar con el calor del momento, de sentir la fuerza de las palabras de la esperanza de ese mensaje que nunca llega... No me canso...
Ich warte auf dich...
jueves, 24 de enero de 2013
...y la vida siguió...
jueves, 13 de diciembre de 2012
20x140 caractéres (o casi)
…Los lunes lentos, llanos, llenos, lánguidos; libidinosos lunares; los labios libres; la lengua lanzada, lamidos los lóbulos; la luna... ¿lejos...?
...o cómo Lobo, solo, goloso sólo, optó, fogoso por otro olor...
...pensando, poco, para pecar pronto, poniendo prendas por penas pendientes, pintando poemas, parando pequeñas prisas...
lunes, 10 de diciembre de 2012
Oxímoron.
miércoles, 6 de junio de 2012
Las gafas de Roy Orbison
Hace unos años, ya bastantes, alguien me dijo que no sabía querer, que yo “quería mal” y no quería entenderlo aunque siempre lo entendía. No quería creer en esa posibilidad, en que se podía querer a alguien y quererlo mal. Pero siempre lo entendía. Decía “la mas grande” que el Amor se podía romper de tanto usarlo. Al final todo queda reducido a un problema muscular, reduciendo el razonamiento en que el Corazón no deja de ser un músculo al cual, como cualquier otro hay que educar. Siempre igual. Un uso excesivo hace que nos salga ampolla, y que después de ella, llegue el cayo que deja la huella del uso. Se endurece. El músculo se vuelve duro, áspero, feo, y poco práctico para nada. El Corazón que se usa en exceso acaba anquilosándose, y latiendo cada vez mas lento y más despacio porque ya no tiene la frescura de otras veces. Nos pensamos que la experiencia hace que sepamos mucho más de ese músculo tan simple y a la vez tan complejo. Simple porque no tiene nada dentro, sólo un espacio hueco que se rellena y expulsa, pero evidentemente tan complejo que de él solo depende la vida. Usamos demasiado el Corazón. Queremos frenarlo, peor aun, pensamos que debemos frenarlo, porque sabemos de las consecuencias obtenidas al dejar que funcione sin control. Desdichados segundos usos del Corazón. Miedo a que nuestro músculo funcione por si solo y llegue el día que se rompa. Mejor dejar de usarlo, asustarnos y escaparnos para tener otros músculos al servicio de nuestro inconstante Amor. De un tiempo a otro tiempo a los corazones les pasa como a las cuerdas vocales que se encuentran llenas de nódulos; sólo hay una forma natural para librarse de ellos: dejar de usarlas. Siempre hay remedio quirúrgico, pero como todos, es la última carta, y mucho me temo, que para este nuestro Músculo, no hay aun intervención. Ese remedio es el que nos asedia. Esa solución la que nos atormenta. Cuando nuestro Corazón se endurece porque lo hemos usado demasiado, porque no hemos conseguido reblandecerlo a fuerza de caricias, de besos, de “tequieros” cuando sólo lo usamos en una dirección sin encontrar respuesta que nos permita latir con brío. Es entonces cuando el remedio y la solución es dejar de usarlo. Parar. No querer. Golpearse el pecho de vez en cuando para que sintamos que aun está ahí. Quizá las consecuencias a corto plazo sean demoledoras, quizá sólo sobrevivan algunos, quizá sólo lo superen los expertos. Pero una vez llegado ese momento de superación, de salvación, es posible que la dureza desaparezca, que el poco uso pida a gritos una nueva energía cinética, que el Corazón quiera volver a latir. Mientras eso pasa, entramos en un estado extraño. Lleno de añoranzas, de penas, de tristezas, de dudas.
Sólo dejar pasar el tiempo.
Todo el tiempo.
sábado, 3 de marzo de 2012
Una historia sin título.
¿Diga? (Respondió O)
Llueve (Dijo N)
jueves, 19 de enero de 2012
Enough
sábado, 12 de noviembre de 2011
Orgia.
domingo, 3 de abril de 2011
Sólo.
Nunca me ha gustado Marzo. No sé muy bien de donde viene tan irracional tontería, porque muchas grandes y buenas cosas me pasan en esos días. Supongo que es rasgo de la naturaleza humana tener algo que odiar, algo que amar y/o algo que temer. Que sea algo tan etéreo como un mes es funcional e inocuo. Me he sentado aquí, como tantas veces a pensar en el tiempo que tengo, que gano o pierdo y que me queda al cabo del día. De éste concretamente. Horas del día, de semana, de mes, de este Marzo que termina. Me vuelvo a mover por estaciones y túneles lo más veloz que puedo para no pensarlo mucho. Mi imaginación había estado volando pasándose de lo recomendable, con demasiados paseos, y no es bueno engancharse a los idus de marzo. Quizá no sea bueno engancharse a nada. Releo. Reescribo. Reabro. Tenía ganas de llegar, de sentarme, de darle menos vueltas a todo. También de llegar y poder escribir aunque no tenga nada interesante que contar. O quizá porque tengo mucho que contar o que escribir y es algo que debe estar sólo donde está. Siempre me arrancan las letras las tristezas. Que putada. Lo acabo de pensar. Me he vuelto a engañar, al pensar que es simplemente cuestión del momento, pero ha resultado que es algo más; siempre es algo más. O no. Ahora no quiero pensar eso. Simplemente sentarme un rato fuera de un incómodo vagón, y tomarme este café de media tarde. Sencillo vicio doméstico que me acompaña hoy, ahora, mientras remuevo mi conciencia para sacar unas líneas que le quiten el polvo a un teclado abandonado. No, no es cierto que sólo me arranquen letras las tristezas. Son impulsos, empujones y como le dice Brick a Maggy, un “click” que me haga abandonar la realidad de escuchar lo que me rodea y meterme en otro mundo. Supongo que es lo que tiene la cosa de andar mancillando el nombre de “escritor”, que se necesitan muchos impulsos, muchos. Buenos, malos, regulares, tristes o alegres, no sirve solo con querer y poder. No al menos para mí. La luz del balcón se ha ido apagando con toda esta reflexión, y el sol que me acompañaba en estas primaverales tardes deja paso a ese momento tan triste del día (otra vez) que és un atardecer entre bloques de pisos que no permiten ver más que sombras y ladrillos. Impulsos. Inputs. Latidos. Pasará Abril, majestuoso en mi calendario personal, con tantas cosas que contar y que hacer y tener, y me volveré cual Sabina a preguntar aquello de “quien me ha robado” sin pensar en el Marzo que pasó antes, ni el Febrero, ni mucho menos, Enero. De nuevo, otra vez, el tiempo hace apología en mis líneas sin que me percate de ello. Sólo al volver sobre mis propias letras me doy cuenta de eso que ya me han dicho. El tiempo. Hay tiempo, tenemos tiempo, hagamos tiempo, pasemos el tiempo. Al final, lo único que no somos capaces de controlar, de gestionar y administrar es ese paso de minutos. Quizá sea eso por lo que me obsesione. Porque pasa irremediable y me deja atrás, sin que pueda controlar nada. Aunque también me dice que volverá. Otro tiempo, otro Marzo y otra reflexión de café descansado. Como decir nada escribiendo mucho. La luz artificial da otro color al fondo de mi taza, y hace mi reflexión más larga. Hay que cambiar la forma de medir nuestros momentos. Usemos esos impulsos. Llevemos la cuenta de nuestras vidas por latidos. Así quizá, o sin quizá, dejaré de pensar en meses que odiar, y podremos ocuparnos sin preocuparnos, de latir cerca de otros. Me sonrío… creo que tengo demasiado tiempo para pensar…
viernes, 31 de diciembre de 2010
Contabilidad Humana
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Terrazas
Estaba asomado a la terraza, disfrutando de ese pequeño placer que la vista me ofrecía y que esta ciudad compartía conmigo. Desde aquella altura podía contemplar muchas otras terrazas y azoteas. Cádiz me gusta. He descubierto muchas cosas en estos días, es una ciudad que alimenta como ninguna otra había conocido mi gusto por los tejados, por la luz, por la claridad. Mucho ruido, abajo en la calle el fin de semana rompía con fuerza, y aquí arriba la fiesta poco a poco entraba en calor. Despistado, pillado por sorpresa, sin oírla llegar, sus brazos me rodeaban silenciosos, sin preguntar por mi momento, era un momento nuestro más. Notaba su cara en mi espalda, acariciándola. Me di la vuelta para tenerla de frente, pero algo se movió en la oscuridad. Sin decir nada, los dos miramos al otro lado de la calle: una sombra.
En el edificio de enfrente, un hombre trepaba por los tejados, cuidadoso. Llegaba a la terraza delantera a nosotros, sin darle importancia a lo que podíamos pensar, y ajeno a nuestras miradas. Parece que llama, susurra un grito. Está sujeto, esperando al pie de un saliente. Otra sombra, cubierta, se asoma, el manto cae, descubre un rostro femenino. Somos testigos silenciosos, cazadores de sombras, como si no quisiéramos espantar a dos animales indefensos, pero sin abandonar nuestra posición privilegiada. Algo se dicen. Ella agachada, cercana a su cara. Él se agarra fuerte a la cornisa. Miran a un lado y a otro. Parece que fuésemos invisibles. Ella le tiende su brazo, y ayuda a subir. Ambas sombras se pierden en el interior.
Volvemos a la fiesta, curiosos de saber más de esto. Parece ser que lleva unos días pasando. Elucubraciones, teorías, especulaciones y risas. Son amantes, son amores imposibles, es que siempre se le olvidan las llaves al vecino… La fiesta sigue. El mundo es ajeno, y aun me queda mucho por descubrir de esta ciudad, pero no puedo dejar de pensar en esa imagen, como si fuera de otro tiempo, como de una dimensión diferente, como si pudiese imaginar algo alrededor de estas figuras que me calmara la curiosidad. Te miro y me olvido y de mis tonterías. Los amigos van y viene, nuevas caras, mucha gente. La música se va apagando en la calle, y entre besos y recuerdos abandonamos aquella terraza ya casi con el amanecer. El sueño nos espera, y los besos que lo acompañan. Mañana será otro bonito día en la última ciudad a este lado de los confines de la tierra…
Duermo, sueño, imagino y te escribo…
“Corría entre carros y puestos, como una flecha. Pensaba que llegaría a tiempo para el momento, para verla salir, para subirse a un árbol y poder verla sin que nadie le molestase. Ella siempre lo buscaba, ella sabía que era de los pocos instantes para cruzar sus miradas sin miedo a nadie, a regañinas de amas, hermanas y viejas. Corría. El retraso en el puerto del último envío había roto todos sus planes. Corría como nunca. Tarde. Cuando llegó a la puerta de la casa ya no estaban. Todo despejado, nada del revuelo de media tarde, en uno de los días de más luz que les estaba dando aquel abril primaveral. No sabía mucho de ella: su nombre, su posición social, su reclusión en la familia, y que bajaba casi todas las tardes a La Caleta. Casi siempre a la misma hora, nunca sola. Y que aquel día que se miraron en la playa sería el primer día del resto de sus días. Esperaba siempre paciente su paso de vuelta de la playa, escondido en cualquier rincón, tras algún carro, tras alguna rendija. Un día se tocaron. Lo recordaba ahora, mientras caminaba sin saber muy bien a donde. Bajaba corriendo cuando se la encontró de frente, sorprendidos, al doblar una esquina cerca del Mentidero. Un segundo, un empujón, un choque frontal. De allí salieron sin más, pero como en las novelas de caballería, su pañuelo quedó abandonado en el suelo: azul de mar, hilo de luna. Lo guardó durante un par de días, intentado armarse de valor para devolverlo. Cuando por fin respiró todo ese valor, una tarde, en vez de esconderse, la esperó al paso por la Alameda para devolvérselo; delante de ella, con la respiración entrecortada, con el brazo estirado, con la ofrenda del pañuelo. Ella se acercó, sin dejar de mirarse a los ojos, y alcanzó la prenda al tiempo que de la forma más sutil, rozaban sus manos, áspera una, suave otra. Ojos. Ojos clavados. Ella continúo su paseo con un leve “gracias”, bajo la atenta mirada de la compañía y las risas entrecortadas del resto de acompañantes. Aun respirando hondo y profundo, al girarse, pudo ver como ella se volvía para certificar esa última mirada. Esta tarde se le había escapado. Había sido la primera vez desde aquella que se había perdido por el camino.
La cabeza a mil con el desasosiego del alma le impedía decidir, y le hacía dar vueltas a la manzana, intentando no pensar. “Oye” Una voz lo llamó. “Mi hermana quiere verte” “Esta noche. En la terraza. A las doce. Toma, es para ti. No vuelvas a pasar a por esta calle, sólo ven esta noche” La joven le volvió a tender el pañuelo que había significado aquel primer roce, el salvoconducto para poder pasar, el alma misma.
Parecía que aquella tarde estiraría la ciudad la luz más que nunca y la noche no llegaría jamás. Los pescadores comenzaban retirar sus cañas, y a marcharse a sus casas. La primavera había ofrecido días cálidos y estaba en posición de brindar una fría noche. Silencio. Algunos borrachos que gritaban aun las victorias de las guerras pasadas eran las únicas voces que perturbaban. Todo lo demás se mantenía en calma: el mar, la luna inexistente de aquella noche, y las estrellas cercanas. Las doce llegarían pronto.
Buscó la casa apropiada. Los portales abiertos, los patios interiores mostrados, la tranquilidad de las calles. Una ciudad como ninguna para vivir tranquilo.
Las ventanas del patio tenían rejas fuertes, y poco a poco fue armándose de paciencia y fuerza para escalar. Mil veces lo había hecho en escalas y barcos. La última casi le cuesta caer. Resbaladizos barrotes, fuertes, anclados en la piedra ostionera como un fósil más. El tejado claro en un oscuro, dos casas más atrás. Casi las doce. De nuevo, por segunda vez en el mismo día llegaba tarde: “corre” El corazón latía fuerte, pero sabía que aun no podía reventar su pecho, aun hay más. La última prueba, el último tejado no dejaba mucho paso, habría que hacerlo por la cornisa, por la calle. Las piernas le temblaban. Voces. Aquellos borrachos, patrulla, rezagados de la taberna. Silencio. Sólo respiraciones. Último esfuerzo. La última ventana, la última azotea. El pañuelo estaba empapado, anudado a su cuello para no perderlo, recogía el esfuerzo de la ansiedad a modo de gotas de sudor. Allí estaba. Oscuridad, silencio.
“Señora”
“Señora”
La catedral llamaba. Las doce.
Una vela se enciende, temblorosa desde la oscuridad. Una figura cubierta se acerca, y susurra.
“Silencio. No digas nada”
Aun sujeto a la cornisa de la última azotea, consigue desanudarse el pañuelo, y mostrarlo orgulloso.
“Sube”
Casi con el último aliento consigue trepar. La luna ya no tiene que ocultar nada y parece que ahora quiere brillar. El levante nocturno sopla para dejar sólo la luz de la noche. Los ojos se cierran a la falta de luz, se acostumbran a mirar. Las manos rozan las caras, se reconocen. El acerca su cara, aspira el jade que desprende su piel, el aroma de áfrica que ella trae, dulce, penetrante, y se pregunta si toda su piel tendrá el mismo sabor, el mismo color. Ella le toma de la mano y lo entra en la estancia, oscura, silenciosa, y tapa su boca con dos dedos. No quiere que diga nada.
“No volverás a verme”
Protesta. Ella niega. Sigue tapándole la boca. El quiere hablar.
“¿Volverás a verme?”
Respira. Enrabietado. Ella espera. Asiente. Ella retira poco a poco los dedos de sus labios para poder besarlos. Ella espera. Ella ansía. Ella quiere. El desnuda, ella busca, él busca. Ambos encuentran.
La despedida llega con el amanecer. Con las últimas caricias y los últimos suspiros. Morir...
…Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba...
El día no les puede sorprender, el alba llega pronto y la ciudad despierta antes.
Se miran.
Ojos.
No hay más palabras. Se despiden. El día. Los tejados esperan.
Quizá otra noche.”
Me despierto de mis sueños. Miro a mi alrededor buscando la paz y la tranquilidad. Toco el teléfono para mirar la hora, pensando que aún queda mañana para dormir un poco más. Me sonrío. Me gusta mirarte mientras duermes. Es envidia de Morfeo que te tiene en sus brazos.
Despiertas en un movimiento casi reflejo para encontrarnos. Amor. Ojos. Sueño.
Te contaré lo que he soñado…
lunes, 13 de septiembre de 2010
Besos de café
…me doy la vuelta de mi rincón perdido y me giro buscando calor palpando la sábana aún viva para descubrir la soledad de la almohada que hace que mis ojos quieran abrirse sin dudar al no encontrar al tacto de mis manos la piel suave que dormía conmigo soñando las vidas paralelas en países costeros lejanos sin respirar otro aire que el de los suspiros o las brisas que llegan a cada minuto dejando el tiempo en suspenso de otras medidas más fieles y fiables que las que nos marca un reloj cruel que no respetará nunca la oscuridad al sonar al alba escondida tras las persianas de camuflaje que la luz usa y abusa en su viaje inconstante a la claridad de la mañana que me despierta para buscarte y no encontrarte porque el desalmado día hace que avancemos en nuestras vidas cotidianas sin entender que no podemos ser nosotros los causantes del devenir del mundo porque somos otros seres de otros mundos menos terrenales y mas celestiales que nos aguardan en la noche para refugiarnos de todo tras esas sabanas que ahora me dejan en solitario sin saber de ti y pensando en todos los lunares que dejamos atrás a cada beso nocturno sin piedad ni consuelo al saber que no estarás cuando termine de abrir mis ojos y no vea que reposas a mi lado al estar preparando tu vida fuera de mi por unas horas o quizá por ese tiempo indefinido que es la soledad sin ti pero sabiendo que antes de salir vendrás a besarme con el sabor de tu café en los labios dejándome sonreír sabiendo que en cada beso que nos daremos viviremos un poco más en el amor de la mañana y de la noche que nos resguarda cuando me doy la vuelta de mi rincón perdido…
viernes, 18 de diciembre de 2009
Decisiones
Lo que nos diferencia de los animales es el raciocinio, la capacidad de discernir, de elegir. Siempre nos han contado que un animal no puede tomar decisiones racionales, y que sus movimientos se basan en el instinto. Comen, se mueven, se reproducen, porque su sino, su destino, está ligado a ese instinto. Evolucionan en el tiempo obligados por su entorno y su instinto. Imagino que las personas también tenemos ese instinto animal, pero la evolución, las normas sociales, la religión, la sociedad y el hecho de sentirnos civilizados nos hace tamizar y camuflar ese nuestro instinto. Así que de vez en cuando nos generamos, o se generan situaciones a nuestro alrededor, o en nuestra vida que son instintivas, pero que hacen que nos tengamos que parar a decidir. Decidir, adecuar, equilibrar, compensar… Darse la vuelta y marcharse de donde se está porque es lo mejor, porque es lo que toca, porque es lo que hay que hacer. Decidir luchar contra los elementos. A esos instintos, con el paso del tiempo, les hemos cambiado el nombre, y los hemos terminado por llamar “sentimientos”. Esas cosas que nos sacuden el alma y la conciencia y no son racionales. Cosas de la religión casi siempre. “No podemos luchar contra nuestros sentimientos”” El corazón y razón” Frases hechas. Pensar en no dejarse llevar, imaginar la más alta cota de racionalización: la infelicidad deseada. Hay que huir del victimismo, de la pena, del auto-flagelo, pero al final se reduce todo a una sesión se masoquismo sin el placer deseado. Porque ni el convencimiento de la mejor elección posible, hace que ese instinto deje de manifestarse. Decidimos en nuestra vida social lo que es mejor para nosotros, para nuestros hermanos y amigos, decidimos lo que es mejor para otras personas, decidimos lo que es mejor para la persona que supuestamente amamos, pero egoístamente, sin pensar en esas personas, para sentirnos bien con nosotros mismos. Luchamos contra natura para satisfacernos el alma: es lo correcto. Eliminamos palabras de nuestro entorno como “culpa” “error” “cargo de conciencia” y volvemos a racionalizar los instintos para sobrevivir. Queremos ser portadores silenciosos de felicidad, aun a costa de la nuestra propia. Decidimos. Tomamos un rumbo y somos fieles a él. Dejamos de preocuparnos por las banalidades y las superficialidades, porque hemos decidido ser felices desde la infelicidad. Sonreímos ante nuestra vida, andando, procurando que se note poco, y durmiendo (o no) con el vacio instintivo. Es asumirlo. Puede parecer que es conformismo, que es desidia por el mundo, pero no es así. Es algo activo, laborioso, que ha llegado tras mucho trabajo. Pero no nos conformamos, simplemente, lo decidimos. Siento, pienso, decido, siento, escondo, decido, siento…sonrio…pienso…decido…
lunes, 24 de agosto de 2009
INFIELES (...o no)
Patinaba por el pasillo a toda prisa, sólo le faltaban las gafas de sol para emular completamente al personaje de Tom Cruise en “Risky Business” por lo demás, la pinta era bastante parecida. Con esa idea y el timbre taladrando en el ambiente llegó la puerta, jadeando y sonriente.
- ¿Se puede saber de que te ríes?
Arreglada como para una boda, con una cara de perro-presa-asesino-ladrador, seguía con la mano en el timbre.
- Llevo una hora esperándote, llamándote al móvil, al fijo, al timbre, al… ¿y tus pantalones?
- Me he manchado, estaba apunto de cambiarme y salir cuando llamaste como una poseída al timbre. Ayer me dejé el móvil en el trabajo, me imagino que me pillarías en la ducha cuando llamaste al fijo, y…
Las ultimas palabras resonaron en la inmensidad del vacío, porque ella había pasado a la fase mujer-indignada (modo lamento) y se movía ya por los adentros del piso-zulo.
- Si no querías ir, con haberlo dicho bastaba. (Sollozo) Meses intentando convencerte de que me acompañes por fin a la ópera, semanas para conseguir las entradas, y al final plantada una hora. (Sollozo lacrimoso) No hay derecho (Llanto ma non troppo)
- No es eso mujer, si sabes que me hacia ilusión, pero resulta que me ha mandado un “ese-eme-ese” Luis para que le mirara una cosa del trabajo y perdí el tiempo.
- ¿No te habías dejado el móvil en la oficina?
- Quiero decir un mensaje en el contestador…del fijo…sí…del fijo… un mensaje de voz que ya he borrado, además. ¿Si? ¿Hola?
La mirada-asesina de novia-indignada había pasado del hombre-capullo a fijarse en la cocina-americana del piso-zulo de su novio-cabrón… En la encimera, camufladas bastante mal, obviamente, dos copas de vino, y una botella casi vacía. Lo que ya era una mujer-indignada en modo iracundo, tardó un segundo en reencarnarse en el negro de CSI:
“Dos copas; en una parece haber resto de pintalabios. La botella está casi vacía y caliente, calculo que lleva abierta unas cinco horas treinta y dos minutos. Vino tinto, Ribera, no hay restos de coca-cola, ergo no ha sido con ninguno de los gárrulos de sus amigos, y anoche jugaba el Atleti…”
Cuando parecía que la laca que llevaba en el pelo estaba a punto de arder a consecuencia del calentón, justo antes de “el gran grito de la mujer “, antes que él articulase un solo moviendo de defensa-protección-evasión, sonó un ruido tras la puerta del mini-baño del piso-zulo.
“Alarma” “Alerta” “Peligro” “Warning” “Achtung!”
Ahora parecía circular en su frente un letrero de esos luminosos, y se veían en su cara todas esas expresiones. Y es que él tenía mucha cara (y frente donde verlas)
- ¿Quién…está…ahí?
- …Nadie…
ERROR. ERROR. ERROR. ERROR. ERROR. ERROR. ERROR
En ese momento, la vena del cuello, que nadie sabe como se llama de verdad, pero todos identifican como “La Vena de la Patiño” comenzaba a tomar vida propia. Ella se disponía a abrir la puerta del mini-baño, cuando El (aun sin pantalones, y con los calzoncillos de “Spiderman”) se colocó delante impidiéndole el paso:
- ¡No lo hagas! ¡No merece la pena! ¡Ellas no significan nada!
- ¡¡¡¡¿ELLAS?!!!!
- De verdad, no se como ha sido, me dejé llevar, yo no quería…
Como si un jarro de agua fría le hubiera caído encima, se quedó pasmada. Buscó el sofá, apartó la montaña de ropa sin planchar, con solera de unas semanas, y se desplomó (literal y anímicamente) para “ojipláticamente”, esto es, con lo ojos como platos, enlazar frases de incredulidad, una tras otra:
- No lo entiendo…yo, que te quiero como una madre, de hecho cambié de peinado para parecerme a tu madre. Yo, que estoy pendiente de ti a todas horas, que no pasa un momento sin que esté llamándote o mandándote mensajes de texto para saber que haces. Yo, que me he empeñado en que cambies de estilo de ropa, en que leas más, comas mas verdura, bebas menos alcohol, olvides a tus amigotes que no son mas que malas influencias. Yo, que lo que quiero es que me hables y me cuentes tus cosas, anteponiendo el dialogo al sexo, tan sucio e innecesario. Yo... (© by Raphael)
- Si tienes razón, si soy un mal hombre, no se como me he dejado llevar (se acerca a ella) Ninguna de ellas vale lo que tú, que sólo me quieren por el sexo salvaje (la ayuda a levantarse) Creo que es porque tú vales mucho más que yo (llevándola hasta la puerta de entrada) Porque yo no he sabido apreciar todo lo que haces por mi, y creo que te mereces alguien mucho mejor, alguien que te quiera más como tú te mereces (abriendo la puerta de la calle) Lo mejor sería que nos separásemos ahora que aun podemos ser amigos, aunque tengamos que estar un tiempo sin vernos, por que será muy doloroso, quizá tres o cuatro años (sacándola del piso-zulo) De verdad, no podré olvidarte nunca, pero ahora es mejor que lo dejemos. Adiós, te querré siempre (cerrando la puerta)
Cada uno aun lado de la puerta, mirándola cerrada, callados en el mas profundo silencio, pendientes de adivinar cual seria el siguiente paso del otro. Ella cabizbaja y abatida rumbo a las escaleras que bajaban a la calle, él incrédulo de lo que terminaba de pasar, encaminado al mini-baño del piso-zulo.
Al abrir la puerta del baño se encontró al gato subido al armario, jugando con los botes, (con los dos únicos botes, el gel y el champú) No podía creer lo oportuno que había sido. “Con lo poco que me gustan los animales”
Como premio por su colaboración le llenó el cacharro para beber de leche. Al paso, sacó del frigorífico un bote de coca-cola para mezclar con el poco vino que le quedaba, mientras en la tele veía a un ruso de nombre impronunciable y un chino con cara de mala leche, partiéndose el alma por ganar un partido de tenis. Evidentemente, en calzoncillos… (El ruso, el chino y él)
“Que paz…por fin… mujeres”
Al salir del bloque de pisos, sólo tuvo que esperar un minuto. Un coche, deportivo, amplio, muy amplio, se paró haciendo chillar las ruedas del frenazo y le abrió la puerta. La conductora, una chica morena, guapa, delgada, con el pelo “panten”, la recibió sonriente con un beso largo y profundo, mientras dejaba caer su mano por debajo del vestido, pellizco morboso incluido.
- ¿Qué ha pasado? No has tardado nada…
- Bueno, me han dado facilidades…hombres…