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martes, 17 de marzo de 2015

Invencibles.

Seremos invencibles Amor…
Nos camuflamos, nos protegemos, nos resguardamos de los monstruos, de los dragones, de los males que nos acechan. Nos asusta el dolor conocido y huimos del dolor desconocido. Pero sé cómo vencerlo.
Seremos invencibles Amor…
Buscamos la soledad como camino a la inmortalidad, como ruta de lo inmóvil, de lo malo conocido. Mejor hacernos daños nosotros mismos que dejar nuestro corazón al dolor causado por otras almas. Pero decido cambiarlo.
Seremos invencibles Amor…
Aparecemos acaparando el tiempo que poco se preocupa de nuestra vida como si fuésemos sus protectores, como si ése devenir de los días necesitara de nuestra implicación total en verlo correr, como si acaso a él le importáramos. Pero espero paciente.
Seremos invencibles Amor…
Nos balanceamos en decisiones que poco o nada nos conducen a las respuestas lógicas, a los caminos certeros. Oscilamos en dudas que parten las vidas sin que ninguna mitad nos sirva.  Pero escucho otras palabras.
Seremos invencibles Amor…
Encontramos montañas escarpadas trepando paredes verticales desafiantes imposibles guiados por las ganas de llegar a la cima. Cimas, cumbres y alturas que no son sino continuidades para ver los caminos con más soberbia, para mirarnos desde lo más alto. Pero subo contigo.
Seremos invencibles Amor…
En distancias, en batallas, en silencios, en pensamientos negativos, en monstruos debajo de la cama o dentro de los armarios, en nevadas que cubran los caminos, en asfalto eterno que no nos deje avanzar fuera de nuestras urbes.
Seremos invencibles Amor…

-    "¿Qué haces?"  -Ella había subido sigilosa, y lo miraba desde el quicio de la puerta de la cocina con el café humeante en las manos-
-    " Escribo una carta de amor." – Él, a contra luz del escritorio se acomodaba las gafas rebeldes-
-       "¿Para quién?"
-      "  Para ti."
-      " ¿Y què em dices?"



jueves, 26 de febrero de 2015

...ventanas...

“¿Qué se ve desde tú ventana?”

Después de un pequeño momento de silencio, volvió a preguntar con insistencia.

“Dime ¿Qué se ve desde la ventana?

El silencio había sido el hecho físico de una reflexión: mentir o no.

“Veo el mar”
Otro momento de silencio amparó aquella respuesta.

“A ti te gusta el mar”

Aunque no podían verse, ambos sonreían.

El ruido de los coches al pasar podría semejarse, cerrando los ojos, y añadiendo un poco de imaginación, al romper de las olas en algún lugar. El sonido de la ciudad, podría ser la brisa rozando la superficie de aquel océano remoto. Los sonidos de la calle podrían, si quisiéramos, ser el bullicio de las playas en verano.

“Desde mi ventana sólo veo casas”

Ahora desde esa ventana se veían pocas casas, pocas cosas. La noche impedía ver nada más. Destellos de farolas quizá. Silencio oscuro de la luna cubierta. No podía imaginar nada porque de todo tenía una imagen real. Todo estaba allí.

“Ayer recordé una frase”

Como si las conversaciones fueran fluidas. Así se movían los sonidos metálicos que hacían inexistentes las distancias pero eternos esos silencios.

“No se ve lo que es importante”

De nuevo las sonrisas se dibujaron en la ignorancia de no poder disfrutarlas.


Ahora, al mirar ambos por sus ventanas oscuras, negras, nocturnas lo que percibían con claridad eran sus propios reflejos pensando que se estaban mirando, aunque ellos no pudieran verse.

viernes, 6 de febrero de 2015

gente normal.

Cuando sonó por tercera vez el segundo despertador de la mesita de la derecha saltó de la cama como un resorte para correr a la ducha. Revisó la ropa que había dejado preparada la noche anterior y abrió la ventana para que entrara un poco de aire de la mañana. Se lavó los dientes, con la pasta de flúor, y después de quitarse el pijama, doblarlo y dejarlo colocado pulcramente en el tercer cajón, entró a su agradable agua a 38 grados. Se lavó el pelo, lo enjuagó, volvió a lavárselo, y se enjabonó de arriba a abajo durante 10 minutos. Después de la animosa ducha se aclaró y escurrió meticulosamente cada parte de su cuerpo, secándose el pelo, brazos, torso, piernas y brazos. Salió del baño y se vistió con cuidado desde los pies a la cabeza. Colocó la toalla, recogió el baño, y cerró la pequeña ventana que evitaba la condensación. Hizo la cama cuidadosamente, colocando cada uno de los elementos en su sitio habitual: cojines, almohadas, manta, colcha y el edredón térmico de media densidad. Puso en hora los despertadores y se dirigió a por su primer café, el de las 7.45 de la mañana. Lo acompañó con un zumo de dos naranjas, con tres tostadas (dos de mantequilla y una de queso) El café mezcla molido con leche semi desnatada. Todo preparado mientras escuchaba las noticias en la radio. Fregó los cacharros del desayuno, recogió la cocina y apagó la radio para empezar a disponer la jornada laboral; no sin antes pasarse el hilo dental, lavarse los dientes (ahora con la pasta blanqueadora) y refrescarse con su elixir bucal sabor menta. Era la hora ya de encender el teléfono. No entendía muy bien a esas personas que dejaban el teléfono encendido durante la noche. Mucho menos a las que lo dejaban además en la misma habitación en la que duermen, no como él, que lo guarda en un cajón en el mueblecito del salón. Antes de salir a la calle aún tenía un par de cosas que hacer. La primera recoger la ropa tendida. Toda ropa negra, que es la colada de los miércoles. No como la de los jueves que es la de color o los martes que es la blanca. Además cerró la ventana del dormitorio. Por último, ya con todo preparado para salir y revisadas demás ventanas y luces para no perder energía calórica durante el día, pasó a la pequeña habitación. Allí pudo ver con tranquilidad que el hombre seguía inconsciente, y que las heridas de los golpes casi no sangraban. Le aflojó un poco las cuerdas que lo ataban a la silla, notando entonces que se despertaba. Los ojos llorosos, hinchados, lo miraban con pena. Comprobó que la cinta que tapaba su boca aún seguía bien sujeta. Dejó un pequeño resquicio abierto en la ventana para que la habitación ventilara un poco. Pensó que sería suficiente. Se acercó al cuerpo desnudo y ensangrentado de aquel hombre para despedirse:

-         - No te preocupes mucho. No queda nada. Esta noche volveré temprano y te mataré.


Cerró la puerta de la pequeña habitación con llave y la colgó en el cajetín con el resto de llavines. Aun le quedaban cinco minutos para seguir sus rutinas y salir de casa como siempre a las 9 de la mañana. Decidió emplear aquel tiempo en colocar los cojines del sofá, que parecían dispuestos con cierta anarquía.  Al salir comprobó la pequeña pizarra colocada en la puerta, en la cual se recordaba no olvidarse de: llaves, documentación y teléfono. Ya en el rellano, mientras esperaba al ascensor, volvió a palparse los bolsillos para comprobar que todo estaba en su sitio y poder cerrar con la seguridad de no dejarse nada importante dentro. Bajó a la calle y comprobó como el restaurante chino de la esquina había vuelto a dejarle publicidad en el parabrisas. Lucía el sol. Parece que hoy sería un día bonito.

martes, 23 de diciembre de 2014

Lyubov'

Salí del apartamento con la sensación de dejarme algo importante. Básicamente la conexión wifi. Pensando que poco podría pasar en esta mañana de domingo, fría y nevada, mis pasos se encaminaron por la pequeña calle Leontyesvkyi dirección Tverkaya. Mientras aligeraba el paso para llegar al metro pensaba que al final, las calles, sean de Moscú o de Móstoles o de Madrid, son iguales en todos lados. La aventura del metro estaba muy estudiada, sólo tenía que llegar hasta la parada de Pushkinskaya (línea morada, recuerda, línea morada) y hacer un transbordo en la Plaza De la Revolución. Luego ya todo en la misma dirección (línea azul oscurocasinegro) La teoría que había memorizado gracias a google estaba fácil. Pero los rusos son muy suyos, y dónde esperas que ponga “Ploshcad Revolutsii” hay una serie de símbolos que ni siquiera soy capaz de leer…. Malditos… Aun así, memorizando un poco los jeroglíficos, y contando paradas, todos los caminos llegan a Roma. O al mercado. El Metro de Moscú es bonito. Así en plan soviético, con las estaciones amplias y marmoladas y llenas de estatuas y pinturas y rusos y soldados. Las máquinas para vender billete tienen en grande un opción para poner el menú en inglés, (yes, very well fandango) 40 rublos de viaje (algo menos de un euro) Recuperé un poco la sonrisa al conectarme al wifi-free de los vagones, y poder hacer un poco seguimiento de por dónde andaba. La verdad es que no hay mucha diferencia: mismas caras de sueño, mismas miradas perdidas y todos pendientes de sus teléfonos. También hay músicos con acordeón. Mi parada de la línea 3 es Partizanskaya (esta era fácil de recordar, el fútbol es lo que tiene) Salir del metro también es una aventura. Yo pensaba que el cartel con el tipo corriendo indicando la salida era algo obligatorio… así que al no verlo me fijé en la gente y decidí seguir a los que tenían cara de “voy al mercado” Después de seguir a dos personas equivocadas y que me miraran mal, decidí buscar unas escaleras. Al salir del centro de Moscú sales de la parte turística también. Aunque el mercado de Izmailovo tiene mucho para los guiris, por lo que había leído, era lugar frecuente de los locales por tener un poco de todo. Una especie de Rastro pero que abre todos los días. Allá que vamos, como si fuera de San Petersburgo de toda la vida. Es un recinto, no son puestos de feria, y aunque está descubierto se puede pasear sin miedo a la fina nieve que cae. Es enorme y colorido. Tenía poco tiempo y sólo quería dar una vuelta para encontrar algún recuerdo sin los excesos del centro. Puestos de todo tipo: gorros, muñecas, cerámica, artículos soviéticos, camisetas con Putin, jarras con Putin, muñecos de Putin, llaveros con Putin… y comida ambulante a la parrilla. Una locura. Nada tiene puesto el precio, así que hay que preguntar, y ahí, en ese momento, es cuando al escuchar el acento, los comerciantes te dicen “Amigo” “España” “Euros” y sabes que te van a engañar. Como lo haría un español vamos. Entonces la necesidad me agudizó el oído y encontré a una pareja muy joven hablando entre ellos en la lengua de Cervantes y con los tenderos en ruso. Venezolanos estudiando. Y yo, una de las personas más antipáticas que conozco, haciendo valor para decirles: “Help, áyudame, en tu amistad he puesto toda mi fe” (bueno, así no, pero casi) Me explicaron que aquí se puede regatear por todo, pero siempre intentarán sacarte algo y mejor decir que eres estudiante (yo creo que ya no cuelo, pero me hizo gracia) Ocho Matrioskas, dos gorros, tres camisetas, un imán para la nevera, diez postales y cuatro jarras después, mis guías e intérpretes tenían que abandonarme a mi suerte. Comimos juntos unas brochetas a la brasa y les invité al teatro por la noche. No soy de hacer muchos amigos y ellos se quedarán aquí con un estupendo recuerdo en mi memoria. La vuelta al centro fue menos traumática. Sólo había que deshacer el camino (aunque me bajé una parada antes porque me despisté, en Teatralnaya) Me dirigí a correos a mandar mis postales y a mi café habitual, donde la camarera me sonríe, pensando en el pobre turista que pide las cosas señalando… Ahora ya tengo una conversación fluida con ella:
- Priviet, cofe smolocom, latte, as avoi, Jarasso. Spasiva. Paka. (Todo con acento de La Mancha)

jueves, 2 de octubre de 2014

..las palabras...

… La alacena, barnizada con esmero en un tiempo pasado, ofrecía una imagen ordenadamente rústica entre tanto libro acumulado con desdén en los estantes que flanqueaban inmóviles aquel mueble. En su interior, brillantes al paso del sol por el lucernario del abuardillado techo, los tarros se apilaban expectantes, como sabedores de que aquellos pasos firmes resonando por toda la casa, eran el prólogo a una llegada inminente ante las puertecillas acristaladas de aquel armario que los resguardaba; Él se acercaría, miraría interesado por todos los rincones, abriría las puertas y tomaría alguno de ellos... ese sería el pensamiento de los inertes objetos. Aun así, sin alma ni conciencia, hubieran sido acertados aquellos, pues él se acercó con determinación hasta ver su reflejo en los pequeños simulados dameros que conformaban los batientes. Abrió las puertas y escudriñó hasta el más ínfimo detalle de aquel muestrario: grandes, pequeños, altos, anchos, transparentes, opacos, viejos, nuevos y medio llenos y rebosantes... pero todos con el mismo contenido: palabras. No estaban todas las palabras, evidentemente. Toda la casa estaba repleta de libros, revistas, anuncios... novelas, ensayos, poemas, dramas, notas, curiosidades, papeles encontrados en rincones, servilletas con mensajes, fotografías de pintadas y tarjetas que acaparaban el espacio sin orden aparente, (que no en desorden), para almacenar palabras. Pero allí, en aquel refugio de botes, se encontraban aquellas sustraídas por alguna razón especial, por algún motivo particular. Cuando la palabra era peculiar, extraña, o simplemente merecedora de un recuerdo sentimental, él la susurraba. Primero lentamente, casi sin ruido ni sonido, como si se asomara al balcón de los labios pero no quisiera ser vista. La murmuraba sin descanso, hasta ir tomando cuerpo. El aire se convertía en palabra con algo de volumen, y la repetición le daba ser... así una y otra vez, una y otra vez... hasta que por pertinaz, el etéreo susurro se hacía visible, presente y corpóreo. Era ese el instante justo en el cual, él solo sólo podía atrapar con la punta de los dedos, con el suave roce de la yema de su índice y su pulgar aquel ente, casi vivo, que fuera o fuese aquella palabra. Tras agarrarla con cariño, la acompañaba hasta su lugar en la ya conocida alacena. Depositándola dentro de alguno de los tarros. Allí, especiales, espectaculares, sinuosas, polisílabas, se acumulaban las palabras. Sustantivos, adjetivos, adverbios, verbos y requiebros. Había muchas... en muchos idiomas... en diferentes formatos... de un lugar a otro se podía saltar de “cachivache” a “electroencefalografista” o podía decir “amor” o “love” o “Любовь” incluso observar “liebe” o aunar “t`estimo” inseparablemente. A veces en los más escondidos se encontraban las más antiguas, o casi en desuso, como “algarabía” o “alcoba” e incluso algunas curiosas, aunque no supiera muy bien lo que escondían, guardaba, y allí estaba “development” o “cinquecento” En otro, había guardado los modales y apretado “rozloučení” “agur” y “búcsú” Era pues, un sinfín de corpóreas palabras desbordando vidrios. En otro pequeño, por alguna razón que ahora no recordaba, o sí, quien sabe, había tres palabras inconexas “cereza” “polvo” y “silla” llegadas del mundo imaginario de los cuentos. Hoy, ensimismado, quería liberar alguna. Pensamientos de palabras presas que se habían agolpado en sus pesares, y decidido a dar rienda suelta para que por un día, quizá una eternidad, algunas palabras flotaran. Quiso convertir “Besos” en “Versos” y que aparejadas disfrutaran... Quiso liberar “caricia” para evocar alguna piel; escapada, sin permiso “enamorarse” tomo posesión de su propia conciencia. Observó cada una de ellas, revoloteando entre cajas de libros amontonados, entre huecos de luz y cortinas, entre muebles atestados de papeles. “Libertad” susurró... Él, el Guardián de las Palabras, dejó de preocuparse por ellas, para que fueran ellas, infinitas las significantes, las importantes, las extraordinarias. Aletargado por tanto movimiento, se dejó caer, vencido por fascinación en un polvoriento escabel. Allí acomodado, respiró. Cerró los ojos... Pensó en aquella nueva palabra que había cercenado su pecho y necesitaba sin demora sacar de su alma... Susurró... una y otra vez... pronunciando con cuidado aquellas letras... y ahí, delante, de nuevo, volátil y sólida...apareció aquella palabra...

sábado, 26 de julio de 2014

...sin mi, sin vos, sin Dios...

Estoy roto. Partida el alma en dos. Sin ganas de otra cosa que ver pasar el calor y la noche una cosa detrás de otra. Con el llanto apretado en cada respiración y el pecho oprimido a cada suspiro. Sin aire, sin vida. No lo entiendo... de lo mas bonito, de lo más grande, de lo más inmenso nace este dolor mudo que se ahoga sin poder salir. Nada sirve, nada calma, nada mitiga. Ni la esperanza ni el egoísmo ni la vida de los otros me lleva a ningún camino. Me muevo despacio para no cansar este cuerpo débil y dolorido, en silencio para no recordar sonidos que despierten los mas profundos pensamientos sentimientos, desnudo por la casa para no sentir más peso que el de la propia piel, intentando golpearme para destruir los recuerdos. Aquellos recuerdos. Los recuerdos felices, las promesas felices, las felices palabras que me asesinan. Desespero en mi ignorancia, en mi no saber moverme por este angosto laberinto que me lleva a ti. Que me duerme en ti, que me hace respirar en ti. No me quedan más palabras. No me quedan mas oportunidades porque nos las hemos quitado de las manos. No me queda nada posible por lo que llorar. Sólo quedan los imposibles. Mis manos tiemblan sin sentido, sin fuerza, sin conocer causas ni motivos. Mi voz se apaga y titubea en cada acento sin lograr sacar el aire que obstruye mis entrañas. De lo más grande nace este dolor. De lo mas pequeño esta vida. Anhelo la mirada, el pensamiento y el celo. Celo que nunca existió y que ahora se clava a cada minuto de tu distancia. De lo que no soy capaz, de lo que no puedo evitar, de lo que no sé superar. De mi egoísta vida que te quiere tener cerca en la lejanía de tu deseo. La obsesión se apodera de mis venas que se excitan a cada paso sin ti. Mi alma, mi vida, mi sexo, mi cabeza, mi cuerpo, mi pensamiento, mi envidia, mi sonido, mi latido, mi brecha eterna entre lo que soy y lo que deseo. Entre lo que te ofrezco y lo que quieres, entre la felicidad y el desorden. De esta muerte que sufro que no puedo remediar, que no puedo mirar, que no puedo enterrar. Así pasan los segundos de este exilio que nunca acaba, que siempre vuelve, que ahora llega. No necesito nada de ti. No te necesito para vivir. Soy uno grande sin ti. Soy el amo de mis pasos y dueño de mi destino. Soy aquel que levanta vuelos y miradas. Nada sirve, nada calma, nada mitiga. Es la letanía que me repiten los sonidos que no quiero escuchar. De todo lo que soy, de lo fui y de lo que seré. Las lagrimas que me caen a cada momento de tu ausencia de tu recuerdo de mi vida me recuerdan la sal de tu piel. Así pasa este tiempo infinito que me odias. Así pasa este tiempo infinito que me amas. Así muero sin ti, igual que muero contigo, porque este amor infinito que me quema, lo hace igual cuando te miro. Porque estas ganas de morir son las mismas cuando me rozas en la noche. Porque no hay diferencias entre este amor y esta vida, que la de partirme el alma en dos y darte el trozo que manchaste. Porque igual es esta vida sin ti que con la cercanía de tu mirada. Roto estoy a tu lado, pero completo de tenerte. Así es también cuando me sonríes y cuando te beso, la misma muerte, la misma pena. Feliz de encontrar ese camino que me llevó. Recuerdos de escasos tiempos. De esos que alumbran la tierra. De esos eternos que nunca se acaban. Estoy roto, partida el alma dos.
La mía y la tuya.

lunes, 16 de junio de 2014

Inflexión.

Me canso... anoche me dormí sin querer, por pereza vital, por morir, por dejar de ver un día... Me canso de luchar y sonrío, porque busco señales, porque busco personas, porque busco motivos para seguir con el alma en otra parte. Me canso porque a veces me oprime el pecho, o me duele el hombro, o me estalla la cabeza y no puedo solucionarlo... Me canso porque no puedo descansar sobre la piel que me llama, sobre el pecho que me calienta... Me canso de todo... En mi cansancio me siento triste, me siento forzado, me siento pobre sin poder ofrecer nada porque lo que ofrezco no basta para no pensar en nada más... Me canso porque no quiero bien, porque no quiero... Me canso porque busco estar cerca de todo y lejos de nada... Me canso porque lo sencillo es complejo y no puedo hacer nada por eliminar el ruido que interfiere en la melodía... Me canso de evitar dar salida a lo que siento, de esconder los gritos, de apagar las ganas de incendiarlo todo. Anoche me dormí alejándome de los sueños, sólo porque mi cuerpo lo necesitaba, sólo porque mi alma lo pedía y me canso y suspiro y respiro lento... Me canso...o no...
No me canso y lucho porque todo pasa, porque sé que las cosas son siempre mejores... No me cansa y me despierta el sentimiento de primavera que me calma y me hace no dejar de sonreír... No me cansa vivir sintiendo que siempre podré estar ahí sentado contando lunares en sueños ajenos... No me canso para llegar a todo, a todos, a dar sin esperar más para que el tiempo no pase... No me canso de sentir la alegría de una mirada furtiva de un amante bandido, de la vida pasar con el calor del momento, de sentir la fuerza de las palabras de la esperanza de ese mensaje que nunca llega... No me canso...

Ich warte auf dich...

jueves, 24 de enero de 2013

...y la vida siguió...


Alzó un poco la cabeza para tener una mejor vista. Para mirar mejor. Levantó la barbilla con cuidado de no mover ni un centímetro de las sábanas que no fuera necesario. Observaba con detenimiento como respiraba, lenta y pausada. Aun no había amanecido del todo, pero por las pequeñas rendijas que había en las persianas ya se intuía la luz del día mezclada con la anaranjada luz de las farolas. Se podía ver la sombra entrecortada de los barrotes de la ventana proyectada en la pared. Detalles. Tantos detalles. Quedaba tiempo aun para soñar un poco más, para intentar no desperezarse de aquel calor. Suspiro profundo que cierra los ojos y acomoda el cuerpo caliente al otro cuerpo. Pieles desnudas que son imanes. Que se buscan. Medias vueltas que ajustan y componen. Notó como se aferraba una vez más a su cadera, como si volvieran a comenzar la noche. Recuperando las posturas y posiciones. Calor de cama con aroma a cuerpos dormidos. Media vuelta más. Notaba como su cabeza buscaba su pecho, se acomodaba y llegaba con sus pequeñas manos acariciando sus labios. Su pecho se oprimía contra su cuerpo, generoso, dándose todo. Ahí, en ese momento de cercanía, cuando los corazones estaban más cerca, abrió los ojos. Claros, limpios, inocentes. Ahí, en ese momento, volvieron a mirarse sin hablarse, a besarse sin decirse, a recostarse sin moverse. Medias vueltas que hacía la cama estrecha. Suspiros desnudos de intenciones. Como resortes, de una forma instintiva, los cuerpos se buscan. Los cuerpos hacen su trabajo de una manera caliente. Sus manos se buscan al ritmo que se buscan sus bocas. Las farolas ya no colaboran con la luz, y el frio de fuera se intuye al sol. Las personas adormiladas se acumulan en el centro de la cama. Se respiran. Se funden. Ahí, en ese momento, lo carnal despierta y los cuerpos se vencen. Movimientos a medio despertar que ahogan los suspiros, las caricias, los besos, los roces, el sexo, las manos, las bocas, los pechos, la lengua, los labios, las caderas golpeándose, las respiraciones, el placer, la excitación, el movimiento, las miradas, los Ojos, los mordiscos, la muerte… Vencidos, al nuevo amanecer, a las nuevas luces de la mañana. Separados un segundo para coger carrerilla, unidos un instante para despedirse… susurros de Buenos días susurrados con dormidas y aun adormilados placeres… Se levantó despacio, lento, reflexionando para dejar que la ducha caliente ayudara a asentar tan buen despertar, tan maravilloso soñar, tan cálido mundo. Tras la ducha meditada, el café improvisado, la salida casi furtiva, la nota en la cocina, la mirada última por la ventana. Volvió hasta aquel mundo de risas que tan bien siempre se les dio vivir. A rememorar caricias, a comprobar que todo aquel sueño había sido tan grande realidad. Se acercó, de nuevo, como otras veces para dar aquel último Beso de Café… Caliente, cálido, calmado… se miraron como tantas veces. Con todo amor. Adiós. Adiós. Te quiero. Te quiero. Se feliz. Tu también. Nos miramos. Pronto. Felices. Separados. Juntos. Caminando. Recordando. Olvidando. Riendo. Aprendiendo. Estoy cerca. Lo sé. Hasta pronto, O. Hasta siempre, N.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva

y encontrar lo que tanto se buscaba…

jueves, 13 de diciembre de 2012

20x140 caractéres (o casi)


...balanceándome bruscamente, bajo bisoñas brumas, busqué burdamente brazos, bocas bacantes...baldías... Breve bosquejo brota...besos...

 ...camina cama cansada, colmada con caricias, calmada con cándidos cantos, cubierta con cien cicatrices, cinceladas, curadas, cerradas...

…días de dudas, dolor de duelos, disparos disipados después de desearlos...despacio, dices... despacio...

…estando en ese estado exaltado, entro él: el excitado, enfrascado entre erróneas exclamaciones ¡era ella!

...hoy hay ahí, halladas hundidas, heridas habitaciones húmedas, huecos hechos, huesos ahincados ahondando huellas; ahítos...

…Los lunes lentos, llanos, llenos, lánguidos; libidinosos lunares; los labios libres; la lengua lanzada, lamidos los lóbulos; la luna... ¿lejos...?

…Mis mentiras miraban, mientras mañana, movido martes, mi mente moverá montañas,
mares, madejas mezcladas... misteriosos momentos místicos...

...o cómo Lobo, solo, goloso sólo, optó, fogoso por otro olor...

...pensando, poco, para pecar pronto, poniendo prendas por penas pendientes, pintando poemas, parando pequeñas prisas...

... sentado sueño, sintiendo solo, susurros salteados, somnolientos sones saltan sin seguir su sendero, sólo sus santos seguidores se salvan...

...trémula triste tarde tengo tan tragada tan tomada, toda tendida tras tiempos tramposos trabados tirados tortuosos...

Cuando llegó a casa, la puerta estaba entre-abierta. No podía imaginar quien estaba esperando. #1

La sombra que allí se reflejaba anunciaba una mujer. Pero, evidentemente, no era una mujer cualquiera. #2

Al descubrirse, las miradas se fijaron durante un momento, sin poder apartarse, sin poder evitarse. #3

Nada preveía lo que podría pasar. Quietos, estudiándose, intentando adivinar cuál sería el siguiente movimiento. #4

Ambos se abalanzaron sobre el otro, como si dos animales compitieran por el mismo territorio. Un choque de fuerzas. #5

Así, terminaron el uno con el otro. #6

Así murieron sin determinarlo. #7

Así acabaron con la espera. #8

Caídos en el suelo frio, exhaustos, casi inertes. #9

…y fue entonces cuando…  #10

lunes, 10 de diciembre de 2012

Oxímoron.

La casa estaba muy silenciosa. Las horas de la madrugada daban pie a motivar un poco el sigilo. Aquel pasillo estrecho, luminoso y lleno de trastos que antes estaba siempre caliente, ahora se mostraba tenuemente frio. Se adelantó al salón, a dejar sobre la mesa de café un pequeño sobre. Había decidido marcharse temprano sin despertar a nadie, pero no quería hacerlo sin despedirse, aunque fuese una nota, unas líneas de agradecimiento un tanto furtivas. Las despedidas más cariñosas ya se las habían dado al despuntar la noche, y ahora ya sólo sería un acto vano que únicamente conseguiría irrumpir sueños y descansos. Mejor así. La madera crujía a cada paso, de una forma delatora y casi con estruendo en aquel mutismo oscuro que le llevaba a la cocina. Calentó un poco de leche en un cacillo, como  hacía años que no pasaba; desde la época de los electrodomésticos modernos y poco colaboradores a no romper la paz. El fuego de la cocina era mucho más romántico para aquella mañana que aun no había llegado pero que amenazaba con acontecer. El café caliente le ayudaría a enfrentarse a la calle que esperaba puntual, como un enamorado a su primera cita. A la oscuridad de las infinitas pequeñas luces que arroja una cocina, sorbía con calma, sin prisa, calentando manos y labios y alama al mismo tiempo, mientras cavilaba sobre la ritualidad de los viajes, de los momentos y de aquellas despedidas. O bienvenidas, dependiendo del lado del cual se mire. Enterró la taza entre el resto de platos testigos de la cena que aun esperaban mejor destino, y del bote de lata sacó una de las galletas. Sacó dos. Una que sujetaba con los dientes y otra que guardaba en el bolsillo de su abrigo. Sonreía a su gula. El pasillo volvía a crujir, esta vez como despedida final en el camino a la puerta.  Al girar las llaves para cerrar volvió a pensar en las rutinas, en las manías, en los usos y costumbres que se pegan a cada uno con el roce y a la fuerza. Bajó las escaleras con la misma celeridad que había tenido en todos esos momentos, con la misma paz y cuidado de no ser visto ni oído, como si al resto de vecinos con los cuales no se había cruzado nunca les importara saber quien y a que horas entraba o salía o subía o bajaba de su edificio. Dudó por un momento. Parado en la puerta de la calle, entreabierta ya. Dudó de esas cosas de las que uno puede llegar a arrepentirse. Dudó del bien y del mal. El roce frio de las llaves seguía entre sus dedos jugueteando. Dudó. Pero siempre la duda trae una decisión. Sacó la llave del juego y la metió en el buzón sin chapa. Anónimo. La calle era tan silenciosa como el resto del mundo que le rodeaba. Intentaba que además su cabeza también se mantuviera un poco callada. Al menos para disfrutar del camino a la estación. Cada paso era repetido, pero no por ello era común. Cada paso siempre descubre algo: un detalle, un adorno, una puerta o una luz. Recordó su galleta. Los zapatos daban ese toque misterioso haciendo ese ruido de andar que tantas cosas evoca, que tantas imágenes trae. Los pasos eran los últimos. Entonces como un peso, como una losa, descubrió que eran los últimos que daría en mucho tiempo, e incluso puede que tuviera que preguntarse si desandaría ese camino alguna otra vez. El estruendoso silencio le hacía detener el ritmo de sus pasos. El olvidado recuerdo. El amor odioso. El parado viaje. No había podido evitar el ruido de su cabeza en aquel movimiento de alma. La estación se acercaba como un sonido que aumentaba lentamente, como un anuncio a la salida de un mundo. El tiempo se había detenido apenas un momento, pero los trenes que no respetaban nada le habían devuelto a la realidad. Profunda respiración, bostezo del alma. No se puede dejar atrás lo que nunca se abandona…

miércoles, 6 de junio de 2012

Las gafas de Roy Orbison


Rebuscaba entre cada estantería de aquel luminoso local.
Dicen que todo, bueno o malo, en exceso o en defecto, es a la larga perjudicial. A veces uno no se da cuenta de esas pequeñas líneas que separan lo bueno de lo peligroso. Incluso aunque eso tan supuestamente bueno sea algo tan bueno como lo es el Amor. Dichoso Amor.
Hace unos años, ya bastantes, alguien me dijo que no sabía querer, que yo “quería mal” y no quería entenderlo aunque siempre lo entendía. No quería creer en esa posibilidad, en que se podía querer a alguien y quererlo mal. Pero siempre lo entendía. Decía “la mas grande” que el Amor se podía romper de tanto usarlo. Al final todo queda reducido a un problema muscular, reduciendo el razonamiento en que el Corazón no deja de ser un músculo al cual, como cualquier otro hay que educar. Siempre igual. Un uso excesivo hace que nos salga ampolla, y que después de ella, llegue el cayo que deja la huella del uso. Se endurece. El músculo se vuelve duro, áspero, feo, y poco práctico para nada. El Corazón que se usa en exceso acaba anquilosándose, y latiendo cada vez mas lento y más despacio porque ya no tiene la frescura de otras veces. Nos pensamos que la experiencia hace que sepamos mucho más de ese músculo tan simple y a la vez tan complejo. Simple porque no tiene nada dentro, sólo un espacio hueco que se rellena y expulsa, pero evidentemente tan complejo que de él solo depende la vida. Usamos demasiado el Corazón. Queremos frenarlo, peor aun, pensamos que debemos frenarlo, porque sabemos de las consecuencias obtenidas al dejar que funcione sin control. Desdichados segundos usos del Corazón.  Miedo a que nuestro músculo funcione por si solo y llegue el día que se rompa. Mejor dejar de usarlo, asustarnos y escaparnos para tener otros músculos al servicio de nuestro inconstante Amor. De un tiempo a otro tiempo a los corazones les pasa como a las cuerdas vocales que se encuentran llenas de nódulos; sólo hay una forma natural para librarse de ellos: dejar de usarlas. Siempre hay remedio quirúrgico, pero como todos, es la última carta, y mucho me temo, que para este nuestro Músculo, no hay aun intervención. Ese remedio es el que nos asedia. Esa solución la que nos atormenta. Cuando nuestro Corazón se endurece porque lo hemos usado demasiado, porque no hemos conseguido reblandecerlo a fuerza de caricias, de besos, de “tequieros” cuando sólo lo usamos en una dirección sin encontrar respuesta que nos permita latir con brío. Es entonces cuando el remedio y la solución es dejar de usarlo. Parar. No querer. Golpearse el pecho de vez en cuando para que sintamos que aun está ahí. Quizá las consecuencias a corto plazo sean demoledoras, quizá sólo sobrevivan algunos, quizá sólo lo superen los expertos. Pero una vez llegado ese momento de superación, de salvación, es posible que la dureza desaparezca, que el poco uso pida a gritos una nueva energía cinética, que el Corazón quiera volver a latir. Mientras eso pasa, entramos en un estado extraño. Lleno de añoranzas, de penas, de tristezas, de dudas.

Quizá por eso había entrado en aquella tienda, porque necesitabas pasar por la vida sin mucha luz, recordando aventuras pasadas, historias felices vividas que ahora le impedían usar de nuevo su Corazón. Por eso tenia la certeza de la necesidad de cubrir un poco su pena, ese espejo del alma que da el reflejo del corazón.
Ahora ya tenía cubiertos sus ojos, aquellos que se le llenaban de lágrimas con cada pensamiento feliz, y no tendría que esconderse.
Sólo dejar pasar el tiempo.
Todo el tiempo.

sábado, 3 de marzo de 2012

Una historia sin título.

N estaba  corriendo por el parque. No le gustaba mucho salir a correr tan temprano, pero los días se llenaban de cosas absurdas que hacer sin dejar otros huecos que aquellas mañanas, recién salido de la cama.
En la cocina, hacendosa, O preparaba el desayuno pacientemente, alineando los componentes para no dejarse ninguno sobre la marcha, y tenerlos todos a la vista para su uso, y lo que era mucho más importante, su disfrute.
Cuando N doblaba por tercera vez el árbol donde los barrenderos fumaban su pitillo, unas gotas finas comenzaron a caer. Miró a sus pies, viendo como ante sus pasos comenzaba poco a poco a formarse charcos y pasos de barro.
Al segundo bocado de la tercera tostada del primer café, O escuchó las gotas golpear en su ventana, primero con timidez y luego con algo más de alevosía, reclamando la atención que parece que allí les correspondía. Fue entonces cuando O recordó que tenía colgadas todas las sabanas en la terraza y que se mojarían si no las cogía pronto, dejando así enfriarse el café.
N corría más deprisa, temiendo empaparse cada vez más y más, bajo la fina capa de cala-bobos que era aquella lluvia, ya que el camino que le quedaba cuesta arriba hasta llegar a su casa se llenaba de trampas para no dejarle resguardarse ni un momento. A cada zancada notaba como una gotita se condensaba por debajo de su oreja derecha, goteando en su hombro, fría y malvada.

Por mucha prisa que se diera en quitar sábanas, O ya estaba tan mojada como ellas, y de nada servía correr, pues tendría que volver a lavarlas. Después de recogerlas todas, su pelo empapado y sus ojos empañados le devolvían una curiosa imagen desaliñada en el espejo del baño.
Nada mas llegar, se quitó las zapatillas llenas de barro para no manchar mucho el suelo del piso. N fue derecho al baño para desnudarse y meterse en ducha de agua caliente y sacarse la lluvia y el frio que le había calado los huesos.

O terminó de secarse un poco el pelo mientras recogía los restos del desayuno.
N salió del baño y llamó por teléfono a cuatrocientos kilómetros de su casa.

¿Diga?  (Respondió O)

Llueve  (Dijo N)

O y N estuvieron callados siete segundos.
¿Sabes? (Preguntó N)

Que (Dijo O)
Quizá nos haya mojado la misma nube… (Aunque no se veían, O y N, se sonrieron y colgaron)

jueves, 19 de enero de 2012

Enough


Nos damos cuenta de todo lo que nos pasa cerca, al lado de nuestras vidas. Somos conscientes de cada pequeño movimiento que la calle, la casa o el mundo hace, incluso de los movimientos de traslación y rotación. Vemos el ciclo lunar acechar a nuestros pensamientos, y observamos detenidamente el minucioso trabajo de la hormiga transportando su hoja. Somos conscientes de lo grande, de lo mediano, de lo humano y de lo divino, de lo pequeño y de lo inmortal. Consideramos las opciones, decidimos las propuestas, seleccionamos los caminos, así es nuestra libertad. Y con todo, aunque seamos conscientes de cada uno de esos movimientos, de todos esos caminos, aun no sabemos cuando y cuanto es suficiente. De todo, de nada, de lo etéreo o de lo tangible. Nos hacemos fuertes en la medida que somos capaces de resistir nuestras indecisiones;  nuestros caminos terminan cuando se acaba el sendero, y nuestro llanto cuando nos secamos. A veces no somos capaces de ponerle fin a nada por muy conscientes que seamos de ello.  Capaces de separar el corazón de la razón, capaces de transmitir una mentira, de dar la razón a un loco, de quitársela a un niño porque la explicación es demasiado profunda para que se entienda o quizá  demasiado compleja para poder explicarla con claridad; capaces de tantas cosas e incapacitados para las valentías, para los actos heroicos que se nos demandan en la búsqueda de la felicidad. Mentiras que causan heridas en nuestra piel, punzadas por nosotros mismos para poder hacer el día sin tirarse al suelo.  Así los recuerdos se intentan borrar, así la sucesión de sucesos sucedidos sucesivamente se transforman en la simpleza de ser nuestras historia, dejando que ésta decida por nosotros el devenir vital de aquellos recuerdos. Sentados, inertes respiramos, viendo pasar en el recuerdo de la oscuridad de la ventana del vagón que nos transporta la imagen que queríamos olvidar, pero que no podemos dejar atrás como si fuera una estación más. Luchamos contra todo lo que conocemos, pero nos rendimos al tiempo, poderoso, infinito, acaparador, para dejarnos llevar como excusa que saciará nuestras vidas corruptas, como analgésico irreductible para los dolores del alma. Cobardes, de cada día que saltamos nuestros muros de contención esperanzados en el futuro sin ponerle solución en el presente, haciendo que nuestra planta crezca torcida por no saber guiarla, conteniendo la verborrea irracional de dolores a los cuales no queremos mirar a la cara. Basta un segundo, un suspiro, un color, una mirada, un reflejo, un suave tacto de otra piel para que nuestro castillo y resistencia a olvidar se desmorone por completo ante el ataque siempre devastador de lo que nunca fuimos capaces de parar. Por muy conscientes que seamos de aquello que vino, se quedó, se marchó y sepamos que no volverá; por muy inteligentes que nos creamos, sabios de nuestro cuerpo, de nuestro dolor, basta siempre un soplo de inconsciencia para sucumbir de nuevo.  Porque nadie nos enseña a mirar, nadie nos dice que nos paremos a la orilla del mar para mirar al horizonte y apreciar la curva del mundo, nadie nos enseña álgebra del espíritu, ni formulación del sentimiento. Porque nuestra consciencia de lo presente, nos impide saber, acribillados de propio dolor cuando tenemos que detenernos para continuar. Porque a veces no queremos librarnos de nuestra pequeña muerte mientras seguimos observando aquella hormiga, y pensamos en no pensar en nada, y como aquella canción, evadirnos tirando piedras al rio, para no devorarnos. A veces la lucha es tan pacífica que simplemente buscamos diluirla en agua con sal. Pero a veces descubrimos que nuestras vidas tan llenas de vacío, quieren agarrarse a aquel momento que nunca volverá, aun sabiéndolo, aun sintiéndolo, aun queriéndolo o amándolo.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Orgia.

20.00 horas. Estaba nervioso. Pensaba que no lo estaría, pero había que verse en esa situación. Al menos en esa primera vez. Había tenido más citas similares, o más o menos parecidas: entrar en un chat, contactas con una chica, intercambios de tonterías, algún comentario picante, líneas de texto eróticas, fotos subidas de tono, imágenes, ciber sexo y de ahí a tener una noche tonta de pasión casual sólo hay un paso. Alguna que otra sorpresa siempre se ha llevado, está claro. Pero aquella vez era diferente. Para empezar, cambio de lugar. En vez de quedar a tomar una copa o hacerse un cine para romper el hielo, y de ahí a casa, habían decidido ir a un hotel directamente. Tampoco era citas a ciegas, porque en aquella ocasión las personas ya tenían una relación previa. Esta vez también era distinta la cosa en cuanto al número… había dos mujeres. Modus operandi distinto, nervios diferentes.

Después de pregonar a los cuatro vientos, sobrios y ebrios, las fantasías eróticas a perpetrar, y que nunca se debían realizar (eso es para que nunca dejen de ser fantasías) ahí se encontraba él, dos horas antes de lo previsto, acicalándose y dejándolo todo preparado para una más que interesante noche de pasión, lujuria y sexo a seis manos en la búsqueda de la perfecta armonía del conjunto mujer-hombre-mujer.

Como la cita había sido concretada a las 22.00 él había decidido pasarse por el hotel un par de horas antes y ya estar allí para ir recibiendo a sus citas. Total, la habitación ya estaba pagada, y así podría tomar posesión, ducharse, ver todos los ángulos posibles, e incluso fantasear con rodar su propia película porno desde los rincones más inverosímiles. También le había echado el ojo a un espejo estratégicamente colocado para una cosa que había leído. Una situación así requería un poco de documentación previa. No quería hacer el ridículo, por lo menos en lo que a las formalidades se refiere.

Lo que a priori siempre parece lo más complicado, encontrar las compañeras de juego, se había resuelto en dos noches de cervezas y apuestas lúdico ludopáticax (bonita palabra ficticia) con dos amigas, con dos locas, con dos estupendas mujeres que debido a su propia desinhibición, sumada a la adquirida por el alcohol, las risas, y ese morbo de las tonterías que se dicen cuando no se dicen nada, sumado a las miradas de las bromas dichas en serio, habían aceptado el reto. Desde aquellas noches sólo había habido mensajes de “jijiji”, frases de segundas intenciones en los muros del Facebook, emoticonos obscenos y tensos silencios. Era como un pequeño paréntesis vital con dos personas, tres en total, para dar rienda suelta a un mito. Momento de reflexión vital entre la cena del “woper” para llevar que se había subido y la ducha.

21.00 En la ducha, la virilidad sufre su momento de crisis y de duda y es el momento de sacar de la memoria la gran cantidad de imágenes guardadas en años de visualización de cine X para estar a la altura, quizá sea también el momento de dedicarse un momento de autoamor para no precipitarse en el punto de no retorno… y… suena un sms. “Vaya” Problemas en el último momento… se deshace la fantasía… lios de agenda, es lo que tiene no recordar que aquel día también es el cumpleaños de la abuela y no poder cumplir. Imposible asistir por no poder ir… Cara de circunstancia al mirar la caja de preservativos (24 unidades) sin abrir, y que quizá ahora se tornaba excesiva. Bueno, quizá la ventaja de este plan es que siempre queda la cita más o menos clásica. Terminó de ducharse, de recoger los restos de la cena, de esparcir por toda la habitación cada uno de los 24 profilácticos, el aceite, el anillo vibrador, el gel y unas esposas forradas de peluche que… bueno… o sea… que… bueno… que allí estaban.

Se acomodó a esperar vestido únicamente con el albornoz...

22.00. Ya se sabe, las mujeres siempre se retrasan un poco. Algo para ir poniéndose a tono…

22.15 Además su amiga nunca era ejemplo de puntualidad. Futbol de pago en la tele…

22.30 Tenía el móvil apagado, así que estaría en el metro, y estaría llegando. Barça gana…

22.45 Ahora da señal pero no lo coge. Preocupación. El partido en el descanso…

23.00 Comienza la segunda parte. Salta el buzón de voz…

23.15 Gol. Los futbolistas se abrazan… pienso que eso es lo más parecido al sexo…

23.20 Conversación telefónica por fin:

-¿Si? ¡Hola!

-¿Dónde estas?

-¿Yo? En mi casa

-¿No habíamos quedado esta noche…?

-¿Esta noche…? ¡Es verdad! Se me ha pasado…madre mía… ¿Dónde estás?

- Pues… en el hotel… solo… y... (y colgó)

23.25 Segundo gol.

Allí estaba, reflexionando con otros 22 tíos abrazándose en calzoncillos, como se pasa de un trio a una orgia…

domingo, 3 de abril de 2011

Sólo.

Nunca me ha gustado Marzo. No sé muy bien de donde viene tan irracional tontería, porque muchas grandes y buenas cosas me pasan en esos días. Supongo que es rasgo de la naturaleza humana tener algo que odiar, algo que amar y/o algo que temer. Que sea algo tan etéreo como un mes es funcional e inocuo. Me he sentado aquí, como tantas veces a pensar en el tiempo que tengo, que gano o pierdo y que me queda al cabo del día. De éste concretamente. Horas del día, de semana, de mes, de este Marzo que termina. Me vuelvo a mover por estaciones y túneles lo más veloz que puedo para no pensarlo mucho. Mi imaginación había estado volando pasándose de lo recomendable, con demasiados paseos, y no es bueno engancharse a los idus de marzo. Quizá no sea bueno engancharse a nada. Releo. Reescribo. Reabro. Tenía ganas de llegar, de sentarme, de darle menos vueltas a todo. También de llegar y poder escribir aunque no tenga nada interesante que contar. O quizá porque tengo mucho que contar o que escribir y es algo que debe estar sólo donde está. Siempre me arrancan las letras las tristezas. Que putada. Lo acabo de pensar. Me he vuelto a engañar, al pensar que es simplemente cuestión del momento, pero ha resultado que es algo más; siempre es algo más. O no. Ahora no quiero pensar eso. Simplemente sentarme un rato fuera de un incómodo vagón, y tomarme este café de media tarde. Sencillo vicio doméstico que me acompaña hoy, ahora, mientras remuevo mi conciencia para sacar unas líneas que le quiten el polvo a un teclado abandonado. No, no es cierto que sólo me arranquen letras las tristezas. Son impulsos, empujones y como le dice Brick a Maggy, un “click” que me haga abandonar la realidad de escuchar lo que me rodea y meterme en otro mundo. Supongo que es lo que tiene la cosa de andar mancillando el nombre de “escritor”, que se necesitan muchos impulsos, muchos. Buenos, malos, regulares, tristes o alegres, no sirve solo con querer y poder. No al menos para mí. La luz del balcón se ha ido apagando con toda esta reflexión, y el sol que me acompañaba en estas primaverales tardes deja paso a ese momento tan triste del día (otra vez) que és un atardecer entre bloques de pisos que no permiten ver más que sombras y ladrillos. Impulsos. Inputs. Latidos. Pasará Abril, majestuoso en mi calendario personal, con tantas cosas que contar y que hacer y tener, y me volveré cual Sabina a preguntar aquello de “quien me ha robado” sin pensar en el Marzo que pasó antes, ni el Febrero, ni mucho menos, Enero. De nuevo, otra vez, el tiempo hace apología en mis líneas sin que me percate de ello. Sólo al volver sobre mis propias letras me doy cuenta de eso que ya me han dicho. El tiempo. Hay tiempo, tenemos tiempo, hagamos tiempo, pasemos el tiempo. Al final, lo único que no somos capaces de controlar, de gestionar y administrar es ese paso de minutos. Quizá sea eso por lo que me obsesione. Porque pasa irremediable y me deja atrás, sin que pueda controlar nada. Aunque también me dice que volverá. Otro tiempo, otro Marzo y otra reflexión de café descansado. Como decir nada escribiendo mucho. La luz artificial da otro color al fondo de mi taza, y hace mi reflexión más larga. Hay que cambiar la forma de medir nuestros momentos. Usemos esos impulsos. Llevemos la cuenta de nuestras vidas por latidos. Así quizá, o sin quizá, dejaré de pensar en meses que odiar, y podremos ocuparnos sin preocuparnos, de latir cerca de otros. Me sonrío… creo que tengo demasiado tiempo para pensar…

viernes, 31 de diciembre de 2010

Contabilidad Humana

Estuve un par de años en la universidad. No fue mucho, ni siquiera creo que llegara a los dos cursos completos. Económicas, Administración y Dirección de Empresas se llamaba aquella carrera que empecé, y de la cual sigo tirando para algunas cosas. Para decir que estuve en la universidad mayormente. Una de las asignaturas que me vienen ahora, y por ese recuerdo salen estas líneas, es la de contabilidad. Asociación estrafalaria de ideas. Balances. Cuentas de pérdidas y beneficios. Es la época. Todo el mundo de una manera u otra está deseando que pasen los días, horas ya, para abrir libro en blanco. Somos supersticiosos, en general, y nos vamos agarrando a los clavos ardiendo que nos encontramos por nuestros caminos, aunque a estos asideros hayamos sido nosotros mismos los que les hemos pegado fuego. Balance del tiempo, de la apología del calendario que nos marca. Balances de vidas, de cristales de colores para mirar sobre ellos, de valoraciones tan contrarias como múltiples. Bofetadas de comparaciones. Un gran año, un año horrible, unas buenas fechas, una temporada desastrosa, annus horribilis, beatus ile… da igual. Siempre andamos mirando nuestros saldos vitales, nuestros “debe” y nuestros “haberes” para saber si este balance es positivo o negativo. No somos capaces, muchas veces de valorar los “asientos” en su justa medida, y la mayoría de las veces vemos alejado aquel principio que fue igual de ilusionante, o aquel momento que nos descargó de algo maravilloso. Siempre que se acerca el final, nos ansiamos con ello para que llegue pronto el principio, razón general y sin lugar a dudas positiva, per secula seculorum. Sin mirar atrás, como si pensáramos que es cosa de valientes, y hacerlo nos emparentaría con Lot. Deseos, bienaventuranzas, alabanzas y glorias a los nuevos tiempos. Menos miedo del futuro que del pasado, e incluso del tiempo actual, que aquí ya no se le puede llamar presente, porque no lo queremos, aunque no sepamos, ni falta que nos hace, lo que viene a contarnos las semanas que acontencen. Desde hace unos años, entro muy relajado a este pensamiento. Alejado de jaleos, de preparaciones, de planes. No son más que rituales, me digo a mi mismo, me doy consuelo claro está, ante la segura soledad de este pensamiento. Celebraremos sin lugar a dudas, siempre celebraremos, pero sin el boato, la pompa ni la circunstancia, que otras veces se acumula en mesas, casas y cabezas. Desde una soledad, previo descanso a la batalla, o como una siesta del borrego antes del banquete final. Muchas veces sirve para hacer ese balance, aunque no sea el momento más idóneo, que ya no hay marcha atrás, que ya no hay solución. Seguramente ese es el gran problema, que los balances se hacen al final, cuando el tiempo se acabó, y no da para más, sólo guardar el último aliento para justificar, decidir, recordar, asumir, reír o llorar por un tiempo que se acaba. Al final del todo, también al final de un balance, hay algo que no se puede obviar, lo dice el Plan General Contable: (seguro que lo dice en algún lugar) al final de todo, las cuentas tienen que cuadrar, que estar saldadas, y que llevar un orden. Da lo mismo que nuestro balance salga bien o mal, que recordemos más o menos ciertas cosas, positivas o negativas, que abandonemos ideas por perseguir utopías, propias o extrañas. Nuestro balance, nuestra balanza, debe estar equilibrada. Sólo entonces servirá de algo tanto apunte, recuerdo o deseo de principio y fin. Sólo entonces tendrá sentido abrir un nuevo mundo y un nuevo tiempo... and a happy new year...

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Terrazas

Estaba asomado a la terraza, disfrutando de ese pequeño placer que la vista me ofrecía y que esta ciudad compartía conmigo. Desde aquella altura podía contemplar muchas otras terrazas y azoteas. Cádiz me gusta. He descubierto muchas cosas en estos días, es una ciudad que alimenta como ninguna otra había conocido mi gusto por los tejados, por la luz, por la claridad. Mucho ruido, abajo en la calle el fin de semana rompía con fuerza, y aquí arriba la fiesta poco a poco entraba en calor. Despistado, pillado por sorpresa, sin oírla llegar, sus brazos me rodeaban silenciosos, sin preguntar por mi momento, era un momento nuestro más. Notaba su cara en mi espalda, acariciándola. Me di la vuelta para tenerla de frente, pero algo se movió en la oscuridad. Sin decir nada, los dos miramos al otro lado de la calle: una sombra.

En el edificio de enfrente, un hombre trepaba por los tejados, cuidadoso. Llegaba a la terraza delantera a nosotros, sin darle importancia a lo que podíamos pensar, y ajeno a nuestras miradas. Parece que llama, susurra un grito. Está sujeto, esperando al pie de un saliente. Otra sombra, cubierta, se asoma, el manto cae, descubre un rostro femenino. Somos testigos silenciosos, cazadores de sombras, como si no quisiéramos espantar a dos animales indefensos, pero sin abandonar nuestra posición privilegiada. Algo se dicen. Ella agachada, cercana a su cara. Él se agarra fuerte a la cornisa. Miran a un lado y a otro. Parece que fuésemos invisibles. Ella le tiende su brazo, y ayuda a subir. Ambas sombras se pierden en el interior.

Volvemos a la fiesta, curiosos de saber más de esto. Parece ser que lleva unos días pasando. Elucubraciones, teorías, especulaciones y risas. Son amantes, son amores imposibles, es que siempre se le olvidan las llaves al vecino… La fiesta sigue. El mundo es ajeno, y aun me queda mucho por descubrir de esta ciudad, pero no puedo dejar de pensar en esa imagen, como si fuera de otro tiempo, como de una dimensión diferente, como si pudiese imaginar algo alrededor de estas figuras que me calmara la curiosidad. Te miro y me olvido y de mis tonterías. Los amigos van y viene, nuevas caras, mucha gente. La música se va apagando en la calle, y entre besos y recuerdos abandonamos aquella terraza ya casi con el amanecer. El sueño nos espera, y los besos que lo acompañan. Mañana será otro bonito día en la última ciudad a este lado de los confines de la tierra…

Duermo, sueño, imagino y te escribo…

“Corría entre carros y puestos, como una flecha. Pensaba que llegaría a tiempo para el momento, para verla salir, para subirse a un árbol y poder verla sin que nadie le molestase. Ella siempre lo buscaba, ella sabía que era de los pocos instantes para cruzar sus miradas sin miedo a nadie, a regañinas de amas, hermanas y viejas. Corría. El retraso en el puerto del último envío había roto todos sus planes. Corría como nunca. Tarde. Cuando llegó a la puerta de la casa ya no estaban. Todo despejado, nada del revuelo de media tarde, en uno de los días de más luz que les estaba dando aquel abril primaveral. No sabía mucho de ella: su nombre, su posición social, su reclusión en la familia, y que bajaba casi todas las tardes a La Caleta. Casi siempre a la misma hora, nunca sola. Y que aquel día que se miraron en la playa sería el primer día del resto de sus días. Esperaba siempre paciente su paso de vuelta de la playa, escondido en cualquier rincón, tras algún carro, tras alguna rendija. Un día se tocaron. Lo recordaba ahora, mientras caminaba sin saber muy bien a donde. Bajaba corriendo cuando se la encontró de frente, sorprendidos, al doblar una esquina cerca del Mentidero. Un segundo, un empujón, un choque frontal. De allí salieron sin más, pero como en las novelas de caballería, su pañuelo quedó abandonado en el suelo: azul de mar, hilo de luna. Lo guardó durante un par de días, intentado armarse de valor para devolverlo. Cuando por fin respiró todo ese valor, una tarde, en vez de esconderse, la esperó al paso por la Alameda para devolvérselo; delante de ella, con la respiración entrecortada, con el brazo estirado, con la ofrenda del pañuelo. Ella se acercó, sin dejar de mirarse a los ojos, y alcanzó la prenda al tiempo que de la forma más sutil, rozaban sus manos, áspera una, suave otra. Ojos. Ojos clavados. Ella continúo su paseo con un leve “gracias”, bajo la atenta mirada de la compañía y las risas entrecortadas del resto de acompañantes. Aun respirando hondo y profundo, al girarse, pudo ver como ella se volvía para certificar esa última mirada. Esta tarde se le había escapado. Había sido la primera vez desde aquella que se había perdido por el camino.

La cabeza a mil con el desasosiego del alma le impedía decidir, y le hacía dar vueltas a la manzana, intentando no pensar. “Oye” Una voz lo llamó. “Mi hermana quiere verte” “Esta noche. En la terraza. A las doce. Toma, es para ti. No vuelvas a pasar a por esta calle, sólo ven esta noche” La joven le volvió a tender el pañuelo que había significado aquel primer roce, el salvoconducto para poder pasar, el alma misma.

Parecía que aquella tarde estiraría la ciudad la luz más que nunca y la noche no llegaría jamás. Los pescadores comenzaban retirar sus cañas, y a marcharse a sus casas. La primavera había ofrecido días cálidos y estaba en posición de brindar una fría noche. Silencio. Algunos borrachos que gritaban aun las victorias de las guerras pasadas eran las únicas voces que perturbaban. Todo lo demás se mantenía en calma: el mar, la luna inexistente de aquella noche, y las estrellas cercanas. Las doce llegarían pronto.

Buscó la casa apropiada. Los portales abiertos, los patios interiores mostrados, la tranquilidad de las calles. Una ciudad como ninguna para vivir tranquilo.

Las ventanas del patio tenían rejas fuertes, y poco a poco fue armándose de paciencia y fuerza para escalar. Mil veces lo había hecho en escalas y barcos. La última casi le cuesta caer. Resbaladizos barrotes, fuertes, anclados en la piedra ostionera como un fósil más. El tejado claro en un oscuro, dos casas más atrás. Casi las doce. De nuevo, por segunda vez en el mismo día llegaba tarde: “corre” El corazón latía fuerte, pero sabía que aun no podía reventar su pecho, aun hay más. La última prueba, el último tejado no dejaba mucho paso, habría que hacerlo por la cornisa, por la calle. Las piernas le temblaban. Voces. Aquellos borrachos, patrulla, rezagados de la taberna. Silencio. Sólo respiraciones. Último esfuerzo. La última ventana, la última azotea. El pañuelo estaba empapado, anudado a su cuello para no perderlo, recogía el esfuerzo de la ansiedad a modo de gotas de sudor. Allí estaba. Oscuridad, silencio.

“Señora”

“Señora”

La catedral llamaba. Las doce.

Una vela se enciende, temblorosa desde la oscuridad. Una figura cubierta se acerca, y susurra.

“Silencio. No digas nada”

Aun sujeto a la cornisa de la última azotea, consigue desanudarse el pañuelo, y mostrarlo orgulloso.

“Sube”

Casi con el último aliento consigue trepar. La luna ya no tiene que ocultar nada y parece que ahora quiere brillar. El levante nocturno sopla para dejar sólo la luz de la noche. Los ojos se cierran a la falta de luz, se acostumbran a mirar. Las manos rozan las caras, se reconocen. El acerca su cara, aspira el jade que desprende su piel, el aroma de áfrica que ella trae, dulce, penetrante, y se pregunta si toda su piel tendrá el mismo sabor, el mismo color. Ella le toma de la mano y lo entra en la estancia, oscura, silenciosa, y tapa su boca con dos dedos. No quiere que diga nada.

“No volverás a verme”

Protesta. Ella niega. Sigue tapándole la boca. El quiere hablar.

“¿Volverás a verme?”

Respira. Enrabietado. Ella espera. Asiente. Ella retira poco a poco los dedos de sus labios para poder besarlos. Ella espera. Ella ansía. Ella quiere. El desnuda, ella busca, él busca. Ambos encuentran.

La despedida llega con el amanecer. Con las últimas caricias y los últimos suspiros. Morir...

…Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva

y encontrar lo que tanto se buscaba...

El día no les puede sorprender, el alba llega pronto y la ciudad despierta antes.

Se miran.

Ojos.

No hay más palabras. Se despiden. El día. Los tejados esperan.

Quizá otra noche.”

Me despierto de mis sueños. Miro a mi alrededor buscando la paz y la tranquilidad. Toco el teléfono para mirar la hora, pensando que aún queda mañana para dormir un poco más. Me sonrío. Me gusta mirarte mientras duermes. Es envidia de Morfeo que te tiene en sus brazos.

Despiertas en un movimiento casi reflejo para encontrarnos. Amor. Ojos. Sueño.

Te contaré lo que he soñado…

lunes, 13 de septiembre de 2010

Besos de café

…me doy la vuelta de mi rincón perdido y me giro buscando calor palpando la sábana aún viva para descubrir la soledad de la almohada que hace que mis ojos quieran abrirse sin dudar al no encontrar al tacto de mis manos la piel suave que dormía conmigo soñando las vidas paralelas en países costeros lejanos sin respirar otro aire que el de los suspiros o las brisas que llegan a cada minuto dejando el tiempo en suspenso de otras medidas más fieles y fiables que las que nos marca un reloj cruel que no respetará nunca la oscuridad al sonar al alba escondida tras las persianas de camuflaje que la luz usa y abusa en su viaje inconstante a la claridad de la mañana que me despierta para buscarte y no encontrarte porque el desalmado día hace que avancemos en nuestras vidas cotidianas sin entender que no podemos ser nosotros los causantes del devenir del mundo porque somos otros seres de otros mundos menos terrenales y mas celestiales que nos aguardan en la noche para refugiarnos de todo tras esas sabanas que ahora me dejan en solitario sin saber de ti y pensando en todos los lunares que dejamos atrás a cada beso nocturno sin piedad ni consuelo al saber que no estarás cuando termine de abrir mis ojos y no vea que reposas a mi lado al estar preparando tu vida fuera de mi por unas horas o quizá por ese tiempo indefinido que es la soledad sin ti pero sabiendo que antes de salir vendrás a besarme con el sabor de tu café en los labios dejándome sonreír sabiendo que en cada beso que nos daremos viviremos un poco más en el amor de la mañana y de la noche que nos resguarda cuando me doy la vuelta de mi rincón perdido…

viernes, 18 de diciembre de 2009

Decisiones

Lo que nos diferencia de los animales es el raciocinio, la capacidad de discernir, de elegir. Siempre nos han contado que un animal no puede tomar decisiones racionales, y que sus movimientos se basan en el instinto. Comen, se mueven, se reproducen, porque su sino, su destino, está ligado a ese instinto. Evolucionan en el tiempo obligados por su entorno y su instinto. Imagino que las personas también tenemos ese instinto animal, pero la evolución, las normas sociales, la religión, la sociedad y el hecho de sentirnos civilizados nos hace tamizar y camuflar ese nuestro instinto. Así que de vez en cuando nos generamos, o se generan situaciones a nuestro alrededor, o en nuestra vida que son instintivas, pero que hacen que nos tengamos que parar a decidir. Decidir, adecuar, equilibrar, compensar… Darse la vuelta y marcharse de donde se está porque es lo mejor, porque es lo que toca, porque es lo que hay que hacer. Decidir luchar contra los elementos. A esos instintos, con el paso del tiempo, les hemos cambiado el nombre, y los hemos terminado por llamar “sentimientos”. Esas cosas que nos sacuden el alma y la conciencia y no son racionales. Cosas de la religión casi siempre. “No podemos luchar contra nuestros sentimientos”” El corazón y razón” Frases hechas. Pensar en no dejarse llevar, imaginar la más alta cota de racionalización: la infelicidad deseada. Hay que huir del victimismo, de la pena, del auto-flagelo, pero al final se reduce todo a una sesión se masoquismo sin el placer deseado. Porque ni el convencimiento de la mejor elección posible, hace que ese instinto deje de manifestarse. Decidimos en nuestra vida social lo que es mejor para nosotros, para nuestros hermanos y amigos, decidimos lo que es mejor para otras personas, decidimos lo que es mejor para la persona que supuestamente amamos, pero egoístamente, sin pensar en esas personas, para sentirnos bien con nosotros mismos. Luchamos contra natura para satisfacernos el alma: es lo correcto. Eliminamos palabras de nuestro entorno como “culpa” “error” “cargo de conciencia” y volvemos a racionalizar los instintos para sobrevivir. Queremos ser portadores silenciosos de felicidad, aun a costa de la nuestra propia. Decidimos. Tomamos un rumbo y somos fieles a él. Dejamos de preocuparnos por las banalidades y las superficialidades, porque hemos decidido ser felices desde la infelicidad. Sonreímos ante nuestra vida, andando, procurando que se note poco, y durmiendo (o no) con el vacio instintivo. Es asumirlo. Puede parecer que es conformismo, que es desidia por el mundo, pero no es así. Es algo activo, laborioso, que ha llegado tras mucho trabajo. Pero no nos conformamos, simplemente, lo decidimos. Siento, pienso, decido, siento, escondo, decido, siento…sonrio…pienso…decido…

lunes, 24 de agosto de 2009

INFIELES (...o no)

- ¡Ya voy!
Patinaba por el pasillo a toda prisa, sólo le faltaban las gafas de sol para emular completamente al personaje de Tom Cruise en “Risky Business” por lo demás, la pinta era bastante parecida. Con esa idea y el timbre taladrando en el ambiente llegó la puerta, jadeando y sonriente.
- ¿Se puede saber de que te ríes?
Arreglada como para una boda, con una cara de perro-presa-asesino-ladrador, seguía con la mano en el timbre.
- Llevo una hora esperándote, llamándote al móvil, al fijo, al timbre, al… ¿y tus pantalones?
- Me he manchado, estaba apunto de cambiarme y salir cuando llamaste como una poseída al timbre. Ayer me dejé el móvil en el trabajo, me imagino que me pillarías en la ducha cuando llamaste al fijo, y…
Las ultimas palabras resonaron en la inmensidad del vacío, porque ella había pasado a la fase mujer-indignada (modo lamento) y se movía ya por los adentros del piso-zulo.
- Si no querías ir, con haberlo dicho bastaba. (Sollozo) Meses intentando convencerte de que me acompañes por fin a la ópera, semanas para conseguir las entradas, y al final plantada una hora. (Sollozo lacrimoso) No hay derecho (Llanto ma non troppo)
- No es eso mujer, si sabes que me hacia ilusión, pero resulta que me ha mandado un “ese-eme-ese” Luis para que le mirara una cosa del trabajo y perdí el tiempo.
- ¿No te habías dejado el móvil en la oficina?
- Quiero decir un mensaje en el contestador…del fijo…sí…del fijo… un mensaje de voz que ya he borrado, además. ¿Si? ¿Hola?
La mirada-asesina de novia-indignada había pasado del hombre-capullo a fijarse en la cocina-americana del piso-zulo de su novio-cabrón… En la encimera, camufladas bastante mal, obviamente, dos copas de vino, y una botella casi vacía. Lo que ya era una mujer-indignada en modo iracundo, tardó un segundo en reencarnarse en el negro de CSI:
“Dos copas; en una parece haber resto de pintalabios. La botella está casi vacía y caliente, calculo que lleva abierta unas cinco horas treinta y dos minutos. Vino tinto, Ribera, no hay restos de coca-cola, ergo no ha sido con ninguno de los gárrulos de sus amigos, y anoche jugaba el Atleti…”
Cuando parecía que la laca que llevaba en el pelo estaba a punto de arder a consecuencia del calentón, justo antes de “el gran grito de la mujer “, antes que él articulase un solo moviendo de defensa-protección-evasión, sonó un ruido tras la puerta del mini-baño del piso-zulo.

“Alarma” “Alerta” “Peligro” “Warning” “Achtung!”

Ahora parecía circular en su frente un letrero de esos luminosos, y se veían en su cara todas esas expresiones. Y es que él tenía mucha cara (y frente donde verlas)
- ¿Quién…está…ahí?
- …Nadie…

ERROR. ERROR. ERROR. ERROR. ERROR. ERROR. ERROR

En ese momento, la vena del cuello, que nadie sabe como se llama de verdad, pero todos identifican como “La Vena de la Patiño” comenzaba a tomar vida propia. Ella se disponía a abrir la puerta del mini-baño, cuando El (aun sin pantalones, y con los calzoncillos de “Spiderman”) se colocó delante impidiéndole el paso:
- ¡No lo hagas! ¡No merece la pena! ¡Ellas no significan nada!
- ¡¡¡¡¿ELLAS?!!!!
- De verdad, no se como ha sido, me dejé llevar, yo no quería…
Como si un jarro de agua fría le hubiera caído encima, se quedó pasmada. Buscó el sofá, apartó la montaña de ropa sin planchar, con solera de unas semanas, y se desplomó (literal y anímicamente) para “ojipláticamente”, esto es, con lo ojos como platos, enlazar frases de incredulidad, una tras otra:
- No lo entiendo…yo, que te quiero como una madre, de hecho cambié de peinado para parecerme a tu madre. Yo, que estoy pendiente de ti a todas horas, que no pasa un momento sin que esté llamándote o mandándote mensajes de texto para saber que haces. Yo, que me he empeñado en que cambies de estilo de ropa, en que leas más, comas mas verdura, bebas menos alcohol, olvides a tus amigotes que no son mas que malas influencias. Yo, que lo que quiero es que me hables y me cuentes tus cosas, anteponiendo el dialogo al sexo, tan sucio e innecesario. Yo... (© by Raphael)
- Si tienes razón, si soy un mal hombre, no se como me he dejado llevar (se acerca a ella) Ninguna de ellas vale lo que tú, que sólo me quieren por el sexo salvaje (la ayuda a levantarse) Creo que es porque tú vales mucho más que yo (llevándola hasta la puerta de entrada) Porque yo no he sabido apreciar todo lo que haces por mi, y creo que te mereces alguien mucho mejor, alguien que te quiera más como tú te mereces (abriendo la puerta de la calle) Lo mejor sería que nos separásemos ahora que aun podemos ser amigos, aunque tengamos que estar un tiempo sin vernos, por que será muy doloroso, quizá tres o cuatro años (sacándola del piso-zulo) De verdad, no podré olvidarte nunca, pero ahora es mejor que lo dejemos. Adiós, te querré siempre (cerrando la puerta)
Cada uno aun lado de la puerta, mirándola cerrada, callados en el mas profundo silencio, pendientes de adivinar cual seria el siguiente paso del otro. Ella cabizbaja y abatida rumbo a las escaleras que bajaban a la calle, él incrédulo de lo que terminaba de pasar, encaminado al mini-baño del piso-zulo.
Al abrir la puerta del baño se encontró al gato subido al armario, jugando con los botes, (con los dos únicos botes, el gel y el champú) No podía creer lo oportuno que había sido. “Con lo poco que me gustan los animales”
Como premio por su colaboración le llenó el cacharro para beber de leche. Al paso, sacó del frigorífico un bote de coca-cola para mezclar con el poco vino que le quedaba, mientras en la tele veía a un ruso de nombre impronunciable y un chino con cara de mala leche, partiéndose el alma por ganar un partido de tenis. Evidentemente, en calzoncillos… (El ruso, el chino y él)

“Que paz…por fin… mujeres”

Al salir del bloque de pisos, sólo tuvo que esperar un minuto. Un coche, deportivo, amplio, muy amplio, se paró haciendo chillar las ruedas del frenazo y le abrió la puerta. La conductora, una chica morena, guapa, delgada, con el pelo “panten”, la recibió sonriente con un beso largo y profundo, mientras dejaba caer su mano por debajo del vestido, pellizco morboso incluido.
- ¿Qué ha pasado? No has tardado nada…
- Bueno, me han dado facilidades…hombres…