Estaba esperando con la primera copa en la mano, parece que se anima la noche.
Imagino que es cuestión de ir pensando en dejar la ginebra… ¿o quizá de aumentar la dosis? De vez en cuando cuento por ahí que a mí los mosquitos no me pican porque tengo demasiada en la sangre. Aunque he perdido mucho de mis años de juventud, de cuando me llevaba las botellas vacías a mi casa, aun aguanto un par de rondas (rápidas, of course) a la cabeza y sin torcer mucho el paso.
Mira que la última vez que hablé de esto fue porque me dio por la vida sana, ahora volvemos a las andadas desde el lado oscuro…
He pasado un tiempo de barra en barra y por cosas de la vida, que son las cosas del querer, me he visto hablando de predisposición, de amor, de riesgos, de lo que queremos en la vida, de lo que no queremos y del tiempo y las necesidades. Así que, tras pedir otra copa (apunten: ginebra con limón) y acodarme en la barra evitando ser visto por nadie que quiera bailar, reflexionas sobre la flora y fauna vital de esa noche. Al final nadie quiere pedir mi copa, que la pida yo…
Ginebra, a ser posible “bifiter”, con limón, a ser posible “sueps”, en vaso ancho, con un poco de limón natural. Si no hay limón “sueps” me vale “trina” o “radical” o limonada…pero evitar la “fanta” a toda costa. Sí, es por ello que mis copas las pido yo.
La verdad es que no se ligar en los bares, me pongo nervioso, y me veo que no soy capaz más que de preguntar aquello de “¿estudias o trabajas?” es por ello que no me suelo lanzar, me quedo más bien en pensamientos estúpidos… la predisposición, decíamos ayer…
Creo que los sentimientos son una discoteca: “SoulDiscoHeart” un local de moda, donde todo el mundo quiere entrar. Pero nosotros, los dueños del garito, hemos colocado un portero en la puerta de esos que dan miedo, tipo “2x2” al que le dijimos: aquí no entra cualquiera. Quizá la orden va por épocas, y tenemos noches en las que entra todo el mundo, otros días que solo entra gente mona, o días en los que preferimos “chapar el chiringuito” y que no entre nadie. Una vez dentro, el sitio, por lo general, suele gustar: buena música, camareros simpáticos y copas a buen precio. Es fácil tomarse una copa. Incluso repetir y convertirse en cliente habitual, y charlar con todos, incluso hacer que el “boss” se pague una copa de vez en cuando. El problema de esa clientela es que se renueva, y quizá mañana entre alguien más deslumbrante, y pase su momento de moda.
Otra copa, “plis”.
Dentro nos llama la atención otra puerta, unas cortinas de terciopelo, con otro portero. Quizá más elegante, más refinado, pero igual de eficaz. Y quizá hay gente que quiere entrar, pero se le corta el paso; esa es la sala “VIP”. Para entrar ahí necesitas invitación personal del dueño, estar “en lista” y, amigos, eso es lo que mola. La gente, mucha quiere entrar, pero, nuestro portero no les deja. Les dice que pueden venir a tomar copas cuando quiera, que puede traerse amigos, pero entrar ahí es más complicado.
Podemos ver como la gente quiere tomarse copas en nuestro local, veremos como nadie quiere, épocas de moda y épocas de bajón, pero siempre tendremos nuestros porteros en las entradas, haciendo que pensemos que nadie es suficientemente bueno para entrar en nuestra sala vip.
¿Me pones la penúltima?
Nos damos una vuelta por nuestro garito, nos gusta, elegimos la decoración, cada temporada lo renovamos, contamos con buenas relaciones, nos gusta estar de moda. Pero muchas veces por querer ser demasiado exclusivos no hay nadie dentro. Vacío. Miramos a nuestro alrededor y no hay nadie. Nos asomamos a la ventana y vemos gente remoloneando por la puerta, pero que no quiere entrar. El sitio está muerto, y aún así nuestro portero principal le pone trabas a la gente: no, tu eres muy mayor, tu eres muy joven, tu eres muy feo, tu eres demasiado guapa, tu eres muy simple, tu eres demasiado listo, a ti te conocemos demasiado, a ti no te conocemos nada…
Nos sentamos en una banqueta, mirando los hielos, y apuramos el último trago. Es hora de cerrar. Nuestro local de moda, con espectáculos en vivo, cierra otro día más.
viernes, 6 de noviembre de 2009
lunes, 19 de octubre de 2009
5.
La cocina es un misterio. Uno se independiza de su madre y entonces se da cuenta que el término “cocinar” es algo más que poner la lasaña en el “micro-wave”.
No he tenido demasiados accidentes gastronómicos, lo típico: comidas muy saladas, muy sosas, tortillas pegadas, patatas fritas con azúcar, pollo crudo, comida para cuatro con cantidades para dos, chamuscar la cebolla frita y alguna cosa más que ahora no me acuerdo. La verdad es que mis únicos problemas en la cocina son con el tiempo y las cantidades, poca cosa…
En contraprestación diré que soy fan de los programas de cocina, desde Arguiñano hasta uno inglés del canal cocina que hace las cosas en su casa con las manos y pringando mucho. Me quedo embobado ahí, mirando como parten, pelan, pochan, rehogan, gratinan, doran, emplatan, caramelizan o deconstruyen. Siempre me ha parecido algo genial, ver cómo trabajan, y dejan la cocina como los chorros del oro.
La cocina siempre me ha parecido un espacio muy particular. El lugar en el cual parece que las fiestas, cuando están de capa caída se reactivan, donde uno se mete a comer o beber para no molestar, y donde se hacen muchas confesiones, de las íntimas o de las abiertas. Cocinar nos muestra un poco como somos…
La cosa es que se pone en una sartén (a ser posible que nos se pegue mucho) y se hace un “sofrito” : esto es que se pone cebolla, tomate natural y medio pimiento verde, que habremos lavado y partido (previamente y mejor en ese orden). Eso ya así sólo, huele que alimenta. En la misma tabla, con el mismo cuchillo, pero con algo más de cuidado troceamos un poco de pollo. No nos pongamos estupendos: pollo es pollo. Muslos, pechugas, contramuslos…a mi me sabe todo igual: a pollo. Últimamente me ha dado por “salpimentar” No sé si me queda bien, pero tiene su gracia: le pongo un poco de sal y de pimienta al pollo, lo restriego un poco y cuando veo que la cebolla tiene buen color, lo añado. Unas pocas judías verdes, de esas de bote, en este punto a la sartén no van nada mal.
Sacamos una lata de cerveza de la nevera, nos bebemos la mitad (me acabo de dar cuenta que los cocineros hablan como el Papa… “nos”) y la otra mitad, bueno, un poco menos, se la echamos al pollo cuando este se empiece a poner blanquito. Añadimos arroz (pues no se…un par de puñados ¿no?) y rebajamos con un poco de agua. Remover de vez en cuando. Esperar. Remover. Ver la tele. Remover. Mirar el facebook. Remover. Preparar la mesa. Remover. En este punto hay quien prueba la cosa a ver cómo está de sal. Bueno, es una opción más, y si se sabe, pues se corrige el punto. Remover. Comprobar que el arroz está en su punto, y el pollo también. Lo suyo es dejar que todo el caldo “reduzca” y quede la cosa más bien pastosilla. Cuando hayamos decidido que nos gusta la textura, retiramos del fuego/vitro/gas y lo dejamos reposar mientras miramos que no hay correo nuevo en la bandeja de entrada del MSN.
¡¡¡Servir y listo!!!
Es una tontería; una tontá mayormente… pero el otro día me sorprendí a mi mismo pensando que estaba muy rico eso que acababa de hacer, y que no podía disfrutarlo nadie más…
La cocina es algo peculiar que te hace sentir un poco solo (aunque friegues menos cacharros)
No he tenido demasiados accidentes gastronómicos, lo típico: comidas muy saladas, muy sosas, tortillas pegadas, patatas fritas con azúcar, pollo crudo, comida para cuatro con cantidades para dos, chamuscar la cebolla frita y alguna cosa más que ahora no me acuerdo. La verdad es que mis únicos problemas en la cocina son con el tiempo y las cantidades, poca cosa…
En contraprestación diré que soy fan de los programas de cocina, desde Arguiñano hasta uno inglés del canal cocina que hace las cosas en su casa con las manos y pringando mucho. Me quedo embobado ahí, mirando como parten, pelan, pochan, rehogan, gratinan, doran, emplatan, caramelizan o deconstruyen. Siempre me ha parecido algo genial, ver cómo trabajan, y dejan la cocina como los chorros del oro.
La cocina siempre me ha parecido un espacio muy particular. El lugar en el cual parece que las fiestas, cuando están de capa caída se reactivan, donde uno se mete a comer o beber para no molestar, y donde se hacen muchas confesiones, de las íntimas o de las abiertas. Cocinar nos muestra un poco como somos…
La cosa es que se pone en una sartén (a ser posible que nos se pegue mucho) y se hace un “sofrito” : esto es que se pone cebolla, tomate natural y medio pimiento verde, que habremos lavado y partido (previamente y mejor en ese orden). Eso ya así sólo, huele que alimenta. En la misma tabla, con el mismo cuchillo, pero con algo más de cuidado troceamos un poco de pollo. No nos pongamos estupendos: pollo es pollo. Muslos, pechugas, contramuslos…a mi me sabe todo igual: a pollo. Últimamente me ha dado por “salpimentar” No sé si me queda bien, pero tiene su gracia: le pongo un poco de sal y de pimienta al pollo, lo restriego un poco y cuando veo que la cebolla tiene buen color, lo añado. Unas pocas judías verdes, de esas de bote, en este punto a la sartén no van nada mal.
Sacamos una lata de cerveza de la nevera, nos bebemos la mitad (me acabo de dar cuenta que los cocineros hablan como el Papa… “nos”) y la otra mitad, bueno, un poco menos, se la echamos al pollo cuando este se empiece a poner blanquito. Añadimos arroz (pues no se…un par de puñados ¿no?) y rebajamos con un poco de agua. Remover de vez en cuando. Esperar. Remover. Ver la tele. Remover. Mirar el facebook. Remover. Preparar la mesa. Remover. En este punto hay quien prueba la cosa a ver cómo está de sal. Bueno, es una opción más, y si se sabe, pues se corrige el punto. Remover. Comprobar que el arroz está en su punto, y el pollo también. Lo suyo es dejar que todo el caldo “reduzca” y quede la cosa más bien pastosilla. Cuando hayamos decidido que nos gusta la textura, retiramos del fuego/vitro/gas y lo dejamos reposar mientras miramos que no hay correo nuevo en la bandeja de entrada del MSN.
¡¡¡Servir y listo!!!
Es una tontería; una tontá mayormente… pero el otro día me sorprendí a mi mismo pensando que estaba muy rico eso que acababa de hacer, y que no podía disfrutarlo nadie más…
La cocina es algo peculiar que te hace sentir un poco solo (aunque friegues menos cacharros)
sábado, 3 de octubre de 2009
Amarillo.
Es uno de esos días, de esos en los cuales no quieres nada con el mundo, y que recuerdas cuando eras pequeño y pensabas que cerrando los ojos te hacías invisible. Ahora no puedo cerrar los ojos, pero puedo ponerme las gafas de sol y los auriculares, y creer que soy invisible-man...
En esas estaba, pasando totalmente desapercibido, en el andén del metro con las gafas de sol puestas, cuando se paró a mi lado. Me llamó la atención, había mucho andén libre, mucho lugar donde colocarse, mucho asiento libre para esperar los trenes, mucho más espacio que pegada a mí hombro (y eso que no llevaba mi colonia irresistible: Nenuco, por homme)
La indiscreción me puede y, parapetado además por mis nuevos poderes de hombre invisible adquiridos, no pude evitar escanearla. Ella también era una mujer invisible: gafas de sol y el mp3 en la mano, con el pelo recogido por un pañuelo. Me cuesta mucho determinar la belleza de una persona sin mirarla a los ojos. Parecía entretenida, divertida. No parecía guapa, quizá de belleza peculiar. Tenía la sonrisa permanente y las manos en los bolsillos. Quizá este hecho no sea consecuencia del otro, y sonreír no sea la consecuencia de meterse las manos en los bolsillos…o sí, dependerá de lo profundo que sean esos bolsillos, claro…pero…no, no…que me meto en un jardín…
Llevaba unos pantalones grises, peculiares, a medio camino entre el sport y el vestir, sujetados por unos tirantes y una camiseta amarilla mostaza.
Al llegar el tren, ambos subimos al mismo vagón, y nos quedamos de pie apoyados en la puerta. No había sitio a la vista y yo llegaba en dos paradas. Siempre he pensado que el metro y sus alrededores son “micro-universos” para describirnos. Ahí fue cuando yo me quité las gafas, y perdí los poderes de hombre invisible, mitad porque me parecía absurdo llevarlas dentro de un vagón de metro subterráneo, mitad porque quizá la chica de amarillo no se habría percatado de mi. Así pasaron las estaciones, pensando que sería la separación traumática de nuestras vidas. Sorpresa.
Detrás de mis pasos fueron los suyos y salimos por la misma puerta en la misma dirección… ¿me estaría siguiendo? Volví a camuflarme con las gafas de sol (esta vez para que mi indiscreta mirada no fuese cazada) y tomé la primera salida de la estación, contemplando de reojo como la chica de amarillo hacía lo mismo. Al llegar a la calle, entonces sí, nuestros pasos se separaron en contrarias direcciones…
De allí fui en busca de un libro a una de esas librerías destartaladas que hay en la ciudad, como si fuese un bucador de tesoros. Llegué, vi, compré y salí. Volví a casa con mi libro más contento que unas pascuas, deshice el mismo camino y volví al mismo metro.
Mi tren llegó, mi puerta se abrió, y cuando estaba a punto de marcharse, por la misma puerta, de nuevo, la mujer de amarillo: mismas pose, misma sonrisa… misma mujer invisible.
Esta vez, cuando llegué a mi destino ella no se bajó del tren, y me quedé mirando cómo se alejaba desde el andén.
Retomé la sensación de hombre invisible…
Quizá no es bueno querer ser siempre invisible.
En esas estaba, pasando totalmente desapercibido, en el andén del metro con las gafas de sol puestas, cuando se paró a mi lado. Me llamó la atención, había mucho andén libre, mucho lugar donde colocarse, mucho asiento libre para esperar los trenes, mucho más espacio que pegada a mí hombro (y eso que no llevaba mi colonia irresistible: Nenuco, por homme)
La indiscreción me puede y, parapetado además por mis nuevos poderes de hombre invisible adquiridos, no pude evitar escanearla. Ella también era una mujer invisible: gafas de sol y el mp3 en la mano, con el pelo recogido por un pañuelo. Me cuesta mucho determinar la belleza de una persona sin mirarla a los ojos. Parecía entretenida, divertida. No parecía guapa, quizá de belleza peculiar. Tenía la sonrisa permanente y las manos en los bolsillos. Quizá este hecho no sea consecuencia del otro, y sonreír no sea la consecuencia de meterse las manos en los bolsillos…o sí, dependerá de lo profundo que sean esos bolsillos, claro…pero…no, no…que me meto en un jardín…
Llevaba unos pantalones grises, peculiares, a medio camino entre el sport y el vestir, sujetados por unos tirantes y una camiseta amarilla mostaza.
Al llegar el tren, ambos subimos al mismo vagón, y nos quedamos de pie apoyados en la puerta. No había sitio a la vista y yo llegaba en dos paradas. Siempre he pensado que el metro y sus alrededores son “micro-universos” para describirnos. Ahí fue cuando yo me quité las gafas, y perdí los poderes de hombre invisible, mitad porque me parecía absurdo llevarlas dentro de un vagón de metro subterráneo, mitad porque quizá la chica de amarillo no se habría percatado de mi. Así pasaron las estaciones, pensando que sería la separación traumática de nuestras vidas. Sorpresa.
Detrás de mis pasos fueron los suyos y salimos por la misma puerta en la misma dirección… ¿me estaría siguiendo? Volví a camuflarme con las gafas de sol (esta vez para que mi indiscreta mirada no fuese cazada) y tomé la primera salida de la estación, contemplando de reojo como la chica de amarillo hacía lo mismo. Al llegar a la calle, entonces sí, nuestros pasos se separaron en contrarias direcciones…
De allí fui en busca de un libro a una de esas librerías destartaladas que hay en la ciudad, como si fuese un bucador de tesoros. Llegué, vi, compré y salí. Volví a casa con mi libro más contento que unas pascuas, deshice el mismo camino y volví al mismo metro.
Mi tren llegó, mi puerta se abrió, y cuando estaba a punto de marcharse, por la misma puerta, de nuevo, la mujer de amarillo: mismas pose, misma sonrisa… misma mujer invisible.
Esta vez, cuando llegué a mi destino ella no se bajó del tren, y me quedé mirando cómo se alejaba desde el andén.
Retomé la sensación de hombre invisible…
Quizá no es bueno querer ser siempre invisible.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Capitulo 7.(y último)
O
“No es nada fácil.”
“No Señor”
“Es complicado”
“Sí Señor”
Silencio
La puerta retumbó con el eco que solo la inmensidad del cielo puede dar. Pero allí volvía a estar, en aquella sala como tantas veces antes. La responsabilidad del cargo hacía que muy pocos pudiesen llegar a donde él podía hacerlo, pero, evidentemente, cuanto más poder se tiene, más dificultades se encuentran en el trabajo.
Y ahora lo dejaría de hacer, ya no quería hacerlo. Había pedido permiso para salir a buscarla y no lo conseguía. Es el momento de escapar de allí.
El trabajo era sencillo, sólo tenía que verificar que toda alma llegaba a su destino. Sin más. Allá donde algún pobre cuerpo era despojado de su alma, allá que se encontraba él. Un Principado del Tercer Coro, que dirían los más puristas.
Descubierto en su trabajo, y desposeído de su poder por rebelarse, por querer salir de allí para buscar a una mujer, por desobedecer, por no seguir su camino, se encontraba en tierra de nadie. Mejor dicho, ahora se encontraba en el otro lado, aquel contra el que siempre había luchado, frente a todo ello. Frente a ella.
“Un ángel caído frente al Ángel Caído”
Un dolor inmenso le sacudió, como algo sobrenatural, como si mil golpes arañasen su espalda, como si toda la ira del Cielo y del Infierno cayese sobre él, como si su pecado y su culpa no fueran a ser perdonados nunca. Como si viese ante sus ojos la imagen más bella y supiera que nunca seria suya. Fulminado por aquel dolor, desde el suelo, pudo contemplar la belleza de aquella mujer por última vez.
No podía morir, no podía vivir. Expulsado del cielo, deambulante por el infierno, la oscuridad que lo envolvía no tenía ningún sentido. ¿Es amor lo que lleva a dejarlo todo hasta los confines del bien y el mal? ¿Es una fantasía? ¿Es la soledad infinita y el clavo ardiendo?
Es todo una metáfora, un viaje, un sentir extraño en la oscuridad de la vida, llena de ruidos que nos desbordan, de trabajos que nos hacen pensar que el tiempo pasa indolentemente, de personas que importan y que dejamos escapar, o que no importan y hacemos que sean fuertes en nuestras vidas.
De pie, desnudo, oscuro.
Una luz al final. Siempre hay una luz que ilumina la esperanza, la siguiente parada, la vida o la muerte. Y tras esa luz, otra puerta...
“No es nada fácil.”
“No Señor”
“Es complicado”
“Sí Señor”
Silencio
La puerta retumbó con el eco que solo la inmensidad del cielo puede dar. Pero allí volvía a estar, en aquella sala como tantas veces antes. La responsabilidad del cargo hacía que muy pocos pudiesen llegar a donde él podía hacerlo, pero, evidentemente, cuanto más poder se tiene, más dificultades se encuentran en el trabajo.
Y ahora lo dejaría de hacer, ya no quería hacerlo. Había pedido permiso para salir a buscarla y no lo conseguía. Es el momento de escapar de allí.
El trabajo era sencillo, sólo tenía que verificar que toda alma llegaba a su destino. Sin más. Allá donde algún pobre cuerpo era despojado de su alma, allá que se encontraba él. Un Principado del Tercer Coro, que dirían los más puristas.
Descubierto en su trabajo, y desposeído de su poder por rebelarse, por querer salir de allí para buscar a una mujer, por desobedecer, por no seguir su camino, se encontraba en tierra de nadie. Mejor dicho, ahora se encontraba en el otro lado, aquel contra el que siempre había luchado, frente a todo ello. Frente a ella.
“Un ángel caído frente al Ángel Caído”
Un dolor inmenso le sacudió, como algo sobrenatural, como si mil golpes arañasen su espalda, como si toda la ira del Cielo y del Infierno cayese sobre él, como si su pecado y su culpa no fueran a ser perdonados nunca. Como si viese ante sus ojos la imagen más bella y supiera que nunca seria suya. Fulminado por aquel dolor, desde el suelo, pudo contemplar la belleza de aquella mujer por última vez.
No podía morir, no podía vivir. Expulsado del cielo, deambulante por el infierno, la oscuridad que lo envolvía no tenía ningún sentido. ¿Es amor lo que lleva a dejarlo todo hasta los confines del bien y el mal? ¿Es una fantasía? ¿Es la soledad infinita y el clavo ardiendo?
Es todo una metáfora, un viaje, un sentir extraño en la oscuridad de la vida, llena de ruidos que nos desbordan, de trabajos que nos hacen pensar que el tiempo pasa indolentemente, de personas que importan y que dejamos escapar, o que no importan y hacemos que sean fuertes en nuestras vidas.
De pie, desnudo, oscuro.
Una luz al final. Siempre hay una luz que ilumina la esperanza, la siguiente parada, la vida o la muerte. Y tras esa luz, otra puerta...
jueves, 10 de septiembre de 2009
Capitulo 6.
N
Atado a la cama, fustigado, castigado, harto de placer y sin poder dejar de gemir, desnudo, dolorido, absorto en mil y un orgasmos, las muñecas rozadas, las cuerdas tersas y duras, sudoroso y con la mente en blanco. Esa era su imagen.
No tenía claro si aquello había sido un castigo…
La mujer se alejaba, contoneándose aun desnuda sobre los tacones, dejando tras de sí una estela de placer y de calor, un olor a sexo y a sangre, como si de un cuento de Bataille se tratara.
Estaba inmóvil. No podía mover un musculo de su dolorido cuerpo tras aquella batalla campal que aun dudaba si había ganado o perdido, si habría conseguido superar aquella prueba, o si sólo habría sido un castigo por atreverse a tanto. Pequeños espasmos recorrían aun su cuerpo y hacían que se aflojaran las ataduras de sus manos, más y más flojas, como su cuerpo, como su mente.
En la artificiosidad de aquella estancia ya no quedaba más que oscuridad, esa misma que se había tragado a la Virgen de los Infiernos, y que de nuevo, sólo mostraba, ahora entreabierta aquella nueva puerta.
Casi arrastrándose, como usando su último aliento, llegó hasta aquella nueva estancia, puerta, prueba o lugar. Levantándose, apoyado en la puerta comprendió al ver lo que le deparaba que aun quedaba mucho por recorrer, pero que un final estaba cerca, o al menos un punto de parada.
Al otro lado de la puerta, tal como la recordaba, tal como la había guardado en su retina. Allí estaba, sentada en un trono, aguardándolo.
Parecía que su cansancio cesaba, que su cuerpo se recuperaba, que su vida volvía a tener la plenitud que necesitaba, la claridad de ideas que tanto le había hecho destacar, y las ganas y la necesidad de acercarse a ella, a esa mirada pálida que no se le había borrado ni un solo segundo de su cabeza.
Ahora era diferente, parecía distante, fuerte, segura. Nada que ver con aquella imagen frágil empapada bajo la lluvia, con ese recuerdo de debilidad. Pero su hermoso cuerpo pálido, su pelo, su desnudez, seguía siendo la misma. Los ojos se buscaron entre aquella distancia, encontrándose sin miedo, y ella, en un susurro, volvió a repetirle aquella letanía:
“Dejad los que aquí entráis, toda esperanza”
Esta vez era una advertencia. Una línea de seguridad entre los dos. Entre el bien y el mal, entre un ángel y un maldito, entre la búsqueda de la paz y la paz misma… o lo que podría ser la paz.
La hora había llegado, y era el momento de tomar todas las decisiones.
“Con lo mal que se me da elegir…”
Atado a la cama, fustigado, castigado, harto de placer y sin poder dejar de gemir, desnudo, dolorido, absorto en mil y un orgasmos, las muñecas rozadas, las cuerdas tersas y duras, sudoroso y con la mente en blanco. Esa era su imagen.
No tenía claro si aquello había sido un castigo…
La mujer se alejaba, contoneándose aun desnuda sobre los tacones, dejando tras de sí una estela de placer y de calor, un olor a sexo y a sangre, como si de un cuento de Bataille se tratara.
Estaba inmóvil. No podía mover un musculo de su dolorido cuerpo tras aquella batalla campal que aun dudaba si había ganado o perdido, si habría conseguido superar aquella prueba, o si sólo habría sido un castigo por atreverse a tanto. Pequeños espasmos recorrían aun su cuerpo y hacían que se aflojaran las ataduras de sus manos, más y más flojas, como su cuerpo, como su mente.
En la artificiosidad de aquella estancia ya no quedaba más que oscuridad, esa misma que se había tragado a la Virgen de los Infiernos, y que de nuevo, sólo mostraba, ahora entreabierta aquella nueva puerta.
Casi arrastrándose, como usando su último aliento, llegó hasta aquella nueva estancia, puerta, prueba o lugar. Levantándose, apoyado en la puerta comprendió al ver lo que le deparaba que aun quedaba mucho por recorrer, pero que un final estaba cerca, o al menos un punto de parada.
Al otro lado de la puerta, tal como la recordaba, tal como la había guardado en su retina. Allí estaba, sentada en un trono, aguardándolo.
Parecía que su cansancio cesaba, que su cuerpo se recuperaba, que su vida volvía a tener la plenitud que necesitaba, la claridad de ideas que tanto le había hecho destacar, y las ganas y la necesidad de acercarse a ella, a esa mirada pálida que no se le había borrado ni un solo segundo de su cabeza.
Ahora era diferente, parecía distante, fuerte, segura. Nada que ver con aquella imagen frágil empapada bajo la lluvia, con ese recuerdo de debilidad. Pero su hermoso cuerpo pálido, su pelo, su desnudez, seguía siendo la misma. Los ojos se buscaron entre aquella distancia, encontrándose sin miedo, y ella, en un susurro, volvió a repetirle aquella letanía:
“Dejad los que aquí entráis, toda esperanza”
Esta vez era una advertencia. Una línea de seguridad entre los dos. Entre el bien y el mal, entre un ángel y un maldito, entre la búsqueda de la paz y la paz misma… o lo que podría ser la paz.
La hora había llegado, y era el momento de tomar todas las decisiones.
“Con lo mal que se me da elegir…”
viernes, 4 de septiembre de 2009
Capitulo 5.
R
Lo que sostenía aquella mujer era…
“Mal rollo…”
La fusta se movía veloz, susurrando en el aire, amenazadora, con la sabiduría del placentero dolor que causa, y con una sonrisa por acompañante.
La mujer que ahora distinguía no tenía nada que ver con lo que hasta allí había conocido en aquel viaje: de formas increíblemente perfectas, redondas curvas, tersa piel morena y una luminosidad propia que rompía la oscuridad del lugar.
La fusta se movía veloz, administrando la distancia entre ese ser (no podía ser real algo tan aparentemente perfecto) y él. A pesar de esa distancia los ojos azules se distinguían, las facciones claras, marcadas, hermosas, el pelo rubio cayéndole por los hombros. Era la imagen más perfecta de cualquier representación divina: “¡La Virgen…!”
La divinidad, fuese del mundo que fuese, debió haber leído aquel pensamiento, pues su sonrisa se transformo en una carcajada, y una mirada profunda que dijo todo lo contrario: “De Virgen, nada”
La fusta se movía veloz, como indicando en cada momento la dirección a la cual debía dirigirse, la velocidad para moverse y con cuanto cuidado hacerlo. Ella parada sobre sus tacones seguía mostrando aquel cuerpo desnudo, fabricado obviamente sólo para el pecado.
La habitación se había iluminado casi sin darse cuenta. La presencia de aquella mujer había hecho que por un momento olvidara donde se encontraba realmente, dejándolo absorto en un solo pensamiento. Ahora en lo que le había parecido una estancia totalmente vacía se encontraba una cama, y ya podía distinguir al fondo, tenue pero visible, lo que parecía la única puerta de salida.
La fusta se movió veloz, tanto que casi pudo sentirla en su cara, pero lo que hizo fue rozar su camisa, fugaz, dura, precisa, lo justo para romper los primeros botones que la abrochaban. El segundo golpe terminó el trabajo.
Los pasos intimidatorios hicieron que su respiración se acelerara, y que su pulso se acelerara. Estaba tan cerca que podía notar el calor que emanaba de aquella mujer de aquel cuerpo, de aquel pecado en estado puro, que extendió sus manos para sacarle lo que quedaba de la camisa.
La fusta se movía lentamente, acariciándole y llevándolo hasta aquella cama, donde parecía que pasaría lo inevitable, o lo que todos se imaginan que podría pasar, o muchos desearían que pasara, o quien sabe quien no querría que ocurriese…
La fusta se movía…
Lo que sostenía aquella mujer era…
“Mal rollo…”
La fusta se movía veloz, susurrando en el aire, amenazadora, con la sabiduría del placentero dolor que causa, y con una sonrisa por acompañante.
La mujer que ahora distinguía no tenía nada que ver con lo que hasta allí había conocido en aquel viaje: de formas increíblemente perfectas, redondas curvas, tersa piel morena y una luminosidad propia que rompía la oscuridad del lugar.
La fusta se movía veloz, administrando la distancia entre ese ser (no podía ser real algo tan aparentemente perfecto) y él. A pesar de esa distancia los ojos azules se distinguían, las facciones claras, marcadas, hermosas, el pelo rubio cayéndole por los hombros. Era la imagen más perfecta de cualquier representación divina: “¡La Virgen…!”
La divinidad, fuese del mundo que fuese, debió haber leído aquel pensamiento, pues su sonrisa se transformo en una carcajada, y una mirada profunda que dijo todo lo contrario: “De Virgen, nada”
La fusta se movía veloz, como indicando en cada momento la dirección a la cual debía dirigirse, la velocidad para moverse y con cuanto cuidado hacerlo. Ella parada sobre sus tacones seguía mostrando aquel cuerpo desnudo, fabricado obviamente sólo para el pecado.
La habitación se había iluminado casi sin darse cuenta. La presencia de aquella mujer había hecho que por un momento olvidara donde se encontraba realmente, dejándolo absorto en un solo pensamiento. Ahora en lo que le había parecido una estancia totalmente vacía se encontraba una cama, y ya podía distinguir al fondo, tenue pero visible, lo que parecía la única puerta de salida.
La fusta se movió veloz, tanto que casi pudo sentirla en su cara, pero lo que hizo fue rozar su camisa, fugaz, dura, precisa, lo justo para romper los primeros botones que la abrochaban. El segundo golpe terminó el trabajo.
Los pasos intimidatorios hicieron que su respiración se acelerara, y que su pulso se acelerara. Estaba tan cerca que podía notar el calor que emanaba de aquella mujer de aquel cuerpo, de aquel pecado en estado puro, que extendió sus manos para sacarle lo que quedaba de la camisa.
La fusta se movía lentamente, acariciándole y llevándolo hasta aquella cama, donde parecía que pasaría lo inevitable, o lo que todos se imaginan que podría pasar, o muchos desearían que pasara, o quien sabe quien no querría que ocurriese…
La fusta se movía…
miércoles, 2 de septiembre de 2009
4.
Parece que pasamos del todo a la nada, del calor al frio, del verano a “no se sabe que” cuando pasamos la frontera de Agosto y entramos en Septiembre. Lo dice la tele: en cuanto “El Corte Inglés” decide que empiezan las ofertas de los “Corticoles”, las publicidades de coleccionables en fascículos, o las nuevas series de la temporada en televisión, se termina el verano, así, de un plumazo. Está todo el pescado vendido, vamos cuesta abajo a la fiesta de Todos los Santos, y de ahí, en un “plís”, Navidades, y de que te das cuenta estás de Carnaval, y una vez saltada la Semana Santa (si yo mandara o mandase, prohibida) el tercer trimestre escolar pasa en un “santiamén” y nos plantamos en verano, que se pasa volando, y de nuevo, again, Septiembre… (Llaman a la puerta)
Perdí el hilo… Llevo todo el verano de obras en el cuarto, y por si no fueran suficientemente molestas, todos los operarios de las obra, llaman a mi piso… ¿Qué hablaba? Tontás seguro…ah, sí, del verano…
Ha sido un verano bueno. Extraño, curioso, cansado, pobre, bueno en definitiva. No podía ser de otra forma, a vueltas con el año de la crisis de los 30, si hubiese sido de otra manera, qué decepción… Al final me lo he pasado viajando, y mira que no me gusta nada, pero antes la obligación que la devoción. Aunque esta vez, casi han caminado de la mano y… (Suena el móvil…)
Así no hay quien se aclare, con lo difuso que yo soy… He quedado para dentro de un rato, odio las reuniones de trabajo en las que sabes que no hay ningún trabajo que hacer… ora et labora…
Bien, bueno, vale… el verano… los amigos, los reencuentros, hacer el indio, retomar aquellos años cuando teníamos menos años, cantar “Billy Jean” a capela, beber ginebra en cantidades industriales,(descubrir que aquello es malo para las transaminasas), pensar que nos hacemos mayores, que no hay nada como salir en zonas con mucho ambiente, descubrir que somos un grupo de amigos que crece, que se quiere, que anda y ríe, y que seguramente por muchos años que pasen, no se dejará de sentir cerca. (Pita un “sms”, leamos…)
¿Por qué no trabajaré en un banco, que es lo quería mi madre? Se adelanta la reunión, ¡maldición! Toca ducharse, viene gente importante. El final del verano… ¿en eso estaba, no?
En los veranos también se reencuentra uno con viejas amistades, es lo que tiene que todos vacacionen en agosto, que unos van, otros vienen, de otros nos alejamos y así esperamos que vuelva septiembre para acercarnos. Hay cosas que nunca cambian, por eso resistimos. (¿Qué música pongo para la ducha? Mmm “I´m yours” obviamente)
Odio el verano, y salir de la bañera sudando, seguro que es por culpa de la bilirrubina. Odio los médicos. Me tengo que marchar. Que dura es la vida del artista. Antes tengo que dejar esto terminado, que ya es el colmo, me han pedido que lo dedique…
…for Charles, The Lord of the Glees…
Perdí el hilo… Llevo todo el verano de obras en el cuarto, y por si no fueran suficientemente molestas, todos los operarios de las obra, llaman a mi piso… ¿Qué hablaba? Tontás seguro…ah, sí, del verano…
Ha sido un verano bueno. Extraño, curioso, cansado, pobre, bueno en definitiva. No podía ser de otra forma, a vueltas con el año de la crisis de los 30, si hubiese sido de otra manera, qué decepción… Al final me lo he pasado viajando, y mira que no me gusta nada, pero antes la obligación que la devoción. Aunque esta vez, casi han caminado de la mano y… (Suena el móvil…)
Así no hay quien se aclare, con lo difuso que yo soy… He quedado para dentro de un rato, odio las reuniones de trabajo en las que sabes que no hay ningún trabajo que hacer… ora et labora…
Bien, bueno, vale… el verano… los amigos, los reencuentros, hacer el indio, retomar aquellos años cuando teníamos menos años, cantar “Billy Jean” a capela, beber ginebra en cantidades industriales,(descubrir que aquello es malo para las transaminasas), pensar que nos hacemos mayores, que no hay nada como salir en zonas con mucho ambiente, descubrir que somos un grupo de amigos que crece, que se quiere, que anda y ríe, y que seguramente por muchos años que pasen, no se dejará de sentir cerca. (Pita un “sms”, leamos…)
¿Por qué no trabajaré en un banco, que es lo quería mi madre? Se adelanta la reunión, ¡maldición! Toca ducharse, viene gente importante. El final del verano… ¿en eso estaba, no?
En los veranos también se reencuentra uno con viejas amistades, es lo que tiene que todos vacacionen en agosto, que unos van, otros vienen, de otros nos alejamos y así esperamos que vuelva septiembre para acercarnos. Hay cosas que nunca cambian, por eso resistimos. (¿Qué música pongo para la ducha? Mmm “I´m yours” obviamente)
Odio el verano, y salir de la bañera sudando, seguro que es por culpa de la bilirrubina. Odio los médicos. Me tengo que marchar. Que dura es la vida del artista. Antes tengo que dejar esto terminado, que ya es el colmo, me han pedido que lo dedique…
…for Charles, The Lord of the Glees…
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