Las noches de verano son más extrañas que las de invierno. El calor nos invade en busca de un soplo de aire fresco, pero no conseguimos más que abrirles un hueco a los mosquitos. Ventanas de par en par, las vecinas sentadas en la puerta de la calle “al fresco” sin parar de cacarear su charleta a grito pelado, los insectos que se cuelan, y la música de un chiringuito lejano con la machacona canción del verano de cada dichoso verano. En invierno nos pertrechamos bajo capas de sábanas, mantas y súper edredón, pijamas, y cerramientos de ventanas a prueba de bombas. Menos posibilidades de elementos extraños y externos. Si a todo esto le sumamos el insomnio, la falta de sueño, la dificultad de conciliar el descanso, y una cabeza funcionando con infinidad de tonterías, lo que nos queda es una divertida noche de verano. Ya me imagino yo a Shakespeare dando vueltas en la cama y levantándose a escribir “Sin sueño en otra jodida noche de verano” Luego por cosas de marketing le cambió el título (creo) En fin, si al menos yo escribiera lo mismo, alguna cosa ganaríamos. El caso es que aquí estoy. Sentado en la cama, dándole vueltas a un verano que parece que ha pasado volando, y meditando si no estaría mejor roncando a pierna suelta en vez de pensando estas tontás. Mi cama es muy incómoda. Creo que es la misma cama de hace muchos años. Los pies se me salen por debajo, intento acurrucarme pero el calor me hace estirarme, vuelta a empezar. En teoría, y para la buena verdad, yo no sufro de insomnio. Eso es carencia de sueño y no dormir en plan brutal. Simplemente yo no duermo bien. Pensaba que en las vacaciones cambiando los biorritmos, las rutinas, y esas cosas que se supone que pasan en el pueblo y en los tiempos de ocio, alejados de ruidosas urbes, contaminación y estrés, abandonaría esa mala cosa de no dormir. Enciendo la tele. Vaya, la mujer esa de los horóscopos me coloca en una destacada última posición. Apago la tele y las estrellas, que hasta ellas se me ponen en contra esta noche. Salgo al balcón y observo silencioso como las vecinas comienzan a recogerse en sus casas, los insectos me huyen, y la música del chiringuito varia a las canciones populares de los años 60, versión disco bailable, que al menos no me disgusta. Sopla un poco de aire aquí. Miro al cielo, y veo las estrellas, cercanas, a un estirón del brazo. Identifico las pocas constelaciones que me sé y recuerdo algunas de las leyendas mitológicas de sus componentes…Castor y Pólux… las Osas… poco más… El reloj me dice que son las 3:40 de la mañana, y sereno. Nota mental: eliminar el café. Parece que la calle se tranquiliza y quiere ayudarme, las farolas se apagan. Titilan (que bonita palabra) y mueren. En breves volverán, pero eso me da unos minutos de oscuridad, para ver aun más cerca esas estrellas irrepetibles que tiene el cielo de esta tierra, y para darme un momento más de paz. Saco al balcón el tabaco, y con toda la paciencia del mundo consigo liar el cigarro, a oscuras, con el reflejo lejano de las otras calles que sí están iluminadas. Si me cuesta un mundo liarlo con luz, así es toda una experiencia. Me sonrío… todo se pega… y adquiero vicios que no son míos sólo para no olvidar, para parecer que aun compartimos cigarros. “Si yo no fumo”, me repito entre insulsas caladas. Pienso, medito, o al menos pongo la cara aunque nadie me la vea (la cara) Siento un poco de frio. Noches de verano. Noches de amor efímero. Lanzo el resto del cigarro compitiendo conmigo mismo a ver qué tan lejos puedo lanzar. Un reloj suena a lo lejos, desde otra ventana abierta en busca de un poco de aire. Las farolas amagan con volver a iluminar, quizá sea la señal. Una última mirada a la oscuridad en busca de un momento, de una azotea, de un recuerdo o pensamiento con el cual dormir. Vuelta a la cama. Mi cama es muy incómoda, pequeña y dura. Me soporta. Noto los pies colgando. Busco compañía, pero casi me caigo, la cama no admite más tonterías por hoy. Mañana será otro día, y después vendrá otra noche…
viernes, 20 de agosto de 2010
Vacaciones santillana 3
jueves, 19 de agosto de 2010
Vacaciones santillana 2
Si la culpa es mía. Si lo sabía yo ya; desde que le vi la cara al mar. Que no nos llevamos bien. Lo sé yo y lo sabe él. Pues nada: toalla, bañador, cartas, nevera (bocadillos, agua, coca cola, zumos, frutas, napolitanas) sombrilla, raquetas, frisbi, mochila playera (llaves, documentación, teléfono, un libro, dos revistas, una libreta, el autodefinido, el tabaco, dos mecheros y un bolígrafo) esterilla, crema protectora factor 15, 25, 50 y “aftersun”
Allí estaba mirando al mar, retándolo a una batalla sin fin, de la cual solo saldría victorioso uno de los dos. La arena se extendía más de lo que imaginaba. “La marea” dijeron algunas voces entendidas. Así que nos pusimos a caminar. Por alguna extraña razón todo el mundo podía caminar por la arena descalzo menos yo. Todos departían agradablemente sobre sus cosas mientras la batalla se comenzaba a librar, y la arena calentaba más por donde yo pisaba (o algo) haciendo que no pudiera quitarme las chanclas, y luchando para no perderlas en las profundidades de esas pérfidas arenas ardientes. Parecía además que mis compañeros de excursión se compinchaban cruelmente contra mí, porque ninguno de los lugares que a mí me parecían adecuados para establecer el campamento era bien recibido: “aquí” decía yo “no, allí” decían ellos, inmunes a mis penas y pesares. Finalmente establecimos el campamento base lo más cercano al mar que se pudo, teniendo en cuenta que ya era bien entrada la mañana y que los espacios escaseaban. Nos asentamos entre una familia de autóctonos locales, que parecían una tribu del áfrica negra: por ruidosos, por numerosos y por el color: Vergüenza me daba quitarme la camiseta cerca de ellos ¿Cuánto tiempo hay que estar al sol para pillar ese tono? Mi blanco nuclear fosforescente destacaba de sobremanera. Cerca de nosotros, como contra punto, un grupo de orondos “guiris” con un color difuso entre el blanco nórdico y el rojo chamuscado, se untaba de aceite de girasol para continuar con su ritual “vuelta y vuelta”.
Fuera gafas de sol, fuera camiseta, fuera gorra, fuera chanclas. Era el momento. Una vez asentados, estiradas las toallas, plantada y fijada la sombrilla, llegaba la hora de la verdad. Algunos (locos) salieron corriendo a zambullirse sin más, agitando los brazos y voceando improperios. Las olas rompían fuerte, estábamos preparándonos para el encuentro.
Una ola mansa llegó a mis pies. Frio… poco a poco fui adentrándome en el agua… maldición… que friaaaaaaaa… Mis ideas se congelaban, mis brazos y manos se agarrotaban pegados al cuerpo… “Que buena está” gritaban unos y otros (yo por más que miraba no vi ninguna chica digna de tanta alabanza. Luego pensé que se referían al agua, cosa improbable, pensé también) El agua me llegaba a la cintura, aun con las manos arriba. Notaba como algo o algas rozaban mis piernas “no huyas, aun no, resiste”. Mis compañeros se perdían mucho más allá. El viento arreciaba, las olas crecían. Es imposible resistir. Me di la vuelta para salvar mi vida, tuve que detenerme, dos niños (italianos) pasaban con sus flotadores (parece que los italianos desde niños no le temen a la muerte) y ese momento de pausa, ya en retirada fue el que usó el traidor mar para hacer que una ola me arrastrara, dejándome casi moribundo. Ya creía que estaba todo perdido, cuando una señora de edad indefinida, catalana por el acento (quizá de Esplugues del Llobregat) me animaba a seguir en el agua, mientras ella seguía impasible allí dentro. Quise resistir. Pero pensaba que era mejor salir a retomar fuerzas y volver a intentarlo más tarde, con un plan más elaborado. Entonces pasó… una mujer (una buena cristiana seguro) sacaba mis cosas del agua: la marea había subido a traición arrastrando nuestros enseres, mojando mi toalla, empapando mi mochila, e inutilizando mi móvil, seguramente para cortar mis comunicaciones y evitar que pida refuerzos… traidor mar… algún día… algún día podré vengarme… Pero antes… tengo que saber donde quitarme los restos de arena, y por qué razón sólo es a mí al que se le quedan los pies llenos… puedo perder esta batalla… pero… volveré…
sábado, 7 de agosto de 2010
Vacaciones santillana 1
Siempre que paso más de dos días en casa de mis padres me voy con sensaciones variadas, variopintas y extrañas. Y con kilos de más. Mi madre se piensa que en Madrid no como o algo así, y a sus ya monumentales guisos para 12 que se tienen que comer 4 añade un par de raciones más “por si acaso” Este verano he decidió irme sólo con las sensaciones y procurar dejar lo de los kilos en estas tierras. He tomado dos decisiones dos al respecto: la primera no mantenerme inactivo, tomarme de mano el tiempo libre y hacer rutinas que me hagan quemar los lípidos. Es cierto que la caña del mediodia, el café y la copa de pacharán con la partida de mus diaria no me ayudan en cierta parte del propósito; bueno, poco a poco. Existe en esta santa casa una habitación destinada al culto al cuerpo, con dos o tres cacharros de esos de la teletienda, una cosa extraña que hace que te cuelgues como un murciélago, una tabla de hacer abdominales de las de toda la vida, y mi penitencia: una cinta para correr. Todos los días a eso de las 19.00 (hora zulú, of course) la miro achinando los ojos, sospechando y sopesando cual será su estratagema para hacerme sufrir. Cuánto echo de menos mi parque. La enchufo, la enciendo, la programo, me subo. Me duele todo el cuerpo. El primer día casi muero. El segundo lo pillé con más ánimo. El tercero ya empatamos. Ahora la tengo donde quería… Siempre corro la misma distancia: 3km. Reto a mi cuerpo y a la cacharra para poder hacerlo en el menor tiempo posible. Primer día 20 minutos, con todas mis fuerzas, con la lengua fuera, sujetándome a las barras anti-torpes, y jurando con Dios por testigo que nunca más volveré a correr. Vi la luz blanca, la bandera arcoíris, el burladero y todos los santos habidos y por haber en cielo y en infierno. Siempre pienso lo mismo, en lo malo que es el deporte para la salud, mental y física. Aun así quedamos citados para el siguiente atardecer, la siguiente puesta de sol no te dejaré escapar… Cada vez que me bajo de la cinta me subo a la báscula: maldición, rayos, truenos y centellas. No he bajado ni un kilo. Tampoco los he subido. No me parece buen negocio este… Seguiremos informando. La otra cosa que he decidido hacer en contra de la curva de la felicidad es cocinar yo. Supone un poco de esfuerzo más, miradas raras del resto de la familia, y ponerle a mi madre la cocina patas arriba. Pero al menos he cambiado el menú, las cantidades, la dieta, y el equilibrio. Ojo, atención, una cosa quiero que conste: mi señora madre cocina estupendamente y es la causante de lo hermoso y rollizo y sano que me encuentro… sólo que su amor de madre añade cantidades a la sopa. Recetitas de verano, de las que hablaré en otro momento. Es lo que tiene ver aquí el canal cocina ese de los cocineros al que estoy enganchado. Demasiados ratos muertos. Rutinas de verano. La cinta me espera…
viernes, 6 de agosto de 2010
10.
Mayo queda en la retina, junio acudió como respiro y el verano se plantó para no dejarme respirar. Desempolvar teclado, ideas, cartas, el Word, leyendas, y buscar en algún lugar cual era la contraseña del ordenador. Es más, del dichoso ordenador. Agosto me empieza a asfixiar, y no hemos mediado el mes aún. Cambio de rutinas, cambio de lugares, cambio de vida. La lucha entre las vacaciones, la falta de trabajo, la vida futura y olvidar el pasado. El verano llegó anunciado a gritos y me pilló fuera de juego. Hay que ver como se ponen las cabezas. A doscientos kilómetros de mi hábitat natural, a miles de kilómetros de mi aire, a cientos de kilómetros de las risas y las historias, a unos metros de mi casa, al lado de mis hermanos. Tan cerca y tan lejos. Cada día me pregunto cuantas ideas deben morir en mi cabeza para salvar alguna reflexión que me ayude a seguir adelante sin estancarme. Reviso estos meses de silencio y los encuentro llenos de gritos, unos de auxilio, otros de júbilo, de pasión muchos y de silencios otros. Nunca nos conformamos, hay que joderse. Por fin decides ponerte a ello. Ponerme a esto. Sólo se trata de aclarar las ideas para que los dedos funcionen y saquemos de la indiferencia unas líneas que quedaron pendientes. Muchos meses, muchas cosas. Decisiones, rutinas, sudores, ánimos, nuevas almas y viejos cuerpos. Me encanta. El verano nos desnuda un poco más de todo, el calor es lo que tiene. Cuerpo y mente se quieren librar de pesadeces y buscan como el respirar la ligereza de lo que nos rodea. Ahora ando fuera de mí, esperando reencontrarme y aprovechar esta tierra llana para no tener que escalar cimas ni cumbres, y quedarme en lo más sencillo. Buscar familia, amigos, relaciones e ideas que hagan que mí pesado cuerpo (estoy poniéndole remedio) salga de su letargo y se anime a dilucidar que es mucho mejor un folio escrito que uno en blanco. O como no decir nada después de decir mucho. Que para eso estamos. Hay que caminar, que seguir andando, no parar. Es la única forma de demostrar el movimiento. Quizá toque destapar el bote de las cosas tontas desechadas para darse cuenta que ahora no son tan tontas. Revisar el pasado y ver las razones y motivos. Quizá, o sin quizá toque respirar este Agosto y cual filtro de aire, darnos oxígeno, limpiar y purificar. Sudar todo lo que nos quedó del invierno y preparar el otoño con la piel morena, suave y tersa, de sol, de arena, de amigos y de caricias. Es posible que sea el momento. Es posible.
martes, 25 de mayo de 2010
4.¿Fin?
Parecía más bien una pregunta retórica. Cuando volvió a su asiento metió la mano en el bolso para enseñar el botecito de colonia. Nos sonreímos un instante. Fue al devolver el frasco al bolso cuando cayó de él otro libro: “Carreteras Secundarias”
Uf... Martínez de Pisón. Año 96 Curso de Orientación Universitaria, lengua. Los chicos del COU. En uno de los trabajos que se presentaron sobre el libro, recuerdo este comentario: “decía Plinio”el breve” en
Pensaba que ahora la vida de escritor, trabajo de camarero incluido, me daría más imaginación, más poder sobre los elementos. Pero sólo era un pequeño erudito de la novela barata, un friky de la literatura alemana del siglo XIX, y un pensador de barra, sin más. Un par de cuentos premiados, dos artículos publicados en revistuchas del gremio, y cientos de relatos, archivos y tonterías no daban para hacer mi vida más imaginativa, o sí, mirando lo que tenía delante…
Se agachó para recogerlo, y de nuevo como leyéndome el pensamiento, me miró desde su sitio, dudó un instante y recolocó su escote, con ese gesto tan característico, que me parecía tan femenino, de mover un tirante, pícaro, casi insolente de quien se sabe observado, o en este caso, admirada...
No tenía muy claro si que llevara ese libro me producía curiosidad, o un poco de “repelús”
Me sonrió y me enseñó el libro, subrayado y marcado en un montón de sus párrafos. Quizá tanta anotación, era por temas profesionales, o de algún interés mayor que la propia y simple lectura, lo cual me hacía respirar, como si fuera una amiga del alma equivocada…
No daba tiempo a más, ni al último comentario, ni a pensar en ese posible encuentro pasional de mis fantasías, el tren empezaba a detenerse en mi estación. El equipaje era liviano, apenas una bolsa de viaje y una mochila para los libros y cuadernos. El eterno mito de los estudiantes, si vas con los apuntes a cuestas algo se pegará al coco.
“Hasta luego”
“Adiós”
Había que bajarse, salir de ahí y retomar las vidas.
No paso nada más.
Claro que… ¿Qué quería que pasara?
lunes, 24 de mayo de 2010
3.El aire huele a ti
“¿Cómo dices?”
“¿Qué?”
“Deseo, dijiste deseo...”
“Nada, nada. Pensaba en voz alta”
Un túnel hizo de ángel y me salvo de aquella situación tan extraña: “Extraños en un tren”…
El sueño me vencía, pero esta vez quería resistir. Es la sensación en la cual tememos dormir y despertar solos, como cada mañana. Entonces llegó.
Un aroma. Un olor, una sensación en el aire que me hizo levantar de nuevo la vista hacia ella. Como en una pequeña corriente de aire, un olor dulzón... Había oído que uno de los síntomas del amor era la capacidad para reconocer olores y aromas. Siempre me ha gustado mucho identificarlos en las personas con las que he estado, como una seña de identidad, como la prueba de que realmente eran esa gente. Eran realmente ellas...
Patrick Süskind es autor de un libro llamado “El perfume” dicen que es muy bueno, pero a mi no me gustó. Tal vez deba releerlo. Cuenta la historia de un asesino obsesionado con un olor, un aroma, algo muy especial. Es la vida de un genio de
Así, recordándolo tal cronista de cualquier editorial sonaba hasta interesante.
Pues sí. El ultimo aroma que se despertaba cerca de mi era el del tabaco, y ahora volvía a pensar en aquel olor... Recuerdo que cuando tenía dieciséis, diecisiete años, (y durante algunos más) acompañaba a mi novia a su casa, nos despedíamos y regresaba manos en los bolsillos pensando en ella, recordando ese aroma tan suyo. Después llegaron otras, unas sin embargo no tenían un aroma propio, aunque si recordaba alguno de los que me hacían recordarlas... como algo indefinido. Creo que era desorden a lo que me recordaba, aroma de sus vidas, y un poco la mía entonces... a juventud, a tabaco, a frutas, a perfumes, a piel…
Cuanto lo echaba de menos...
Se levantó y se llegó a la ventana para cerrarla del todo.
“¿Te importa si la cierro? Tengo un poco de frío”
Ni fui capaz de contestar. Asentí con gesto de indiferencia, o conformidad, o razón o lo que fuese. Ahora, un poquito más cerca era capaz de reconocer algo más, y me sonreí por la niñería.
“Es Azul ¿verdad?”
“¿Qué?”
“No, nada. La colonia, se llama Azul, ¿verdad?”
“¿Eh? ¡Ah, si! Bueno, siempre llevo algún bote en el bolso, y… ¿vaya olfato, no?”
jueves, 13 de mayo de 2010
2.Los libros de nuestra vida.
Todo volvía de nuevo. Al final me quedé dormido, y de un salto me incorporé al notar, la puerta que se abría, la nueva presencia y aquellas lámparas que nos iluminaban de una manera tan “pop”
“Lo siento, buscaba uno vació y...”
“No importa.”
“Siento si te he despertado”
“No, no, si no estaba dormido”
(Tópico típico)
Dejó su mochila sobre la estantería y ocupó el asiento más alejado de la ventana. No perdí detalle de ninguno de sus movimientos. Supongo que ella se percataría, pero tampoco importaba mucho, son de esas situaciones lícitas para “voyeurs”
Creo que quizá fuera eso lo que hacia que sus movimientos fueran pausados, provocativos y calculados, para que no dudase de cada mirada.
Llevaba una camiseta blanca de tirantes, de aquellas rellenas de generoso escote, y unos vaqueros parcheados muy “fashion”, bueno, ahora se diría “glam” y el pelo recogido en una coleta. Un bolso enorme, de tela, negro con dibujos de estrellas. Nunca metas la mano en el bolso de una mujer. Parecía seria, con una expresión interesante, que seguramente la hacia mayor. No he sido nunca muy hábil a la hora de definir edades, pero ella no debía tener más de veinte, o quizá ser eterna.
Cuando por fin decidió reposar sacó un libro y se perdió para siempre...
Mientras buscaba el marca-páginas cerraba los ojos y movía lentamente el cuello, a un lado y a otro, como un pequeño ritual que sus manos, pequeñas, acompañaban al acariciar las hojas deseadas, amarillas, de una edición de bolsillo de “Chocolate”
Allí estaba como observador impasible, descifrando cada expresión de sus ojos, cifrándola en sensaciones, descubriendo que le atraía del libro, con tanta fuerza que casi deseaba ser cada línea que hacía pasear sus dedos, viendo como cambiaba a cada sensación.
¿Cómo se llamaba la autora?
Era una mujer, de eso estaba seguro. Hacia tiempo que lo había leído, por la curiosidad, en aquel momento se estaba estrenando en cine su versión y era aquello de poder comparar.
Joanne Harris.
No lo recordé, un cambio, para poder reclinar la cabeza sobre la pared hizo moverse el pequeño volumen y dejarme ver la cubierta. Me sonreí, como si ella hubiese sabido lo que quería y me hubiese enseñado lo que buscaba. Lo que quería...
Uno de los pasajes del libro cuenta como la protagonista se enamora de un desconocido; y el libro, en general tiene el “desconocimiento” como tema profundo. Esa era (y de momento es) una de mis pequeñas fantasías, conocer a alguien, nueva mujer, alguien que haya sido el azar el que hiciese que nos encontrásemos, enamorarme perdidamente de ese ser extraño, de esa mujer desconocida, que lo son todas las que se cruzan en nuestros caminos, sentir el impulso de acercarte a ella, y decirle sin mediar mas, que debería besarla para comprobar que son sus labios los únicos que deseo, que quiero, como ese antojo de chocolate que narra el libro y nadie puede reprimir, ese deseo casi pecaminoso, si, casi deseo.
“deseo...”