Nunca me he tirado en paracaídas,
o desde un viaducto para eso que llaman “puenting”, ni he intentado suicidarme
arrojándome desde la azotea de algún edificio (realmente no he pretendido
suicidarme de ninguna manera) Pero esas situaciones se me vienen a la mente de
una manera sencilla en un gesto tan simple, o en un momento tan cotidiano como
éste. Ahí estoy, parado, desnudo, al borde de una piscina, sin decidirme. Hace
calor. Mucho calor. La casa duerme, y yo llego de una tranquila velada de
amigos, de miradas, de sonrisas, y de rencuentros. Pero hace calor. La noche
está muy tranquila. Las estrellas que tienden a alejarse cuando me encuentro en
la capital, aquí se acercan para alumbrar de esa forma tan especial que tienen
en las llanuras. La Luna no está. Quizá pudorosa ha decidido dejarme mi momento
de onanismo vital sin compañía. La ropa sale rápida, amontonada por el camino,
para dejarme llegar sin otra cubierta que esos calores que nos acompañan de día
y que por la noche salen a nuestra piel, como si ahora esa latencia fuera
protectora. Me acompaño de pocos pensamientos hasta el borde. Respiro profundo
y miro al cielo, a las ventas oscuras que rodean aquella casa, aquel patio, tan
silenciosas como éste. Imagino observadores. Pienso en miradas obscenas. Me
río. Mi cuerpo no llega a dar tantas motivaciones, pienso que es el morbo de
ver a alguien desnudo, sin más. Vuelvo a respirar con profundidad. Miro al
suelo, a los pies, a mis dedos de pie griego, al suelo frio del bordillo de la
piscina, y alargando un poco más, al agua oscura y misteriosa que me espera. Me
da frio. Siento la gota de sudor caer por mi sien al tiempo que un escalofrío
me recorre la espalda. Es entonces cuando pienso en la pereza de meterme en el
agua, seguramente no tan helada como la imagino, pero que me asusta. Meto un
pie. Soplo. Fresca agua. Miro más allá de la orilla de mi propio cuerpo. Lo
pienso una vez más. Un poco de arrepentimiento. Es en ese momento cuando recuerdo
las situaciones en las cuales podría estar con semejantes ideas. Ideas de “no
retorno” Lanzarse al vacío. No pensar en nada y dejarse llevar por un impulso
sin saber a ciencia cierta cuales serán las consecuencias de ese salto. Decisión. Es lo que falta. Cierro los ojos.
Escucho los sonidos de la noche, de esa noche: grillos, coches lejanos, un
sonido latente de motor escondido que limpia el agua, un latido a mas de una
vida de distancia, incluso me parece escuchar en la lejanía un ronquido de alguien
que duerme con las ventanas abiertas. Mi cabeza no hace ruido. Se concentra en
la Decisión. A veces me veo asustado ante pasos decisivos, ante situaciones de
arrojo, de valentía. De esas que no tienen vuelta. Respiro y muevo el cuello a
un lado y a otro. Estiro todo el cuerpo, cruje. Ya no tengo tanto calor. Noto
como el sudor se quedo en otro cuerpo o en otro momento, perro aquí, ahora, mi
temperatura es suave. Nueva Profunda Respiración. Pienso en el horizonte de un
valle profundo, en la altura de un avión, en la sensación del suicida. Dicen
que aquellos que se suicidan arrojándose
llegan muertos al suelo porque la impresión de la caída hace que el corazón no
pueda más. Pensamientos. Vuelvo a respirar, a colocar el cuerpo. Salto. Arriba
y adelante. Noto como el frio recorre mi cuerpo al tiempo que se sumerge. Una
milésima de segundo literaria para un pensamiento de horas. Noto como mi cuerpo
flota y sube arrastrado por las leyes de los cuerpos sumergidos sin pensar en
nada, sin dejar que ninguna idea se escape ni entre. Mis ojos cerrados se
relajan ante la presión del agua que inunda. Una explosión contenida de asfixia
para sacar la cabeza del agua. Mi cuerpo se estremece de frio, pero
placenteramente. Noto como el calor escapa de la piel, como se estabiliza mi
cuerpo flotando, dejándome a la deriva. Braceo un poco para alcanzar el borde
opuesto. Salgo del agua y retomo la posición inicial, notando como las gotas de
agua caen por mi espalda, nacen en mi pelo y chorrean por mi nariz. Ahora el
cuerpo ya no tiene calor, ni prisa, ni pensamientos…
martes, 17 de julio de 2012
viernes, 22 de junio de 2012
26.
Una vez, hace muchos años, cuando
estaba de pensamiento universitario, se me ocurrió la brillante idea de tener
una maleta preparada en el altillo del armario. Un poco de ropa de entretiempo,
una bolsa de aseo, y lo mínimo imprescindible para salir de marcha. Poder
levantarme un día y dejarlo todo para salir lo más rápido posible. Fue, como lo
fueron muchas de aquella época, una idea feliz que nunca pasó a realidad. Con
el discurrir de los años acumulé tal cantidad de despropósitos físicos, que ya
no me bastaba una maleta. Un camión para
poder llevarse la vida. Un tiempo que avanza, y ahora a la vista de todo ese
mar de cansancio que hace la acumulación, la tristeza de aquella idea feliz se
asoma como un recuerdo romántico. El tiempo, inexorable, avanza y nos vuelve a
colocar, como una moda en “revival” en aquellas felices ideas. Quizá ahora,
para moverme, sólo sea necesario pensarlo y dejar las maletas en los altillos,
llenarse los bolsillos de arena para no volarse y salir corriendo. Acumulo
mucho peso, mucha vida reflejada en trastos y recuerdos, y trapos y vasos y
ropa, y ver que por muchos zapatos que se agolpen en el fondo de mi armario
sólo tengo dos pies. Los papeles, los libros, los lápices de colores que
dibujaban espacios estancados que se quedan en los cajones que se mueven y se
desplazan de un lugar a otro se rompen y despuntan pensando en otros trazos,
parece que no quieren dejarme escapar. A
veces me asaltan todas las dudas de la necesidad de espacios, de vidas
unificadas, de recodos llenos. A veces piso el césped mojado que rodea mi casa
para contactar con un mundo imposible, uno que cada vez se aleja, o al menos
eso parece a ratos, de la vida que construimos alrededor de aquella maleta con
objetos imprescindibles. Parece como si a lo largo de los años fuéramos
colocando obstáculos, cercando aquel altillo de aquel armario que sostenía
aquella idea. Cercos de vida, fosos de comodidad, trampas de rutina, que nos
alejan de las esencias. También es
cierto que la vida avanza, y que llegan tiempos que nos fortalecen, nos hacen
poderosos de ánimo y energía para saltar tanta miseria y vida pre-fabricada y
recuperar aquel viejo sueño. Cierto que cuando estamos ahí, sudorosos por el
esfuerzo realizado para traspasar aquel campo minado que construimos sin darnos
cuenta, a veces ya con la esperanza en la mano, nos preguntamos “¿y ahora que?”
“¿Y ahora donde?” Tanto para nada. Volvemos a dejarnos arrastrar por esa
corriente fatigosa, a dejar en su sitio, impoluta, esa otra vida, lanzados a
seguir construyendo murallas vitales que nos reconfortan. Puntos de inflexión en el camino. Más y más
puntos de giro, más y más caminos. Recuerdo también estando en la universidad
escaparme de aquella Ciudad Imperial para viajar furtivamente, sin decírselo a
nadie, sin más impulso que la necesidad de escoger otro camino que no era el
que estaba marcado, aunque fuera apenas por unas horas, aunque fuera apenas por
un momento. Sin maleta, sin ropa, sin vida; simplemente con el deseo. A veces
me vuelve a asaltar como un sueño adolescente ese impulso, de aparecer en otra
ciudad, en otro sueño, en otro mar, en otra vida, con otra vida, con otra piel.
Sigo guardando una maleta, vacía esta vez, pero no en lo alto de un armario,
sino en los pies de la cama, que me recuerde lo fácil que es salir y lo difícil
que es volver, lo indeciso que es llenarla y lo duro que es vaciarla. A veces,
mis maletas viajan mas que yo…
miércoles, 6 de junio de 2012
Las gafas de Roy Orbison
Rebuscaba
entre cada estantería de aquel luminoso local.
Dicen
que todo, bueno o malo, en exceso o en defecto, es a la larga perjudicial. A
veces uno no se da cuenta de esas pequeñas líneas que separan lo bueno de lo
peligroso. Incluso aunque eso tan supuestamente bueno sea algo tan bueno como
lo es el Amor. Dichoso Amor.Hace unos años, ya bastantes, alguien me dijo que no sabía querer, que yo “quería mal” y no quería entenderlo aunque siempre lo entendía. No quería creer en esa posibilidad, en que se podía querer a alguien y quererlo mal. Pero siempre lo entendía. Decía “la mas grande” que el Amor se podía romper de tanto usarlo. Al final todo queda reducido a un problema muscular, reduciendo el razonamiento en que el Corazón no deja de ser un músculo al cual, como cualquier otro hay que educar. Siempre igual. Un uso excesivo hace que nos salga ampolla, y que después de ella, llegue el cayo que deja la huella del uso. Se endurece. El músculo se vuelve duro, áspero, feo, y poco práctico para nada. El Corazón que se usa en exceso acaba anquilosándose, y latiendo cada vez mas lento y más despacio porque ya no tiene la frescura de otras veces. Nos pensamos que la experiencia hace que sepamos mucho más de ese músculo tan simple y a la vez tan complejo. Simple porque no tiene nada dentro, sólo un espacio hueco que se rellena y expulsa, pero evidentemente tan complejo que de él solo depende la vida. Usamos demasiado el Corazón. Queremos frenarlo, peor aun, pensamos que debemos frenarlo, porque sabemos de las consecuencias obtenidas al dejar que funcione sin control. Desdichados segundos usos del Corazón. Miedo a que nuestro músculo funcione por si solo y llegue el día que se rompa. Mejor dejar de usarlo, asustarnos y escaparnos para tener otros músculos al servicio de nuestro inconstante Amor. De un tiempo a otro tiempo a los corazones les pasa como a las cuerdas vocales que se encuentran llenas de nódulos; sólo hay una forma natural para librarse de ellos: dejar de usarlas. Siempre hay remedio quirúrgico, pero como todos, es la última carta, y mucho me temo, que para este nuestro Músculo, no hay aun intervención. Ese remedio es el que nos asedia. Esa solución la que nos atormenta. Cuando nuestro Corazón se endurece porque lo hemos usado demasiado, porque no hemos conseguido reblandecerlo a fuerza de caricias, de besos, de “tequieros” cuando sólo lo usamos en una dirección sin encontrar respuesta que nos permita latir con brío. Es entonces cuando el remedio y la solución es dejar de usarlo. Parar. No querer. Golpearse el pecho de vez en cuando para que sintamos que aun está ahí. Quizá las consecuencias a corto plazo sean demoledoras, quizá sólo sobrevivan algunos, quizá sólo lo superen los expertos. Pero una vez llegado ese momento de superación, de salvación, es posible que la dureza desaparezca, que el poco uso pida a gritos una nueva energía cinética, que el Corazón quiera volver a latir. Mientras eso pasa, entramos en un estado extraño. Lleno de añoranzas, de penas, de tristezas, de dudas.
Quizá
por eso había entrado en aquella tienda, porque necesitabas pasar por la vida
sin mucha luz, recordando aventuras pasadas, historias felices vividas que
ahora le impedían usar de nuevo su Corazón. Por eso tenia la certeza de la
necesidad de cubrir un poco su pena, ese espejo del alma que da el reflejo del
corazón.
Ahora
ya tenía cubiertos sus ojos, aquellos que se le llenaban de lágrimas con cada
pensamiento feliz, y no tendría que esconderse. Sólo dejar pasar el tiempo.
Todo el tiempo.
lunes, 21 de mayo de 2012
24.
En el futuro, muertos todos: con
o sin sepultura, los nuestros y los otros, los vivos y los pobres, los justos y
los injustos. En el futuro no quedará dinero para traficar. En el futuro sólo
unos pocos caminarán por las calles con la paz o con la paciencia. En el futuro
pensaremos en los dioses que en el pasado nos salvaban. En el futuro el tiempo
ya será nuestra moneda porque será lo único que tengamos. En el futuro
pensaremos mucho más en el pasado que no vivimos y en los arrepentimientos.
Pasará este tiempo que me mueve a garabatear una y otra vez sobre las variantes
del mismo tema, del mismo papel, de la misma sombra o del mismo reflejo. En el
futuro no volveré a escribir ni una sola coma, porque no sabré a quien
escribirle, y el presente que me supera no mejora lo pasado. Quizá en ese
futuro encuentre los caminos, los senderos y las glorias que ahora no
encuentro, que ahora me pierden sin dejarse arrastrar. Este presente que me
acobarda, que me hace pequeño, que me convierte en quien no soy sólo por no
saber donde estoy, y que solo me hace pensar en aquello que no debo. En el
futuro la soledad no será tan terrible porque ya no tendré que esperar a nada,
ni a nadie, ni habrá mundo por el cual luchar porque habremos llegado a ese
destino que nos aguardaba casi sin habernos dado cuenta. En el pasado teníamos el
futuro por bandera y motor, por esperanza y por vida. En el presente teníamos el
futuro como puerta a la inmediatez, como corriente y guía, como vida y como
destino. En el futuro sólo miramos al pasado. El tiempo que pasamos pensado en
las formas y maneras de agarrar fuerte esos segundos que se nos escapan, esa
vida contemplativa de minutos que dejamos pasar sin hacerlos intensos, sin
morir ni matar por ellos, sin luchar por convertir nuestro tiempo en un mar de
posibilidades. A veces el tiempo nos mata, clavándose poco a poco, como el
segundero del reloj, una y otra vez, cuando nos sentamos en nuestras ventanas a
ver como camina. Es la rutina del tiempo, es la rutina del reloj, es la rutina
de las rutinas la que nos hace esperar sin levantar un solo dedo para
detenernos, para pararnos, y machacar ese reloj contra nuestros huesos, existencialistas,
pesimistas, realistas y acostumbrados a cerrar los ojos cada noche, simplemente
para que llegue el nuevo día. Nuestro futuro no llegará nunca, porque siempre
creeremos en tiempos venideros, en ilusiones en las cuales hay que creer y a
ellas nos agarraremos para decidir que aun tenemos futuro sin haber disfrutado
de nuestro presente y arrepintiéndonos de nuestro pasado. Volver la vista atrás
como tantas otras veces para decidir cual es nuestro tiempo, cual es tiempo de
cada cosa, cual es el valor de ese tiempo y comprobar como la medida de los días
y las semanas varía en cada momento. En el futuro me sentará a escribirte, a
escribirnos, a rellenar con letras las ilusiones que se van quedando vacías,
los recuerdos que ya no existen y los momentos del tiempo que cada uno ha
destruido. El tiempo, como las personas, tiene memoria, recuerdos, vidas que
completar y que al devenir de cada día hace que esas memorias se llenen y
necesiten recomponerse, vaciarse para dar lugar a nuevos recuerdos. Nuestros futuros
se llenan gracias a poder borrar nuestros pasados. En el futuro miraremos
nuevos sentimientos, sin tener que despedirnos, porque serán nuevas vidas,
nuevas personas y lugares los que llenen nuestros presentes. En el futuro seremos
sólo polvo que cubría nuestros pasos en otros tiempos, nunca mejores, porque
entonces no serían pasados. En el futuro estaré ahí, donde nadie puede estar,
porque no seremos más que aire para respirar en la vida de nuestros pasados. Quizá
en el futuro, leeremos líneas de vida, frases de momentos que nos hagan pensar
en cada letra que dejamos de escribirnos, de decirnos o de susurrarnos pensando
que no teníamos futuro por el cual besarnos. En el futuro, en el presente o en
el pasado, el tiempo dejará sus huellas, como aquel que camina por la orilla
del mar, sabiendo que mismo tiempo, las borrará como el agua de ese paisaje.
sábado, 3 de marzo de 2012
Una historia sin título.
N estaba corriendo
por el parque. No le gustaba mucho salir a correr tan temprano, pero los días
se llenaban de cosas absurdas que hacer sin dejar otros huecos que aquellas
mañanas, recién salido de la cama.
¿Diga? (Respondió O)
Llueve (Dijo N)
En la cocina,
hacendosa, O preparaba el desayuno pacientemente, alineando los componentes
para no dejarse ninguno sobre la marcha, y tenerlos todos a la vista para su
uso, y lo que era mucho más importante, su disfrute.
Cuando N doblaba por
tercera vez el árbol donde los barrenderos fumaban su pitillo, unas gotas finas
comenzaron a caer. Miró a sus pies, viendo como ante sus pasos comenzaba poco a
poco a formarse charcos y pasos de barro.
Al segundo bocado de la tercera tostada del primer café, O
escuchó las gotas golpear en su ventana, primero con timidez y luego con algo
más de alevosía, reclamando la atención que parece que allí les correspondía.
Fue entonces cuando O recordó que tenía colgadas todas las sabanas en la
terraza y que se mojarían si no las cogía pronto, dejando así enfriarse el
café.
N corría más deprisa, temiendo empaparse cada vez más y más,
bajo la fina capa de cala-bobos que era aquella lluvia, ya que el camino que le
quedaba cuesta arriba hasta llegar a su casa se llenaba de trampas para no
dejarle resguardarse ni un momento. A cada zancada notaba como una gotita se
condensaba por debajo de su oreja derecha, goteando en su hombro, fría y
malvada.
Por mucha prisa que se diera en quitar sábanas, O ya estaba
tan mojada como ellas, y de nada servía correr, pues tendría que volver a
lavarlas. Después de recogerlas todas, su pelo empapado y sus ojos empañados le
devolvían una curiosa imagen desaliñada en el espejo del baño.
Nada mas llegar, se quitó las zapatillas llenas de barro
para no manchar mucho el suelo del piso. N fue derecho al baño para desnudarse
y meterse en ducha de agua caliente y sacarse la lluvia y el frio que le había
calado los huesos.
O terminó de secarse un poco el pelo mientras recogía los
restos del desayuno.
N salió del baño y llamó por teléfono a cuatrocientos kilómetros
de su casa.¿Diga? (Respondió O)
Llueve (Dijo N)
O y N estuvieron callados siete segundos.
¿Sabes? (Preguntó N)
Que (Dijo O)
Quizá nos haya mojado la misma nube… (Aunque no se veían, O
y N, se sonrieron y colgaron)jueves, 19 de enero de 2012
Enough
Nos damos cuenta de todo lo que nos
pasa cerca, al lado de nuestras vidas. Somos conscientes de cada pequeño movimiento
que la calle, la casa o el mundo hace, incluso de los movimientos de traslación
y rotación. Vemos el ciclo lunar acechar a nuestros pensamientos, y observamos
detenidamente el minucioso trabajo de la hormiga transportando su hoja. Somos
conscientes de lo grande, de lo mediano, de lo humano y de lo divino, de lo
pequeño y de lo inmortal. Consideramos las opciones, decidimos las propuestas,
seleccionamos los caminos, así es nuestra libertad. Y con todo, aunque seamos
conscientes de cada uno de esos movimientos, de todos esos caminos, aun no
sabemos cuando y cuanto es suficiente. De todo, de nada, de lo etéreo o de lo
tangible. Nos hacemos fuertes en la medida que somos capaces de resistir
nuestras indecisiones; nuestros caminos
terminan cuando se acaba el sendero, y nuestro llanto cuando nos secamos. A
veces no somos capaces de ponerle fin a nada por muy conscientes que seamos de
ello. Capaces de separar el corazón de
la razón, capaces de transmitir una mentira, de dar la razón a un loco, de
quitársela a un niño porque la explicación es demasiado profunda para que se
entienda o quizá demasiado compleja para
poder explicarla con claridad; capaces de tantas cosas e incapacitados para las
valentías, para los actos heroicos que se nos demandan en la búsqueda de la
felicidad. Mentiras que causan heridas en nuestra piel, punzadas por nosotros
mismos para poder hacer el día sin tirarse al suelo. Así los recuerdos se intentan borrar, así la
sucesión de sucesos sucedidos sucesivamente se transforman en la simpleza de
ser nuestras historia, dejando que ésta decida por nosotros el devenir vital de
aquellos recuerdos. Sentados, inertes respiramos, viendo pasar en el recuerdo
de la oscuridad de la ventana del vagón que nos transporta la imagen que queríamos
olvidar, pero que no podemos dejar atrás como si fuera una estación más.
Luchamos contra todo lo que conocemos, pero nos rendimos al tiempo, poderoso,
infinito, acaparador, para dejarnos llevar como excusa que saciará nuestras
vidas corruptas, como analgésico irreductible para los dolores del alma. Cobardes,
de cada día que saltamos nuestros muros de contención esperanzados en el futuro
sin ponerle solución en el presente, haciendo que nuestra planta crezca torcida
por no saber guiarla, conteniendo la verborrea irracional de dolores a los
cuales no queremos mirar a la cara. Basta un segundo, un suspiro, un color, una
mirada, un reflejo, un suave tacto de otra piel para que nuestro castillo y
resistencia a olvidar se desmorone por completo ante el ataque siempre devastador
de lo que nunca fuimos capaces de parar. Por muy conscientes que seamos de
aquello que vino, se quedó, se marchó y sepamos que no volverá; por muy
inteligentes que nos creamos, sabios de nuestro cuerpo, de nuestro dolor, basta
siempre un soplo de inconsciencia para sucumbir de nuevo. Porque nadie nos enseña a mirar, nadie nos
dice que nos paremos a la orilla del mar para mirar al horizonte y apreciar la
curva del mundo, nadie nos enseña álgebra del espíritu, ni formulación del sentimiento.
Porque nuestra consciencia de lo presente, nos impide saber, acribillados de
propio dolor cuando tenemos que detenernos para continuar. Porque a veces no
queremos librarnos de nuestra pequeña muerte mientras seguimos observando
aquella hormiga, y pensamos en no pensar en nada, y como aquella canción, evadirnos
tirando piedras al rio, para no devorarnos. A veces la lucha es tan pacífica
que simplemente buscamos diluirla en agua con sal. Pero a veces descubrimos que
nuestras vidas tan llenas de vacío, quieren agarrarse a aquel momento que nunca
volverá, aun sabiéndolo, aun sintiéndolo, aun queriéndolo o amándolo.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
23.
Siempre encuentro en las acciones cotidianas los momentos de la
reflexión. A veces me pasa en la ducha, momento de comunión con uno mismo,
limpieza de cuerpo y alma. Otras cuando salgo a correr al parque, evadido de
otros ruidos que no son mi propia respiración y la música que suene. Las tareas
domésticas que hacen rutinas, la cocina, los platos de la comida, la ropa
húmeda que hay que hay que tender con meticulosidad existencial para que no se
arrugue mucho, la plancha. También fuera del entrono conocido. Los pequeños
viajes que nos atrapan sin remedio por la necesidad de ir del punto A al punto
B. Nuestros momento de lucidez se alternan con pensamientos más prolijos, pero
ahí están. Llegan, como el amor, así de esta manera, no tienen la culpa. Ni
siquiera siento que sean forzados por pensamientos anteriores, o por imágenes
que son recurrentes. Las reflexiones pasan por los espíritus porque algo nos
atormenta, y cuando nuestros cuerpos se ocupan, nuestras almas se
preocupan. Algo así. Creo.
Una contradicción es una afirmación de algo contrario a lo que ya se
ha dicho, o la negación de algo que se da por cierto. Creo que podría ser una
buena definición. Así estamos en nuestras vidas, llenos de ellas. Llenos de
contradicciones, de conflictos de negación de algo que afirmamos, de luchas
internas por la razón de la afirmación, o la sinrazón de lo negado. Hay una
frase, no recuerdo si es un refrán, o algo sesudo dicho por alguien importante,
que dice: “la esperanza es mala consejera, pero buena compañera de camino” Mi
reflexión pasa por juntar estas dos ideas, la esperanza y la contradicción.
Desde que escuché (o leí, vaya usted a saber) aquello de la esperanza,
no he dejado de recordarla en muchas ocasiones. En mi vida he pasado por muchos
viajes esperanzados, mal llevados, porque la esperanza juega sola. No hay nadie
que la alimente salvo uno mismo. Es como los recuerdos; sólo sirven a quien los
recuerda, porque lo deforma para acomodarlo. Pero por lo general al fuego de la
esperanza quien mas lo aviva es quien mas desea que pase ese viaje. A veces,
muchas veces, sabemos que lo que nos esperanza no es bueno, o mucho peor, ni
siquiera es posible. Pero ahí estamos, cargados de contradicciones pero
llevados de la esperanza. Somos la leche.
Me veo hablando, vendiendo consejos, repartiendo autoridad, sabiendo
que lo que estoy diciendo es algo contrario a lo que siento. Así vivimos, auto
conformados en nuestras contradicciones, porque no son un Pecado Capital (y
seguramente aunque lo fuesen)
Deseamos la felicidad de los demás, deseamos que nuestros amigos
luchen por lo que quieren, luchamos por hacer que alguien encuentre su camino.
Queremos que todos encuentren su amor perdido, su tiempo robado, sus vidas. Les
damos la esperanza de la posibilidad, sabiendo que nos contradecimos, porque
esas felicidades nos harán infelices, porque esos caminos nos alejan, porque
ese tiempo recuperado nos hará caer en el olvido. Pero ahí seguimos. Es
grandioso.
El ejemplo mas claro de la pureza de los sentimientos es el Amor (con
mayúsculas) Ahí estamos, diciendo: “Tienes que luchar por lo que quieres” y
como dioses Jano, casi a la misma voz: “Olvídalo, déjalo marchar” Como bipolares sentimentales. Así me
encuentro, y supongo que nos es una exclusividad marca de la casa. Esperanzado
de otro mundo posible, pero sabiendo que no es factible, porque mi esperanza
juega en casa, y no suele salir mucho de viaje, a ver lo que pasa por esos
mundos de dios, y se conforma con animarse a si misma, cual libro de autoayuda.
Tenemos miedo de perder la esperanza,
aun sabiendo que esa perdida es lo único que nos dará esperanzas nuevas. Que
cosas…
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