La siesta de verano es
complicada. Estaba sudando, like a chicken, y me notaba perdido, de esas veces
que llegas a perder la noción del tiempo y te asustas porque no sabes en que
momento vives, y piensas que has perdido toda la tarde y llegas tarde y se
nubla todo y es un desastre. O algo. La ducha refrescante es lo mejor. No, no
es verdad… tengo una teoría acerca de lo beneficioso del agua caliente en
verano y fría en invierno. Siempre lo pienso cuando me abraso en la ducha en
agosto. Había sido un sueño muy raro en esta siesta y quería recordarlo para
que no se me olvidara. Estaba comiendo con un grupo de alumnos míos, comida de
fin de curso veraniego, y al terminar de comer volvíamos a la escuela a clausurar el
trabajo. El camino que andábamos era muy tranquilo, y se transformaba poco a
poco, hasta hacer que las calles que recorríamos fuesen las calles de mi pueblo.
Estábamos en mi calle del pueblo. Una calle céntrica, pero no muy ancha. El
grupo se andaba paseando, sin prisa, poco a poco nos acercamos a una enorme
máquina de alguna obra, una grúa o una pala o cualquier otra grande naranja de
esas típicas de las construcciones. Ocupaba toda la calle, bloquenado el paso a otros vehículos. Estaba parada justo enfrente de la que
había sido mi casa. Pero ahora esa casa estaba cerrada, clausurada, vieja y con
pinta de abandonada. Por un minuto me quedo mirando la fachada agrietada. Ahora
ya no hay grupo, estoy solo delante. Es entonces cuando una voz me llama de uno
de los balcones del piso superior. Es un chico, joven, con pinta de extranjero.
Me reclama la atención. Está atrapado dentro de la casa y no puede salir. Le
digo que salte sobre la máquina, que casi llega al balcón y descienda por ella
hasta el suelo. Así consigue bajar. Me lo agradece, me abraza. Es como si nos
conociéramos desde siempre. No lo reconozco, pero es familiar. Decidimos andar,
pasear. No recuerdo de que hablamos, o si hemos ido hablando. Al doblar una
esquina apareceremos en otra parte del pueblo, en otra zona, en los Paseos
cercanos al parque, donde se ponen las terrazas de los bares de verano. Andamos
tranquilos, las terrazas están llenas de gente que habla tranquilamente. Es de
día aun. De repente una voz familiar me llama la atención, me llama por mi
nombre. Hace que me gire a buscar a esa persona. Es mi abuela, mi abuela materna.
Está sentada y lleva un niño pequeño en brazos, un bebe. Mi abuelo está a su
lado. Se levanta para saludarme, para preguntarme que hago por el pueblo; yo
les digo que quiero presentarles a mi amigo, pero ya no está. Ahora en su lugar
hay un señor mayor. Un hombre que está ahí donde debería estar ese chico. Pero
es la misma persona. No me extraño, no me asombro. Sigue siendo él, pero ahora
es un tipo viejo. Mi abuelo se acerca, lo saluda, lo conoce. Mi abuelo materno
era policía local, y parece que se conocen de aquella época. Hablan. Se
conocen, pero es como si hubieran estado en bandos opuestos, como si aquel
viejo hubiera sido un delincuente de poca monta al que mi abuelo hubiera tenido
que seguir alguna vez. Pero ahora ambos están jubilados, son mayores, noto
cierto aprecio. Mi abuelo me advierte: “ten cuidado” pero se ríen los dos. Yo
me acerco a ver a mi abuela, que me enseña sonriente el bebe que tiene acunando.
Entonces, me despierto. Sudando, empapado. Extrañado por todo lo que acaba de
pasar. Pienso que es un sueño con muchas metáforas, o señales, o indicios, o
cosas de esas que se pueden interpretar. Suspiro. Me tengo que duchar, he
quedado para cenar con unos amigos en un restaurante nuevo. Un japonés. A la
cena también viene una alumna sueca que tengo, que es camarera de ese
restaurante, pero hoy libra y quiere acompañarme. La llamé para hacer la
reserva y se auto invitó. Dice que así nos hacen descuento, y a ella no la
esperan en casa por la noche y podemos desayunar juntos. Una chica sueca que trabaja
en un japonés en España… Pero ese será otro sueño…
jueves, 9 de agosto de 2012
domingo, 29 de julio de 2012
Vacaciones santillana 11
Quizá lo mejor de esta situación
sea que aun mantenemos ciertos instintos
animales. Aun en este estado llega la capacidad de hacer una reflexión
profunda; o quizá más que hacerla, recordarla de tantas otras ocasiones. Esas
en las cuales sin saber cómo ni porqué, de esa manera tan diestra amanecemos en
nuestras camas, acoplados y solventes. No tanto por el hecho, sino por la posibilidad
de ello (se complicaba un poco el
pensamiento entre tumbos y paradas para sostenerse en las paredes). Los
animales se mueven instintivamente de un lado a otro, a veces recordando
senderos, a veces dejándose llevar por las corrientes, y otras porque es el
camino aprehendido en el coco de esos bichos y les da la salvación a sus
designios. Así es como nos pasa algunas veces, cuando después de una alcohólica
velada somos capaces de llegar a nuestros destinos, sin saber la forma, y
desafiando a las leyes de la gravedad (parada
técnica para recomponer la mirada). Es pensar que esos bares, “pubs” y
demás antros de mala muerte, no pueden ser de otra forma a estas horas de la
mañana, tuvieran o tuviesen sus propias gravedades y condiciones físicas, de
forma que es cuando decides salir a la calle para retomar el camino de la
decencia y el decoro, comienza a tambalearse el mundo. Los pasos comienzan con
cierta dignidad y linealidad, pero poco a poco esa línea se tuerce, la calle se
dobla y los adoquines, pequeños cabroncetes, se mueven y sobresalen para
ponernos en serias dificultades “equilibrísticas” (creo que el coche en el que me estoy apoyando se mueve). Aún y con
todo eso, estamos hechos de material animal y sabemos que nuestro instinto
primitivo de supervivencia nos hará llegar sanos y salvos a nuestras casas o al
menos lo intentará (ya visualizaba la última esquina para llegar a casa. La cabeza me daba
más vueltas ahora, y los pensamientos etílicos se complicaban). A veces nos
despertamos a medio vestir, o quizá mejor dicho, medio desnudar, porque nuestro
consciente perdió la batalla con el cansancio, con el subconsciente o a saber con
qué cosa, y nos quedamos dormidos agarrados a la camiseta con los pantalones a
medio quitar, sentados en la cama, nos despertamos al pegar una cabezada al
aire, temerosos de rompernos el cuello y que en nuestro epitafio rece “Murió
desnucado y borracho con los pantalones por los tobillos”). Supongo, razonamiento asociado a la ginebra, porque no lo puedo
confirmar, que gracias a esos instintos también nos movemos por la senda vital
que nos atañe, defendiéndonos de las caídas, de los caminos angostos, de las
dificultades al fin y al cabo, que al estar embriagados nos produce distorsión
de la realidad trascendental que nos rodea. Es esa misma sensación. (La cerradura de la puerta parece que no
quiere estarse quieta, y se mueve para no ser violada por la llave, y me
dificulta este paso. Me sujeto al picaporte para no perder el poco equilibrio
que me queda). Muchas historias nos suceden
en nuestro día a día, que distorsionamos, como si de borrachos se tratara y es
nuestro lado animal, el instintivo, el que acaba guiándonos para no perdernos
en el camino. Al entrar, golpeo una
silla, se mueve hace ruido, y me veo en la obligación de chistarle, pensando
que puede escucharme. Por un momento me quedo parado, medio tambaleándome, miro
la silla, y recuerdo que las sillas no escuchan ni hablan ni se mueven solas.
Me rio solo. Miro el reloj, pero no soy capaz de ver las agujas. Con mucha
dificultad subo las escaleras, aguantando como un campeón el estomago revuelto,
la cabeza que se escapa y la dificultad de respirar con naturalidad. Busco el
teléfono para volver a intentar ver la hora. Malditos bares que abren hasta tan
tarde, o tan temprano. Mi instinto por
llegar me acostará, y él mismo, hará que mañana piense en superar otro día.
martes, 17 de julio de 2012
Vacaciones santillana 10
Nunca me he tirado en paracaídas,
o desde un viaducto para eso que llaman “puenting”, ni he intentado suicidarme
arrojándome desde la azotea de algún edificio (realmente no he pretendido
suicidarme de ninguna manera) Pero esas situaciones se me vienen a la mente de
una manera sencilla en un gesto tan simple, o en un momento tan cotidiano como
éste. Ahí estoy, parado, desnudo, al borde de una piscina, sin decidirme. Hace
calor. Mucho calor. La casa duerme, y yo llego de una tranquila velada de
amigos, de miradas, de sonrisas, y de rencuentros. Pero hace calor. La noche
está muy tranquila. Las estrellas que tienden a alejarse cuando me encuentro en
la capital, aquí se acercan para alumbrar de esa forma tan especial que tienen
en las llanuras. La Luna no está. Quizá pudorosa ha decidido dejarme mi momento
de onanismo vital sin compañía. La ropa sale rápida, amontonada por el camino,
para dejarme llegar sin otra cubierta que esos calores que nos acompañan de día
y que por la noche salen a nuestra piel, como si ahora esa latencia fuera
protectora. Me acompaño de pocos pensamientos hasta el borde. Respiro profundo
y miro al cielo, a las ventas oscuras que rodean aquella casa, aquel patio, tan
silenciosas como éste. Imagino observadores. Pienso en miradas obscenas. Me
río. Mi cuerpo no llega a dar tantas motivaciones, pienso que es el morbo de
ver a alguien desnudo, sin más. Vuelvo a respirar con profundidad. Miro al
suelo, a los pies, a mis dedos de pie griego, al suelo frio del bordillo de la
piscina, y alargando un poco más, al agua oscura y misteriosa que me espera. Me
da frio. Siento la gota de sudor caer por mi sien al tiempo que un escalofrío
me recorre la espalda. Es entonces cuando pienso en la pereza de meterme en el
agua, seguramente no tan helada como la imagino, pero que me asusta. Meto un
pie. Soplo. Fresca agua. Miro más allá de la orilla de mi propio cuerpo. Lo
pienso una vez más. Un poco de arrepentimiento. Es en ese momento cuando recuerdo
las situaciones en las cuales podría estar con semejantes ideas. Ideas de “no
retorno” Lanzarse al vacío. No pensar en nada y dejarse llevar por un impulso
sin saber a ciencia cierta cuales serán las consecuencias de ese salto. Decisión. Es lo que falta. Cierro los ojos.
Escucho los sonidos de la noche, de esa noche: grillos, coches lejanos, un
sonido latente de motor escondido que limpia el agua, un latido a mas de una
vida de distancia, incluso me parece escuchar en la lejanía un ronquido de alguien
que duerme con las ventanas abiertas. Mi cabeza no hace ruido. Se concentra en
la Decisión. A veces me veo asustado ante pasos decisivos, ante situaciones de
arrojo, de valentía. De esas que no tienen vuelta. Respiro y muevo el cuello a
un lado y a otro. Estiro todo el cuerpo, cruje. Ya no tengo tanto calor. Noto
como el sudor se quedo en otro cuerpo o en otro momento, perro aquí, ahora, mi
temperatura es suave. Nueva Profunda Respiración. Pienso en el horizonte de un
valle profundo, en la altura de un avión, en la sensación del suicida. Dicen
que aquellos que se suicidan arrojándose
llegan muertos al suelo porque la impresión de la caída hace que el corazón no
pueda más. Pensamientos. Vuelvo a respirar, a colocar el cuerpo. Salto. Arriba
y adelante. Noto como el frio recorre mi cuerpo al tiempo que se sumerge. Una
milésima de segundo literaria para un pensamiento de horas. Noto como mi cuerpo
flota y sube arrastrado por las leyes de los cuerpos sumergidos sin pensar en
nada, sin dejar que ninguna idea se escape ni entre. Mis ojos cerrados se
relajan ante la presión del agua que inunda. Una explosión contenida de asfixia
para sacar la cabeza del agua. Mi cuerpo se estremece de frio, pero
placenteramente. Noto como el calor escapa de la piel, como se estabiliza mi
cuerpo flotando, dejándome a la deriva. Braceo un poco para alcanzar el borde
opuesto. Salgo del agua y retomo la posición inicial, notando como las gotas de
agua caen por mi espalda, nacen en mi pelo y chorrean por mi nariz. Ahora el
cuerpo ya no tiene calor, ni prisa, ni pensamientos…
viernes, 22 de junio de 2012
26.
Una vez, hace muchos años, cuando
estaba de pensamiento universitario, se me ocurrió la brillante idea de tener
una maleta preparada en el altillo del armario. Un poco de ropa de entretiempo,
una bolsa de aseo, y lo mínimo imprescindible para salir de marcha. Poder
levantarme un día y dejarlo todo para salir lo más rápido posible. Fue, como lo
fueron muchas de aquella época, una idea feliz que nunca pasó a realidad. Con
el discurrir de los años acumulé tal cantidad de despropósitos físicos, que ya
no me bastaba una maleta. Un camión para
poder llevarse la vida. Un tiempo que avanza, y ahora a la vista de todo ese
mar de cansancio que hace la acumulación, la tristeza de aquella idea feliz se
asoma como un recuerdo romántico. El tiempo, inexorable, avanza y nos vuelve a
colocar, como una moda en “revival” en aquellas felices ideas. Quizá ahora,
para moverme, sólo sea necesario pensarlo y dejar las maletas en los altillos,
llenarse los bolsillos de arena para no volarse y salir corriendo. Acumulo
mucho peso, mucha vida reflejada en trastos y recuerdos, y trapos y vasos y
ropa, y ver que por muchos zapatos que se agolpen en el fondo de mi armario
sólo tengo dos pies. Los papeles, los libros, los lápices de colores que
dibujaban espacios estancados que se quedan en los cajones que se mueven y se
desplazan de un lugar a otro se rompen y despuntan pensando en otros trazos,
parece que no quieren dejarme escapar. A
veces me asaltan todas las dudas de la necesidad de espacios, de vidas
unificadas, de recodos llenos. A veces piso el césped mojado que rodea mi casa
para contactar con un mundo imposible, uno que cada vez se aleja, o al menos
eso parece a ratos, de la vida que construimos alrededor de aquella maleta con
objetos imprescindibles. Parece como si a lo largo de los años fuéramos
colocando obstáculos, cercando aquel altillo de aquel armario que sostenía
aquella idea. Cercos de vida, fosos de comodidad, trampas de rutina, que nos
alejan de las esencias. También es
cierto que la vida avanza, y que llegan tiempos que nos fortalecen, nos hacen
poderosos de ánimo y energía para saltar tanta miseria y vida pre-fabricada y
recuperar aquel viejo sueño. Cierto que cuando estamos ahí, sudorosos por el
esfuerzo realizado para traspasar aquel campo minado que construimos sin darnos
cuenta, a veces ya con la esperanza en la mano, nos preguntamos “¿y ahora que?”
“¿Y ahora donde?” Tanto para nada. Volvemos a dejarnos arrastrar por esa
corriente fatigosa, a dejar en su sitio, impoluta, esa otra vida, lanzados a
seguir construyendo murallas vitales que nos reconfortan. Puntos de inflexión en el camino. Más y más
puntos de giro, más y más caminos. Recuerdo también estando en la universidad
escaparme de aquella Ciudad Imperial para viajar furtivamente, sin decírselo a
nadie, sin más impulso que la necesidad de escoger otro camino que no era el
que estaba marcado, aunque fuera apenas por unas horas, aunque fuera apenas por
un momento. Sin maleta, sin ropa, sin vida; simplemente con el deseo. A veces
me vuelve a asaltar como un sueño adolescente ese impulso, de aparecer en otra
ciudad, en otro sueño, en otro mar, en otra vida, con otra vida, con otra piel.
Sigo guardando una maleta, vacía esta vez, pero no en lo alto de un armario,
sino en los pies de la cama, que me recuerde lo fácil que es salir y lo difícil
que es volver, lo indeciso que es llenarla y lo duro que es vaciarla. A veces,
mis maletas viajan mas que yo…
miércoles, 6 de junio de 2012
Las gafas de Roy Orbison
Rebuscaba
entre cada estantería de aquel luminoso local.
Dicen
que todo, bueno o malo, en exceso o en defecto, es a la larga perjudicial. A
veces uno no se da cuenta de esas pequeñas líneas que separan lo bueno de lo
peligroso. Incluso aunque eso tan supuestamente bueno sea algo tan bueno como
lo es el Amor. Dichoso Amor.Hace unos años, ya bastantes, alguien me dijo que no sabía querer, que yo “quería mal” y no quería entenderlo aunque siempre lo entendía. No quería creer en esa posibilidad, en que se podía querer a alguien y quererlo mal. Pero siempre lo entendía. Decía “la mas grande” que el Amor se podía romper de tanto usarlo. Al final todo queda reducido a un problema muscular, reduciendo el razonamiento en que el Corazón no deja de ser un músculo al cual, como cualquier otro hay que educar. Siempre igual. Un uso excesivo hace que nos salga ampolla, y que después de ella, llegue el cayo que deja la huella del uso. Se endurece. El músculo se vuelve duro, áspero, feo, y poco práctico para nada. El Corazón que se usa en exceso acaba anquilosándose, y latiendo cada vez mas lento y más despacio porque ya no tiene la frescura de otras veces. Nos pensamos que la experiencia hace que sepamos mucho más de ese músculo tan simple y a la vez tan complejo. Simple porque no tiene nada dentro, sólo un espacio hueco que se rellena y expulsa, pero evidentemente tan complejo que de él solo depende la vida. Usamos demasiado el Corazón. Queremos frenarlo, peor aun, pensamos que debemos frenarlo, porque sabemos de las consecuencias obtenidas al dejar que funcione sin control. Desdichados segundos usos del Corazón. Miedo a que nuestro músculo funcione por si solo y llegue el día que se rompa. Mejor dejar de usarlo, asustarnos y escaparnos para tener otros músculos al servicio de nuestro inconstante Amor. De un tiempo a otro tiempo a los corazones les pasa como a las cuerdas vocales que se encuentran llenas de nódulos; sólo hay una forma natural para librarse de ellos: dejar de usarlas. Siempre hay remedio quirúrgico, pero como todos, es la última carta, y mucho me temo, que para este nuestro Músculo, no hay aun intervención. Ese remedio es el que nos asedia. Esa solución la que nos atormenta. Cuando nuestro Corazón se endurece porque lo hemos usado demasiado, porque no hemos conseguido reblandecerlo a fuerza de caricias, de besos, de “tequieros” cuando sólo lo usamos en una dirección sin encontrar respuesta que nos permita latir con brío. Es entonces cuando el remedio y la solución es dejar de usarlo. Parar. No querer. Golpearse el pecho de vez en cuando para que sintamos que aun está ahí. Quizá las consecuencias a corto plazo sean demoledoras, quizá sólo sobrevivan algunos, quizá sólo lo superen los expertos. Pero una vez llegado ese momento de superación, de salvación, es posible que la dureza desaparezca, que el poco uso pida a gritos una nueva energía cinética, que el Corazón quiera volver a latir. Mientras eso pasa, entramos en un estado extraño. Lleno de añoranzas, de penas, de tristezas, de dudas.
Quizá
por eso había entrado en aquella tienda, porque necesitabas pasar por la vida
sin mucha luz, recordando aventuras pasadas, historias felices vividas que
ahora le impedían usar de nuevo su Corazón. Por eso tenia la certeza de la
necesidad de cubrir un poco su pena, ese espejo del alma que da el reflejo del
corazón.
Ahora
ya tenía cubiertos sus ojos, aquellos que se le llenaban de lágrimas con cada
pensamiento feliz, y no tendría que esconderse. Sólo dejar pasar el tiempo.
Todo el tiempo.
lunes, 21 de mayo de 2012
24.
En el futuro, muertos todos: con
o sin sepultura, los nuestros y los otros, los vivos y los pobres, los justos y
los injustos. En el futuro no quedará dinero para traficar. En el futuro sólo
unos pocos caminarán por las calles con la paz o con la paciencia. En el futuro
pensaremos en los dioses que en el pasado nos salvaban. En el futuro el tiempo
ya será nuestra moneda porque será lo único que tengamos. En el futuro
pensaremos mucho más en el pasado que no vivimos y en los arrepentimientos.
Pasará este tiempo que me mueve a garabatear una y otra vez sobre las variantes
del mismo tema, del mismo papel, de la misma sombra o del mismo reflejo. En el
futuro no volveré a escribir ni una sola coma, porque no sabré a quien
escribirle, y el presente que me supera no mejora lo pasado. Quizá en ese
futuro encuentre los caminos, los senderos y las glorias que ahora no
encuentro, que ahora me pierden sin dejarse arrastrar. Este presente que me
acobarda, que me hace pequeño, que me convierte en quien no soy sólo por no
saber donde estoy, y que solo me hace pensar en aquello que no debo. En el
futuro la soledad no será tan terrible porque ya no tendré que esperar a nada,
ni a nadie, ni habrá mundo por el cual luchar porque habremos llegado a ese
destino que nos aguardaba casi sin habernos dado cuenta. En el pasado teníamos el
futuro por bandera y motor, por esperanza y por vida. En el presente teníamos el
futuro como puerta a la inmediatez, como corriente y guía, como vida y como
destino. En el futuro sólo miramos al pasado. El tiempo que pasamos pensado en
las formas y maneras de agarrar fuerte esos segundos que se nos escapan, esa
vida contemplativa de minutos que dejamos pasar sin hacerlos intensos, sin
morir ni matar por ellos, sin luchar por convertir nuestro tiempo en un mar de
posibilidades. A veces el tiempo nos mata, clavándose poco a poco, como el
segundero del reloj, una y otra vez, cuando nos sentamos en nuestras ventanas a
ver como camina. Es la rutina del tiempo, es la rutina del reloj, es la rutina
de las rutinas la que nos hace esperar sin levantar un solo dedo para
detenernos, para pararnos, y machacar ese reloj contra nuestros huesos, existencialistas,
pesimistas, realistas y acostumbrados a cerrar los ojos cada noche, simplemente
para que llegue el nuevo día. Nuestro futuro no llegará nunca, porque siempre
creeremos en tiempos venideros, en ilusiones en las cuales hay que creer y a
ellas nos agarraremos para decidir que aun tenemos futuro sin haber disfrutado
de nuestro presente y arrepintiéndonos de nuestro pasado. Volver la vista atrás
como tantas otras veces para decidir cual es nuestro tiempo, cual es tiempo de
cada cosa, cual es el valor de ese tiempo y comprobar como la medida de los días
y las semanas varía en cada momento. En el futuro me sentará a escribirte, a
escribirnos, a rellenar con letras las ilusiones que se van quedando vacías,
los recuerdos que ya no existen y los momentos del tiempo que cada uno ha
destruido. El tiempo, como las personas, tiene memoria, recuerdos, vidas que
completar y que al devenir de cada día hace que esas memorias se llenen y
necesiten recomponerse, vaciarse para dar lugar a nuevos recuerdos. Nuestros futuros
se llenan gracias a poder borrar nuestros pasados. En el futuro miraremos
nuevos sentimientos, sin tener que despedirnos, porque serán nuevas vidas,
nuevas personas y lugares los que llenen nuestros presentes. En el futuro seremos
sólo polvo que cubría nuestros pasos en otros tiempos, nunca mejores, porque
entonces no serían pasados. En el futuro estaré ahí, donde nadie puede estar,
porque no seremos más que aire para respirar en la vida de nuestros pasados. Quizá
en el futuro, leeremos líneas de vida, frases de momentos que nos hagan pensar
en cada letra que dejamos de escribirnos, de decirnos o de susurrarnos pensando
que no teníamos futuro por el cual besarnos. En el futuro, en el presente o en
el pasado, el tiempo dejará sus huellas, como aquel que camina por la orilla
del mar, sabiendo que mismo tiempo, las borrará como el agua de ese paisaje.
sábado, 3 de marzo de 2012
Una historia sin título.
N estaba corriendo
por el parque. No le gustaba mucho salir a correr tan temprano, pero los días
se llenaban de cosas absurdas que hacer sin dejar otros huecos que aquellas
mañanas, recién salido de la cama.
¿Diga? (Respondió O)
Llueve (Dijo N)
En la cocina,
hacendosa, O preparaba el desayuno pacientemente, alineando los componentes
para no dejarse ninguno sobre la marcha, y tenerlos todos a la vista para su
uso, y lo que era mucho más importante, su disfrute.
Cuando N doblaba por
tercera vez el árbol donde los barrenderos fumaban su pitillo, unas gotas finas
comenzaron a caer. Miró a sus pies, viendo como ante sus pasos comenzaba poco a
poco a formarse charcos y pasos de barro.
Al segundo bocado de la tercera tostada del primer café, O
escuchó las gotas golpear en su ventana, primero con timidez y luego con algo
más de alevosía, reclamando la atención que parece que allí les correspondía.
Fue entonces cuando O recordó que tenía colgadas todas las sabanas en la
terraza y que se mojarían si no las cogía pronto, dejando así enfriarse el
café.
N corría más deprisa, temiendo empaparse cada vez más y más,
bajo la fina capa de cala-bobos que era aquella lluvia, ya que el camino que le
quedaba cuesta arriba hasta llegar a su casa se llenaba de trampas para no
dejarle resguardarse ni un momento. A cada zancada notaba como una gotita se
condensaba por debajo de su oreja derecha, goteando en su hombro, fría y
malvada.
Por mucha prisa que se diera en quitar sábanas, O ya estaba
tan mojada como ellas, y de nada servía correr, pues tendría que volver a
lavarlas. Después de recogerlas todas, su pelo empapado y sus ojos empañados le
devolvían una curiosa imagen desaliñada en el espejo del baño.
Nada mas llegar, se quitó las zapatillas llenas de barro
para no manchar mucho el suelo del piso. N fue derecho al baño para desnudarse
y meterse en ducha de agua caliente y sacarse la lluvia y el frio que le había
calado los huesos.
O terminó de secarse un poco el pelo mientras recogía los
restos del desayuno.
N salió del baño y llamó por teléfono a cuatrocientos kilómetros
de su casa.¿Diga? (Respondió O)
Llueve (Dijo N)
O y N estuvieron callados siete segundos.
¿Sabes? (Preguntó N)
Que (Dijo O)
Quizá nos haya mojado la misma nube… (Aunque no se veían, O
y N, se sonrieron y colgaron)
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