jueves, 13 de diciembre de 2012

20x140 caractéres (o casi)


...balanceándome bruscamente, bajo bisoñas brumas, busqué burdamente brazos, bocas bacantes...baldías... Breve bosquejo brota...besos...

 ...camina cama cansada, colmada con caricias, calmada con cándidos cantos, cubierta con cien cicatrices, cinceladas, curadas, cerradas...

…días de dudas, dolor de duelos, disparos disipados después de desearlos...despacio, dices... despacio...

…estando en ese estado exaltado, entro él: el excitado, enfrascado entre erróneas exclamaciones ¡era ella!

...hoy hay ahí, halladas hundidas, heridas habitaciones húmedas, huecos hechos, huesos ahincados ahondando huellas; ahítos...

…Los lunes lentos, llanos, llenos, lánguidos; libidinosos lunares; los labios libres; la lengua lanzada, lamidos los lóbulos; la luna... ¿lejos...?

…Mis mentiras miraban, mientras mañana, movido martes, mi mente moverá montañas,
mares, madejas mezcladas... misteriosos momentos místicos...

...o cómo Lobo, solo, goloso sólo, optó, fogoso por otro olor...

...pensando, poco, para pecar pronto, poniendo prendas por penas pendientes, pintando poemas, parando pequeñas prisas...

... sentado sueño, sintiendo solo, susurros salteados, somnolientos sones saltan sin seguir su sendero, sólo sus santos seguidores se salvan...

...trémula triste tarde tengo tan tragada tan tomada, toda tendida tras tiempos tramposos trabados tirados tortuosos...

Cuando llegó a casa, la puerta estaba entre-abierta. No podía imaginar quien estaba esperando. #1

La sombra que allí se reflejaba anunciaba una mujer. Pero, evidentemente, no era una mujer cualquiera. #2

Al descubrirse, las miradas se fijaron durante un momento, sin poder apartarse, sin poder evitarse. #3

Nada preveía lo que podría pasar. Quietos, estudiándose, intentando adivinar cuál sería el siguiente movimiento. #4

Ambos se abalanzaron sobre el otro, como si dos animales compitieran por el mismo territorio. Un choque de fuerzas. #5

Así, terminaron el uno con el otro. #6

Así murieron sin determinarlo. #7

Así acabaron con la espera. #8

Caídos en el suelo frio, exhaustos, casi inertes. #9

…y fue entonces cuando…  #10

lunes, 10 de diciembre de 2012

Oxímoron.

La casa estaba muy silenciosa. Las horas de la madrugada daban pie a motivar un poco el sigilo. Aquel pasillo estrecho, luminoso y lleno de trastos que antes estaba siempre caliente, ahora se mostraba tenuemente frio. Se adelantó al salón, a dejar sobre la mesa de café un pequeño sobre. Había decidido marcharse temprano sin despertar a nadie, pero no quería hacerlo sin despedirse, aunque fuese una nota, unas líneas de agradecimiento un tanto furtivas. Las despedidas más cariñosas ya se las habían dado al despuntar la noche, y ahora ya sólo sería un acto vano que únicamente conseguiría irrumpir sueños y descansos. Mejor así. La madera crujía a cada paso, de una forma delatora y casi con estruendo en aquel mutismo oscuro que le llevaba a la cocina. Calentó un poco de leche en un cacillo, como  hacía años que no pasaba; desde la época de los electrodomésticos modernos y poco colaboradores a no romper la paz. El fuego de la cocina era mucho más romántico para aquella mañana que aun no había llegado pero que amenazaba con acontecer. El café caliente le ayudaría a enfrentarse a la calle que esperaba puntual, como un enamorado a su primera cita. A la oscuridad de las infinitas pequeñas luces que arroja una cocina, sorbía con calma, sin prisa, calentando manos y labios y alama al mismo tiempo, mientras cavilaba sobre la ritualidad de los viajes, de los momentos y de aquellas despedidas. O bienvenidas, dependiendo del lado del cual se mire. Enterró la taza entre el resto de platos testigos de la cena que aun esperaban mejor destino, y del bote de lata sacó una de las galletas. Sacó dos. Una que sujetaba con los dientes y otra que guardaba en el bolsillo de su abrigo. Sonreía a su gula. El pasillo volvía a crujir, esta vez como despedida final en el camino a la puerta.  Al girar las llaves para cerrar volvió a pensar en las rutinas, en las manías, en los usos y costumbres que se pegan a cada uno con el roce y a la fuerza. Bajó las escaleras con la misma celeridad que había tenido en todos esos momentos, con la misma paz y cuidado de no ser visto ni oído, como si al resto de vecinos con los cuales no se había cruzado nunca les importara saber quien y a que horas entraba o salía o subía o bajaba de su edificio. Dudó por un momento. Parado en la puerta de la calle, entreabierta ya. Dudó de esas cosas de las que uno puede llegar a arrepentirse. Dudó del bien y del mal. El roce frio de las llaves seguía entre sus dedos jugueteando. Dudó. Pero siempre la duda trae una decisión. Sacó la llave del juego y la metió en el buzón sin chapa. Anónimo. La calle era tan silenciosa como el resto del mundo que le rodeaba. Intentaba que además su cabeza también se mantuviera un poco callada. Al menos para disfrutar del camino a la estación. Cada paso era repetido, pero no por ello era común. Cada paso siempre descubre algo: un detalle, un adorno, una puerta o una luz. Recordó su galleta. Los zapatos daban ese toque misterioso haciendo ese ruido de andar que tantas cosas evoca, que tantas imágenes trae. Los pasos eran los últimos. Entonces como un peso, como una losa, descubrió que eran los últimos que daría en mucho tiempo, e incluso puede que tuviera que preguntarse si desandaría ese camino alguna otra vez. El estruendoso silencio le hacía detener el ritmo de sus pasos. El olvidado recuerdo. El amor odioso. El parado viaje. No había podido evitar el ruido de su cabeza en aquel movimiento de alma. La estación se acercaba como un sonido que aumentaba lentamente, como un anuncio a la salida de un mundo. El tiempo se había detenido apenas un momento, pero los trenes que no respetaban nada le habían devuelto a la realidad. Profunda respiración, bostezo del alma. No se puede dejar atrás lo que nunca se abandona…

martes, 4 de diciembre de 2012

29.


Rebusco entre los cajones de todos los armarios. Las mudanzas tienen estas cosas del orden desordenado; un día lo colocas todo en un nuevo lugar y pasan seis meses hasta que decides volver a necesitarlo. Ahora busco una bufanda. Tengo muchas. Es una cosa curiosa. También tengo muchos guantes de la mano izquierda, pero eso es otra curiosidad. Casi todas mis bufandas son grises. Negras, grises, oscuras. Como el invierno. El frio llega y parece que hay que combatirlo desde la oscuridad. Quedarnos agazapados, encogidos y discretos para que no nos afecte mucho. Evidentemente no es algo común o general, pero parece que cuando llega el frio, ver colores vistosos en abrigos o gorros o bufandas es más llamativo que hacerlo en los tiempos donde el sol nos glorifica. El invierno oscurece. Hay gente alegre, y gente triste, y melancólica, o pizpireta, que viste claro, o de colorines, o incluso tiene un abrigo largo negro, porque parece que es una de esas cosas que hay que tener. También hay abrigos rojos, guantes verdes, e incluso pañuelos de vivos colores. Pero mis bufandas son casi todas grises. Casi. Tengo una de colores. No son colores muy disparados, de esos chillones. Son colores. Alegres. No la encuentro.  Quizá sea de persona seria llevar una bufanda gris, de esas como  las que anuncian los trajes elegantes cuando en verano los corteingleses y derivados dicen que se acerca el invierno. A veces lo dicen en inglés, que parece más frio. Quiero abrigarme. Quiero encontrar esos colores que me tapen un poco la cara ante el frio. Quiero estar preparado par respirar el aire caliente que se cuela por las lanas de esa bufanda de colores. Los días de invierno, como cualquiera sabe, son pesados. Son largos. Son extremadamente plomizos cuando el despertador te grita al oído, y tienes que salir de casa a la inhóspita calle antes que despierte el día y vuelves sin ver el sol. Vuelves sin saber de que color es el cielo de ese día que has pasado abrigado entre capas y entre techos. Al menos abrigarme con recuerdos, con caras, con colores. Me siento un momento a visualizar mi desorden. Todo revuelto en la búsqueda de aquella prenda. No puede andar muy lejos. De repente se apodera de mi un pensamiento, un sentimiento de hundimiento ante la posibilidad de haberla perdida en el devenir de aquel trasiego de enseres y vidas y almas y recuerdos que es aquel cambio. Entonces piensas y estrujas la cabeza, porque aquello no valía mucho, nada quizá, una bufanda. Tengo muchas. Pero quiero esa. Aquel regalo que llegó para desechar todas las grises, todas las negras, todas las oscuras. Todo se hace más frio entonces, mas pesado. Todo es peor. Todo el desorden es mayor cuando piensas que se perdió y farfullas lo despistado, y lo idiota que eres por perder eso. Por perder eso y no otra cosa, por despistado, por tonto, por tanto. Suspiro. A veces cuesta un poco resignarse cuando uno es culpable de lo que le acontece. Cuando no puedes hacer nada más porque nada más hay que se pueda hacer. Busco los pañuelos, las bufandas, aquello pares sueltos de guantes izquierdos, los gorros, gorras y sombreros, unas orejeras, dos cuellos polares, y tres chaquetas. El invierno sobre la cama. Pero no está mi bufanda. A veces me desespero cuando las cosas que llegan escapan a mi control. Tengo que reordenarme para saber que los días fríos tienen que pasar, y que aunque yo no lo vea en ese devenir estacional, el sol está ahí, y el cielo es azul, y que en primavera o en verano también llueve y no tengo paraguas. Mi bufanda de colores estaba guardad en otro lugar. Alejada de contaminarse de grises y oscuros pensamientos abrigados, me aguardaba resguardada en otro momento que no lugar. Sonrío. El invierno no me da miedo ya.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Año Cuatro

Hay muchos días que abro el Word, lo miro, escribo unas líneas, y me canso. A veces queda ahí, pendiente en mi escritorio de una nueva oportunidad. Otras, directamente desechado sin más vida que esas letras que comenzaron pero no acabaron. Me gusta pensar que no es un reflejo vital; que no tiene nada que ver con lo que pasa en la calle, en mi calle. Que dejar las frases inconclusas no responde a una tendencia desanimada a no completar nada. Me alivia pensar así, independientemente de que sea o no sea verdad. Para eso es mi pensamiento. Siempre digo que escribo mucho. Es cierto, y es además un claro ejemplo de aquello de: cantidad no es igual a calidad. Puedo pasarme repasando una y otra vez aquella historia que escribí hace meses para simplemente cambiar una coma, un punto, o una palabra por otra sin alterar para nada su estructura, simplemente por el hecho en sí de variar algo. Inconformista. Algunos de los textos que pasan esa pequeña criba vital que hace que lleguemos a la ley de todas las cosas, a ese folio pervertido por letras, quedan relegados como subproductos infames, desmerecedores de segundas lecturas, condenados al ostracismo y el olvido por un desarrollo subjetivo de la mala calidad. Mejor ser yo mismo el crítico criticón y fustigarme, cuarenta latigazos, por haber escrito sin medida ni mesura aquellas oraciones. Vivimos en una época de letras: blogs, Twitter, Facebook, elementos que aúnan la escritura y las imágenes, pero que nos limitan a dejar en unos pocos caracteres las ideas más extensas. Muchas fórmulas para poder no decir nada. Nuevas vías de experimentación para auto-probarse, aunque siempre se vuelva sobre los pasos seguros y ya conocidos.  Muchas fórmulas para leer opiniones, barbaridades, sentimientos. Muchas formas de arrancar un principio de algo, una chispa para prender la mecha de aquella idea que desarrollar. Siento rabia en bastantes momentos por aquello que leo y me sale de manera natural escribir y responder y contestar y rebatir y callar y levantar la mano sobre el teclado. Pero no me atrevo. No quiero a veces dejarme llevar por esos impulsos, y termino escribiendo del mar y de los peces. Quizá vaya llegando el momento, el tiempo de cambio. Evolución. Los estados de ánimo a veces son colores que no permiten mostrar todo lo que tenemos dentro porque la rabia, la ira, el enfado son pintura negra que no sirve para mezclar. Estados de ánimo que en el último año me hacen abrir y cerrar puertas y Ventanas y Ojos y vidas y gentes a las que quiero decir sin decir nada, que queda muy bonito y muy poético. El Word me da oportunidades con su facilidad de borrar y de corregir, de aumentar y de empezar una y otra vez. A veces pienso en lo estupendo que sería vivir como escribo, pudiendo corregirme, guardarme, desecharme, publicarme, vocearme o simplemente compartirme.  Me gusta la apología del tiempo, de los viajes fantásticos que nos proporciona dejar constancia de nuestra existencia, de nuestra vida.
Me siento frente a la pantalla una vez más, como tantas otras para detener mi tiempo corriente, cotidiano, habitual, y transformarlo en un paréntesis, de esos que tanto he tenido, en el cual el tiempo pasa diferente, la vida pasa distinta, el ambiente es controlado como si de un laboratorio se tratara, y aunque después tengo que abandonar ese lugar aséptico para volver a otras realidades, queda la impronta del segundo, de esa milésima de tiempo infinito en el cual quedamos suspendidos temporalmente.
Miro atrás de este año… añoro, olvido, deseo, conozco, siento, escribo, borro, comparto…

martes, 11 de septiembre de 2012

Vacaciones santillana 13

Siempre hay que aprender algo, aunque ese aprendizaje no sirva para mucho. No todo el mundo sabe clavar un clavo recto, o pintar sin que se noten los brochazos, o cambiarle la tierra a una planta. Quizá estas cosas no nos ayuden a ser más felices ni mejores personas, pero aprendido queda. También hay gente que se pasa su vida aprendiendo a querer. Cada cual es alumno de sus cosas. El verano es una época dónde tendemos a no aprender nada serio ni necesario. Son vacaciones, descanso, Sumer time, y a veces dejamos nuestras mentes en modo poco receptivo para poder vivir con lo justo. Suerte de aquellos que tienen ese tiempo para no hacer nada, para descansar cuerpo y mente y alma y cargar las baterías para los periodos de máxima necesidad neuronal. Ahí están los menos afortunados, o no, que en estos tiempos nunca se sabe, que se pasan la época estival renovando trabajos o adquiriendo nuevos, de esos de “trabajos de verano” que se llama. Quizá aunque no queramos, terminamos por aprender alguna lección. Seguramente los de campo y playa conozcan alguna historia nueva, algún monte nuevo, o el significado de alguna palabra, como “aquelarre” (por poner un ejemplo) un paso de un baile, o la posición de alguna estrella. Los de poco veraneo son los que aprenden esos pequeños oficios artesanos o gremiales, y que tampoco les servirán cuando lleguen sus trabajos invernales. Desaprovechamos el tiempo que nos queda libre. A veces me siento en el jardín de mi casa, cansado de todo el día, y lo único que me apetece es respirar al fresco del césped, de los aspersores. Cansado de cuerpo, de mente y con ganas de poder respirar un poco de vacío, sin más. A veces tenemos que aprender a desconectarnos. En un futuro, los hijos de nuestros hijos llevarán ese botón de desconexión que les hará un poco más felices. Reset. Saltar de un tiempo a otro para olvidar y no ver las cosas que nos rodean y poder cargar las pilas de verdad de la buena… Tengo que dejar de pensar estas cosas. O de fumar drogas. O empezar a esnifar azúcar glas a ver si me endulzo los pensamientos un poco para no amargar el césped. Necesito parar un poco. Dejar de estar pendiente de que todo esté ordenado, aprender a desordenarme, a no estar pendiente, a disfrutar de los errores y los conceptos desconceptuados. Necesito un paréntesis vital en todo este tiempo de aprender. Necesito. El verano se acaba, apuro el cigarro con un poco de olor a septiembre en el aire, y pienso en regresar a casa. Aun me queda casi un mes de vacaciones forzosas por no tener más trabajos. Aun se supone que puedo disfrutar de algunos aprendizajes menos útiles. Pero mientras se consume la colilla de este ultimo pitillo del día, se consume mi pensamiento de soledad. Tengo que aprender cosas que tengo que hacer sin que nadie las tenga que hacer conmigo. Tengo, tengo, debo, tenga, tenga, deba. Quiero. Me voy a pasar las estaciones pensando demasiado. Los aspersores comienzan a funcionar puntuales como cada noche, y eso me anuncia mi hora definitiva de no estar más ahí. Refresca, que dirían. Hoy no he aprendido nada. De hecho, hoy no he hablado con nadie. Miro el teléfono, con tantas formas de comunicar incluidas. Parece que tenemos que aprender a vivir sin pensar en el verano. O al menos sin pensar mucho en este verano… Me sonrío. Soy un mentiroso. Quizá el peor mentiroso. Soy el que se miente a si mismo. Porque hay cosas que pasan en verano que se recuerdan toda la vida. Hay cosas que pasan en este verano que vistas con los Ojos adecuados serán siempre recuerdos imborrables. Soy un mentiroso que no pasa un día sin aprender algo, aunque este algo no sirva para mucho. Para nada…

jueves, 9 de agosto de 2012

Vacaciones santillana 12

La siesta de verano es complicada. Estaba sudando, like a chicken, y me notaba perdido, de esas veces que llegas a perder la noción del tiempo y te asustas porque no sabes en que momento vives, y piensas que has perdido toda la tarde y llegas tarde y se nubla todo y es un desastre. O algo. La ducha refrescante es lo mejor. No, no es verdad… tengo una teoría acerca de lo beneficioso del agua caliente en verano y fría en invierno. Siempre lo pienso cuando me abraso en la ducha en agosto. Había sido un sueño muy raro en esta siesta y quería recordarlo para que no se me olvidara. Estaba comiendo con un grupo de alumnos míos, comida de fin de curso veraniego, y al terminar de comer volvíamos a la escuela a clausurar el trabajo. El camino que andábamos era muy tranquilo, y se transformaba poco a poco, hasta hacer que las calles que recorríamos fuesen las calles de mi pueblo. Estábamos en mi calle del pueblo. Una calle céntrica, pero no muy ancha. El grupo se andaba paseando, sin prisa, poco a poco nos acercamos a una enorme máquina de alguna obra, una grúa o una pala o cualquier otra grande naranja de esas típicas de las construcciones. Ocupaba toda la calle, bloquenado el paso a otros vehículos. Estaba parada justo enfrente de la que había sido mi casa. Pero ahora esa casa estaba cerrada, clausurada, vieja y con pinta de abandonada. Por un minuto me quedo mirando la fachada agrietada. Ahora ya no hay grupo, estoy solo delante. Es entonces cuando una voz me llama de uno de los balcones del piso superior. Es un chico, joven, con pinta de extranjero. Me reclama la atención. Está atrapado dentro de la casa y no puede salir. Le digo que salte sobre la máquina, que casi llega al balcón y descienda por ella hasta el suelo. Así consigue bajar. Me lo agradece, me abraza. Es como si nos conociéramos desde siempre. No lo reconozco, pero es familiar. Decidimos andar, pasear. No recuerdo de que hablamos, o si hemos ido hablando. Al doblar una esquina apareceremos en otra parte del pueblo, en otra zona, en los Paseos cercanos al parque, donde se ponen las terrazas de los bares de verano. Andamos tranquilos, las terrazas están llenas de gente que habla tranquilamente. Es de día aun. De repente una voz familiar me llama la atención, me llama por mi nombre. Hace que me gire a buscar a esa persona. Es mi abuela, mi abuela materna. Está sentada y lleva un niño pequeño en brazos, un bebe. Mi abuelo está a su lado. Se levanta para saludarme, para preguntarme que hago por el pueblo; yo les digo que quiero presentarles a mi amigo, pero ya no está. Ahora en su lugar hay un señor mayor. Un hombre que está ahí donde debería estar ese chico. Pero es la misma persona. No me extraño, no me asombro. Sigue siendo él, pero ahora es un tipo viejo. Mi abuelo se acerca, lo saluda, lo conoce. Mi abuelo materno era policía local, y parece que se conocen de aquella época. Hablan. Se conocen, pero es como si hubieran estado en bandos opuestos, como si aquel viejo hubiera sido un delincuente de poca monta al que mi abuelo hubiera tenido que seguir alguna vez. Pero ahora ambos están jubilados, son mayores, noto cierto aprecio. Mi abuelo me advierte: “ten cuidado” pero se ríen los dos. Yo me acerco a ver a mi abuela, que me enseña sonriente el bebe que tiene acunando. Entonces, me despierto. Sudando, empapado. Extrañado por todo lo que acaba de pasar. Pienso que es un sueño con muchas metáforas, o señales, o indicios, o cosas de esas que se pueden interpretar. Suspiro. Me tengo que duchar, he quedado para cenar con unos amigos en un restaurante nuevo. Un japonés. A la cena también viene una alumna sueca que tengo, que es camarera de ese restaurante, pero hoy libra y quiere acompañarme. La llamé para hacer la reserva y se auto invitó. Dice que así nos hacen descuento, y a ella no la esperan en casa por la noche y podemos desayunar juntos. Una chica sueca que trabaja en un japonés en España… Pero ese será otro sueño…

domingo, 29 de julio de 2012

Vacaciones santillana 11

Quizá lo mejor de esta situación sea  que aun mantenemos ciertos instintos animales. Aun en este estado llega la capacidad de hacer una reflexión profunda; o quizá más que hacerla, recordarla de tantas otras ocasiones. Esas en las cuales sin saber cómo ni porqué, de esa manera tan diestra amanecemos en nuestras camas, acoplados y solventes. No tanto por el hecho, sino por la posibilidad de ello (se complicaba un poco el pensamiento entre tumbos y paradas para sostenerse en las paredes). Los animales se mueven instintivamente de un lado a otro, a veces recordando senderos, a veces dejándose llevar por las corrientes, y otras porque es el camino aprehendido en el coco de esos bichos y les da la salvación a sus designios. Así es como nos pasa algunas veces, cuando después de una alcohólica velada somos capaces de llegar a nuestros destinos, sin saber la forma, y desafiando a las leyes de la gravedad (parada técnica para recomponer la mirada). Es pensar que esos bares, “pubs” y demás antros de mala muerte, no pueden ser de otra forma a estas horas de la mañana, tuvieran o tuviesen sus propias gravedades y condiciones físicas, de forma que es cuando decides salir a la calle para retomar el camino de la decencia y el decoro, comienza a tambalearse el mundo. Los pasos comienzan con cierta dignidad y linealidad, pero poco a poco esa línea se tuerce, la calle se dobla y los adoquines, pequeños cabroncetes, se mueven y sobresalen para ponernos en serias dificultades “equilibrísticas” (creo que el coche en el que me estoy apoyando se mueve). Aún y con todo eso, estamos hechos de material  animal y sabemos que nuestro instinto primitivo de supervivencia nos hará llegar sanos y salvos a nuestras casas o al menos lo intentará  (ya visualizaba la última esquina para llegar a casa. La cabeza me daba más vueltas ahora, y los pensamientos etílicos se complicaban). A veces nos despertamos a medio vestir, o quizá mejor dicho, medio desnudar, porque nuestro consciente perdió la batalla con el cansancio, con el subconsciente o a saber con qué cosa, y nos quedamos dormidos agarrados a la camiseta con los pantalones a medio quitar, sentados en la cama, nos despertamos al pegar una cabezada al aire, temerosos de rompernos el cuello y que en nuestro epitafio rece “Murió desnucado y borracho con los pantalones por los tobillos”). Supongo, razonamiento asociado a la ginebra, porque no lo puedo confirmar, que gracias a esos instintos también nos movemos por la senda vital que nos atañe, defendiéndonos de las caídas, de los caminos angostos, de las dificultades al fin y al cabo, que al estar embriagados nos produce distorsión de la realidad trascendental que nos rodea. Es esa misma sensación. (La cerradura de la puerta parece que no quiere estarse quieta, y se mueve para no ser violada por la llave, y me dificulta este paso. Me sujeto al picaporte para no perder el poco equilibrio que me queda).  Muchas historias nos suceden en nuestro día a día, que distorsionamos, como si de borrachos se tratara y es nuestro lado animal, el instintivo, el que acaba guiándonos para no perdernos en el camino. Al entrar, golpeo una silla, se mueve hace ruido, y me veo en la obligación de chistarle, pensando que puede escucharme. Por un momento me quedo parado, medio tambaleándome, miro la silla, y recuerdo que las sillas no escuchan ni hablan ni se mueven solas. Me rio solo. Miro el reloj, pero no soy capaz de ver las agujas. Con mucha dificultad subo las escaleras, aguantando como un campeón el estomago revuelto, la cabeza que se escapa y la dificultad de respirar con naturalidad. Busco el teléfono para volver a intentar ver la hora. Malditos bares que abren hasta tan tarde, o tan temprano.  Mi instinto por llegar me acostará, y él mismo, hará que mañana piense en superar otro día.