lunes, 31 de octubre de 2011

Dar la vida y el alma a un desengaño.

Las miradas se cruzaron como en un duelo de aquel formidable “far west”.



Y entonces comenzó una escena irrepetible…




(Rellano de un entrepiso, Él está sorprendido ante la persona que le ha abierto la puerta; ella, sujetando la puerta aún, se sonríe ante el hecho. La bombilla titila cual película de suspense de carretera)




El.- (extremadamente alterado) ¿Tú?




Ella.- (con una sobrada solvencia) Elemental Querido Watson….




El.- (con aplomo) Sherlock nunca dijo eso en las novelas.




Ella.- ¿Que?




El.- Que és una frase popular que la gente dice, pero que Sherlock Holmes no dijo nunca en los libros.




Ella.- Eres un listillo.




El- Sí, me lo dicen mucho.




(Se produce una pausa incómoda. Ninguno de los dos aparentemente sabe cómo dar el segundo paso. Parecen tímidos, pero no és más que una pose, ya que ambos tienen claro cuál es el paso a seguir)




El.- Entonces…




Ella.- (casi simultáneamente) ¿Si?




El.- ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué estás haciendo tú aquí? ¿Quién eres?




(Pausa. Ella baja tímidamente la cabeza… las manos de ella bajan a su propia espalda, escondiéndose, tímidamente también. Cuanta timidez)




Ella.- No deberías querer saber tantas cosas. Hay cosas que es mejor no saberlas.




El.- Yo sólo... Es por mí… me duele y… (Llevándose la mano al pecho, acusando un fuerte dolor)




Ella.- Quizá entonces tenga el remedio.




El.- ¿Y para eso tanta intriga?




Ella.- Correcto (y casi simultaneando la acción con la palabra, saca desde su espalda una pistola, concretamente una Remington, la cual amartilla parsimoniosamente, y acto seguido tras apuntar ente ceja y ceja, dispara certeramente, haciendo caer el cuerpo de él sobre el suelo, supuestamente frio del rellano)




Ella.- (Mirando el cuerpo inerte y la pistola humeante) A veces la sanación requiere medidas más drásticas que el propio dolor para dejar de sufrir.




Una escena irrepetible es aquella que no se puede repetir nunca más…

martes, 11 de octubre de 2011

21.

No hay duda, no voy a descubrirla piedra filosofal diciendo aquello de “somos animales” Pero es cierto, y cada día más, y cada día lo miro desde diferentes ópticas. No me gustan, o al menos no me gustan las mascotas. Quizá sea el lado más insensible que tengo, si acaso que no te gusten los perros puede llamarse ser insensible, o que me produzca la misma ternura un gato que una maceta. Este razonamiento es un poco triste. A veces pienso que es muy triste mi vida, que pensar en un ser vivo al que tengo que cuidar porque no se puede valer por sí mismo, encerrado entre mis cuatro paredes, sin posibilidad de aprender, de evolucionar a una vida donde pueda valerse con independencia (gran diferencia de tener un niño…) y evidentemente, el propio egoísmo: que un bicho no es igual que un hijo (por mucho que algunas personas quieran a sus mascotas más que a sí mismas)Creo que es mucho mejor la honestidad con uno mismo para saber que no podemos ocuparnos de otros que no seamos nosotros mismos. Quizá sea egoísmo, o es posible que sea más bien lo contrario.


En estos días me he encontrado con dos cosas, que me han llevado a reflexionar, a pensar en los animales, en las personas, en lo que nos rodea con esa capa de pintura. Escuché una frase, de una amiga, que comentaba como parecía que contaba su año, como un “año de perro” haciendo alusión a la intensidad, referenciando la causa de esos siete años perrunos que se viven en un año humano. Unas risas de todos los interlocutores que estábamos ahí. Pero esa semilla se sembró en la cabeza esta tan absurda que a veces tengo. Años de perro, años que pasan por nuestras vidas cargados de tantas cosas, de tantas circunstancias que parece que los hemos vivido de una forma tan intensa que mirando desde adelante, y mirando atrás, juntamos experiencias que otras personas no llegarán a tener en siete años. Vidas tristes, vidas excesivas, vidas intensas. Siempre se ha hablado de la “perra vida” o de una “vida de perros” o incluso de un “día de perros” cuando nos referimos a algo negativo. Mi cigarro se consume en el balcón mientras reflexiono la negatividad mientras miro un perro que pasa mientras suena en la televisión una canción de Juan Perro (es la universal mentira de quien escribe… por cierto, sonaba “No más lágrimas”)


Apago mi cigarro imaginario sonriendo al recordar la otra anécdota animal de la semana. Ayer (Ayer siempre fue mucho más poético que el otro día) en uno de esos días perros sin ganas de esforzarme por comer, decidí pasar por el asador de pollos cercano a mi casa. Como era día de “entre semana” no tenía que esperar colas para pedir medio pollo asado para llevar. Con la diligencia habitual, procedía a servirme el camarero. Trinchar el pollo, llevarlo a la tabla, afilar el cuchillo, partirlo, meterlo en una bolsa y envolverlo en papel de estraza. Mi medio pollo. De repente, al devolver al calentador el resto del asado, se le escapó y recorrió unos metros por la barra del asador. “Está vivo” dije “Quiere ver mundo” contestó. Entonces pensé que esos pollos, los que tienen allí en aquel asador de barrio que los domingos genera colas ingentes de personas en busca de su comida, que puede hacer unos mil pollos asados al mes (datos ofrecidos por la oficina de estadística de “a bulto”) esos pollos, recorren más camino muertos que vivos. Que vivos nacen, crecen (vivan los piensos de crecimiento rápido) y mueren sin ver más allá de su jaula. Una vez preparados salen de sus granjas a las carnicerías, asadores, comercios y mercados alejados de aquel lugar. Aquellos animales “veían” más tierra una vez muertos. Que no nos pase eso nunca…


Me tumbo en el sofá para dormir un poco tras tanta sesuda reflexión, barriga llena, somnolencia de la siesta, y ganas de estar acompañado. Instintos…

domingo, 25 de septiembre de 2011

Blanco.

Una de las cosas que ofrecen las grandes ciudades es el tiempo. Tiempos para hacer algunas cosas sin tener más remedio que hacerlas, porque no te queda más remedio. Las grandes ciudades nos ofrecen grandes distancias entre dos puntos y la necesidad de autobuses, trenes y suburbanos… el “metro” para llegar de un lado a otro. Las grandes ciudades nos obligan a montarnos y hacer viajes sin querer. Siempre pienso eso cuando cuento que devoro los libros, que muchas veces la novela de turno me dura tres días. Que puedo leer tres o cuatro libros al mes sin grandes esfuerzos, sólo con el tiempo que paso moviéndome de un lado a otro. A veces juego con el teléfono a las cartas, hago solitarios, tetris, o mato pájaros enfadados. También sirven estos tiempos muertos para repasar apuntes, notas e incluso llegado el caso, estudiar directamente (hay trayectos muy largos) Yo he encontrado en los últimos tiempos una cosa más que hacer durante esos viajes. Cuando encuentro mi asiento, saco mi agenda de la mochila y busco las páginas pasadas, las páginas en blanco. Localizo una víctima, una figura, un detalle, algo que me parezca llamativo. Rebusco en el fondo de la bolsa para coger mi lapicero del uno. La página en blanco me mira, yo miro mi objetivo, el lápiz mira el folio vacío, y tras tantas miradas de deseo, comienzo a intentar plasmar el modelo elegido. Pintar, dibujar, trazar, manchar e intentar al menos pasar el rato. Me quedo mirando los detalles, los zapatos de las personas que dormitan, las manos de quienes van sentados frente a mí. No se me da bien pintar caras, así que muchas veces mis figuras son seres sin rostro, inexpresivas. Tampoco coloreo bien. Es una curiosidad curiosa. No coloreo lo que dibujo; me quedo con las estrías borrosas del carbón, que llenan con líneas múltiples unas rayas de un instante. Esta mañana no encuentro nada que me llame la atención para dibujar. El metro va lleno de figuras que no son capaces de transmitirme nada, que no pueden acoplarse a mi página, nada que pueda capturar el lapicero. Las estaciones pasan, mientras dibujo mi propia mano izquierda, garabateo mi nombre, o hago números como si fuesen cartillas de Rubio. Las paradas van una tras otra. En una de ellas una chica se sube, discreta, moviendo se despistada, como si toda aquella maraña de personas y gentío no fueran de su hábitat. Mira los letreros, las pegatinas, y mira su plano como estudiante exploradora. Lleva un bolso de tela, una camiseta y unos pantalones anchos. Ese look hippy que me llama la atención. Peligrosa, seguro. Comienzo a mover mi arma sobre el impoluto papel cuando decide quedarse quieta, apoyada en la puerta cerrada que hay frente a mí. Lleva los auriculares puestos, los del teléfono, y parece que habla con alguien, muy seria. Tiene los ojos bonitos. Me da vergüenza mirar mucho rato, porque a veces me siento un poco acosador. Siento que robo trozos de alma cuando dibujo a alguien en secreto, que me llevo un trozo de su vida en mis hojas. Furtivas miradas para captar detalles, arrugas, una piedra al cuello, los pies que muestran las sandalias, y las uñas pintadas. Mi mano se mueve animosa, intentando ser fiel a lo que veo. Mi estilo es rudo, enmarañado, lleno de trazos que no sirven mezclados con otros que parecen pertenecer a esa figura. Mi parada se precipita ahora, y mi dibujo se termina sin esa cara. Apresuro a recoger mi estudio de arte portátil, para salir con la sorpresa del acompañamiento de aquella figura. Mis pensamientos se aceleran. Pienso en devolverle el alma, en acercarme. Pienso en ser un loco o que piense que soy un peligro. No sé qué hacer. Arranco la página de mi agenda, sólo hay un momento antes de salir a la calle, y me vuelvo sin pensarlo más



… perdón, sé que te pareceré raro, pero te dibujé y bueno, no sé, es tuyo…



Me volví con sus ojos clavados, incrédula, cruzando las miradas por primera vez.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Vacaciones santillana 9

Estoy muy cansado. Hoy el día ha sido un poco más largo, un poco más pesado, y un poco más duro de lo que esperaba encontrarme cuando amanecí. Además estoy un poco triste, que parece hace que las energías se disuelvan en los pensamientos y en los recuerdos de este verano que termina. Por alguna razón, esas cosas de la sugestión creo, la música que va sonando en mis auriculares se agarra a un final, a una representación de algo que termina irremediablemente. Nada trágico; no lo és nunca aquello que sabemos que tiene un final que sabemos llegará. Todas las canciones suenan a despedidas, a desamores, a historias que suenan “mejor solo que mal acompañado” Al final todas vienen a decir lo mismo: que triste estoy y que poco me quejo (o parecido) Me sonrió mientras pienso que debería empezar a escuchar más música en inglés, de cualquier modo, de cualquier estilo, porque total, no entiendo la letra, y la ignorancia, a veces, nos da la felicidad. Quería cerrar mi día contento y feliz cual regaliz, meterme en la cama sin pensar en nada más que en despertar al final del verano y volver a los ciclos y círculos que abren y cierran. Quería terminar el verano pensado en todas las cosas positivas que he aprendido en los últimos meses, en las gentes y las relaciones que han aparecido para salpimentar sus momentos. Quería parpadear para respirar profundo y dejarme llevar por el latir del sueño de un día cansado. Por querer, que no quede. Muchas de esas intenciones se van a cumplir cuando termine de preparar de mi agenda, mis recuerdos, y mis días que vendarán, cuando me meta en la cama, vencido ese insomnio que me acompaña como compañero fiel (a veces me da pena pensar en librarme de él, que está ahí siempre) y entonces algunas intenciones se quedarán. Otras no pasarán por aquí hoy porque el cansancio se lo impedirá, porque la tristeza no me dejará ponerme más bucólico-melancólico. Me asomo a la ventana, a recoger el olor de la tormenta de verano que ha pasado hoy por aquí para completar el día, para fumar el último del día conmigo y relampaguea y truena aquí, en esta ciudad a la que le cuesta tanto oler a naturaleza. Mi calle a estas horas es tranquila, serena y asemeja a cualquier calle de cualquier lugar, camuflada como capital del reino, podría ahora pasar desapercibida. Caladas finales, y pequeña luciérnaga artificial que vuela desde el tercero. El ordenador parpadea encendido. Apagar. Me encuentro cansado en este final de verano, en este principio de curso. Toquemos retirada, la cama espera, los sueños esperan, los recuerdos esperan, el futuro aguarda para ser descubierto y seguro que hay canciones menos tristes que llegarán a nuestras orejas. Aunque sean de Raphael…


viernes, 19 de agosto de 2011

Vacaciones santillana 8

Está siendo un verano extraño, mucho menos movido que lo que se preveía en el aquel lejano mes de mayo. Madrid me resguarda entre sus paredes. Al menos existen en mis rutas diarias tres o cuatro sitios donde el aire acondicionado da un respiro al mes de agosto.


Vuelvo a no dormir nada bien. Me hago mayor, y ahora mis ratos de desvelos y vueltas vienen acompañados de un dolor de cabeza machacante y resacoso. Doy vueltas en la cama, en el sofá, en la silla. El calor silencioso se apodera de mí. A veces me siento en el sillón junto a la ventana, para leer o simplemente para estar ahí a la luz, y noto como la piel se tiene que acostumbrar a los cambios de temperatura, mientras mi cuerpo se retuerce de calor. Las gotas de sudor me empujan a la ducha, al refresco vital, para no hacer nadad más. Mientras ese compañero silencioso que me he buscado en forma de golpeo incesante en mi cerebro, lucha por no abandonarme a pesar de mis esfuerzos. Me duele. Mucho.


A pesar de lo poco que consigo dormir en estos días, de vez en cuando, el cuerpo que es soberano, y hace que caiga rendido a deshoras. Sueño. Algunas cosas son recurrentes. Sueño muchas veces con un coche, con un viaje. Sueño con encuentros en cafeterías. Charlas metafísicas con gentes que ni siquiera conozco. Otras veces con amigos, amigas, conocidos, compañeros. Largas palabras que parece que van arreglar el mundo.


También sueño con médicos. Con una operación. Con un quirófano. Mi cabeza somatiza en sueños mis dolores y me hace andar de consultorio en consultorio. Últimamente, además, estos sueños se entremezclan con otras ideas. Más lúgubres, menos sanas. Que me hacen despertarme extraño. No son pesadillas, no son malos sueños; simplemente son historias que se revuelven con mis dolores y con mis miserias. Será por eso que no quiera mi alma dormir, para no ver esas historias recurrentes y repetitivas. Sueños de siestas tempraneras que apuran el medio día. Sueño con operaciones que me abren e pecho para reparar mi corazón y resulta que no está donde debe. Sueño con puntadas de hilo negro que cierran cada herida. Sueño con reflejos de espejos que me muestran lo que pasa en mi sueño, como si lo viviera en tercera persona. Sueños. Sueños son, dicen.


Despierto de estas siestas o malas noches empapado, babeante, dolorido, y sin tener nada claro las razones ni motivos. Dichoso calor que me aprieta, que envenena mis sueños.


Está siendo un verano extraño, que me hace llevar, como dicen en mi tierra, “muchos cortes” y como se suele decir, “quien mucho aprieta poco abarca” Madrid me aguarda, pero me emperezo vitalmente. Miro la calle, la casa, el rumbo y el destino. Busco como refrescarme para sentarme delante del teclado y no decir nada, sólo porque hace calor y me duele la cabeza. Supongo que las ventajas del tiempo estival son que nadie pide cuentas ni rendimientos especiales, que todos están de vacaciones y no hay que forzar la máquina, o al menos es lo que creo.


Tengo sueño, otra vez…


sábado, 30 de julio de 2011

Vacaciones santillana 7

Este verano he aprendido algunas cosas. No muchas, que es verano y el calor reblandece el seso, pero sí muy interesantes. Hasta incluso útiles en su mayoría… a saber:




1. Irse de acampada es penar


(… que nooo, que no es penar…)(sí, un poco sí…) (…que te digo que no, que sólo es cambiar el chip) (¿y montar la tienda sin martillo?) (hay piedras, nunca hay martillo) (¿y los bichos?) (Si a ti no te pican) (ya bueno, eso sí…¿y dormir en el suelo?) (pero si había un colchón de esos que se inflan) (jo, y menos mal) (si,si,si, que invento ¿eh?) (vale…) (¿y la luna?) (ya…) (¿y la paz?) (bueno…)



2. Irse de acampada no está tan mal


(Mucho mejor esa reflexión, hombre)



3. Sombrillas: DOS


Esto es así. No puedes ir a la playa, a estar agazapado como un ovillo debajo de la sombra de una única sombrilla, moviéndote cual aguja de reloj por la rotación de la tierra con el sol, y ver como tus vecinos de playa están tan tranquilos porque ellos llevaron dos sombrillas dos.



4. El protector solar FACTOR 20 es una macana.


La cosa es que te embadurnas las piernas con esa crema, los pies, los brazos y la cara; te subes en una canoa para hacer una excursión por la orilla del mar, acantilados, playas de difícil acceso, cascadas y demás pequeños paraísos costeros, y cuando llegas a tu campamento te das cuenta que estas abrasado, achicharrado, rojo cual inglés de Manchester en Torremolinos, y que desearías morir antes de seguir soportando tal escozor.


(¿Qué exagerado, no?)(Claro, como a ti no te pica…)(Respiiiiiira…) (¿?)



5. El “After-Sun Cristal” en pulverizador crea adicción.



6. El calor hace que me duela la cabeza un poco más de lo normal.


(Tienes que subir el umbral del dolor…) (¿Por qué?) (Respiiiiiira…) (yastamosquesilabuelafuma…)



7. No hace falta mucho para disfrutar de vacaciones.


Ahí estoy, acampado en un jardinillo municipal, sin saber dónde lavarme la cara, buscando un hueco detrás de un coche para cambiarme de pantalones, cortándole las mangas y el cuello a una camiseta, comiendo bocadillos, esquivando gente dormida por las aceras, y de botellón con limón fluorescente marca “la patata”



8. Soy un surfero-rockero-motero-blusman.


(Creo que tendrás que desarrollar esa idea) (¿es que no lo soy?) (si, si, si…)(¿respiro?)



9. El amor se da sin contemplaciones.


Tiene que ser así. Amar sin condiciones, sin trabas. Hay que darlo todo, la vida y el alma, el calor, la alegría y el llanto, la pena y la diversión, las miradas y las caricias, los “tequieros” y las palabras y los susurros. No se puede amar de ninguna otra forma, de ninguna otra manera que no sea con el corazón desgarrado, con el pecho abierto para dejar salir y entrar todo lo que seamos capaces, sin el riesgo de la equivocación o la aventura del despertar siempre juntos.


Quizá al final no sirva de nada, y ese amor no sea correspondido, o quieras transformarlo (como energía pura que es) porque no se puede destruir, o puede que después de pasar nuestra vida amando a esa persona acabemos muriendo solos… pero siempre habremos sabido que morimos amando como nadie había amado nunca… amando más…

domingo, 24 de julio de 2011

Estar furioso.

Parecía un abuelo; de esos que se pasan el día murmurando o refunfuñando por debajo del cuello de su camisa, quejándose de todo pero sin que nadie les entienda. Caminaba a paso ligero en dirección al metro. Llevaba en la mano el libro olvidado y lo apretaba para que no se escapase, como una prueba de lo que acababa de pasar. Aunque me asomé corriendo a la puerta de la cafetería, la ladrona de post-it ya había huido rauda como el viento, y no pude ver donde la llevaban sus pasos.


“Maldición” dije. Poniendo cara de Clint Eastwood mosqueado.


El metro llegó tras tres tristes tensos minutos, en los cuales ya había desarrollado mi ruta para llegar a la dirección. Consuelo me quedaba de haber usado el teléfono móvil como GPS y tener la dirección guardada. Había calculado la ruta, los transbordos, el vagón más adecuado para la salida y el tiempo estimado en llegar (a razón de cinco minutos cada tres estaciones y tres minutos de media por cada uno de los cambios de tren. Es lo que tiene tener tanto tiempo de espera) Cuanto más avanzaba el metro, más aumentaba mi enfado. Más claro veía la desfachatez de aquella chica. Si quería la dirección, o el papel, o una cita para una noche de amor y pasión inolvidables, sólo tenía que pedirlos.


El corazón me oprimía más. Parecía como si todo aquello afectara a la vieja dolencia, que se animaba con tanta pequeña aventura, espoleada ahora por mis prisas y mis ganas de llegar a tiempo de saber si la ladrona de direcciones había tomado el mismo camino. La boca del metro que tomé daba a la salida tras un largo pasillo de baldosas blancas y verdes. Pasillos interminables, de los de película de miedo. De vez en cuando volvía la vista para comprobar que no me seguía ningún jason y/o /u otro asesino en serie. Soy así.


El pequeño plano del teléfono me llevaba por calles que no conocía, ni rutas que ya hubiera pisado antes. Casi ciego a las señales de la vía, parece que me fiaba más de un cacharro inerte que de mi propia intuición y orientación. Seguía pensando en aquella cara escondida detrás del libro. El libro… Lo seguía llevando encima, sin haberle hecho el más mínimo caso desde que salí de la cafetería. Miré mi mano como para comprobar que aun lo tenía y pasar revista. No lo sueltes, pensé. Al menos sacarás algo de provecho.


La calle de la dirección era pequeña, de esas estrechas y sin mucho sol. La dirección quedaba a mitad de la calle, en un portal pequeño. Parecía de esos inmuebles antiguos, que tenían que pasar la portería y acceder a una pequeña corrala. Dos pisos más arriba. Sin ascensor por ninguna parte. Había mirado los buzones, pero sólo venían indicados los números y letras de los pisos. Sin nombres. Todo color madera y chirriantes, los escalones las barandillas. Me recordaba un piso en el cual estuve viviendo recién llegado a la ciudad, donde cada dos plantas en la revuelta de la escalera había una pequeña balda en un rincón a modo de taburete para poder sentarse a tomar aire.


La puerta cerrada. Timbre. Voces. Ruidos de pisadas. Silencio. Timbre. Más voces. Mirilla que se descorre. Silencio. Timbre. Cada vez más enfadado con la situación de esta parado como un pasmarote, sabiéndome observado. Timbre.


La puerta dejó sonar sus tripas en forma de cerraduras y cadenas.


Evidentemente, la puerta me la abrió ella.