Me canso... anoche me dormí sin querer, por pereza vital, por morir, por dejar de ver un día... Me canso de luchar y sonrío, porque busco señales, porque busco personas, porque busco motivos para seguir con el alma en otra parte. Me canso porque a veces me oprime el pecho, o me duele el hombro, o me estalla la cabeza y no puedo solucionarlo... Me canso porque no puedo descansar sobre la piel que me llama, sobre el pecho que me calienta... Me canso de todo... En mi cansancio me siento triste, me siento forzado, me siento pobre sin poder ofrecer nada porque lo que ofrezco no basta para no pensar en nada más... Me canso porque no quiero bien, porque no quiero... Me canso porque busco estar cerca de todo y lejos de nada... Me canso porque lo sencillo es complejo y no puedo hacer nada por eliminar el ruido que interfiere en la melodía... Me canso de evitar dar salida a lo que siento, de esconder los gritos, de apagar las ganas de incendiarlo todo. Anoche me dormí alejándome de los sueños, sólo porque mi cuerpo lo necesitaba, sólo porque mi alma lo pedía y me canso y suspiro y respiro lento... Me canso...o no...
No me canso y lucho porque todo pasa, porque sé que las cosas son siempre mejores... No me cansa y me despierta el sentimiento de primavera que me calma y me hace no dejar de sonreír... No me cansa vivir sintiendo que siempre podré estar ahí sentado contando lunares en sueños ajenos... No me canso para llegar a todo, a todos, a dar sin esperar más para que el tiempo no pase... No me canso de sentir la alegría de una mirada furtiva de un amante bandido, de la vida pasar con el calor del momento, de sentir la fuerza de las palabras de la esperanza de ese mensaje que nunca llega... No me canso...
Ich warte auf dich...
lunes, 16 de junio de 2014
lunes, 14 de abril de 2014
32.
Estaba hambriento. La verdad es
que no le suelo hacer mucho caso a mi estómago. No debemos caer en las condenas
que nuestro cuerpo nos impone, o que trata de imponer, dándonos sueño, o
hambre, o dolor de pies. Me sonrío al recordar un chiste que me contó un
camionero cuando trabajaba repartiendo flores (pero quizá todo eso sea otra
historia) El caso… por alguna razón decidí hacerle caso a mi naturaleza
necesitada y tomarme un tiempo para malcomer, y al pasar al lado del mercado
aparqué para hacer un alto en el camino. Aún me quedaban veinte minutos… Volví
al coche para degustar mi estupenda empanada y mi zumo escuchando la radio.
Entonces los vi. Pararon su coche, unos metros más allá, en la acera de
enfrente, dándome una posición privilegiada para mi voyerismo. Debían venir de
algún viaje; él bajó para ayudarla con la maleta y sacar esta de la parte
trasera del coche. Al cerrar el maletero, se quedaron mirando unos segundos, y
luego se besaron. Aparentemente era una despedida, o eso es lo que todas las
pistas nos llevaban a creer; pero parecía un reencuentro. Se besaron
apasionadamente. Como si fuera la primera vez que se veían después de un largo
tiempo deseándose, como si hubieran tenido que reprimirse durante días y por
fin podían dar rienda suelta a toda esa ansia. Por un momento me sentí
incómodo, figurándome que estaba violando ese momento de intimidad (luego pensé
que eran ellos los que estaban en la calle y se me pasó) Se besaban en un
imaginario apocalipsis por el cual mundo se terminara y no volvieran a verse, tal
si fuera la primera vez. Volvieron a separarse (yo creo que para tomar aire) y
volvieron a mirarse. Se sonrieron y se despidieron. Ella bajó la calle con su
maleta y él quedó un instante mirándola antes de volver a subirse al coche para
desaparecer. Me quedé con mi zumo, pensativo. Recordé un artículo que había
fusilado de alguna página volandera de internet que se titulaba algo así como
“hay que buscarse amantes” No recuerdo el título exactamente, pero se parecería
bastante. Aquellas líneas no hablaban únicamente de amantes desde el punto de
vista sexual, sino pasional, y por extensión no era sólo de personas de lo que
aquella reflexión trataba. Hablaba de la necesidad de encontrar una motivación
diaria, una pasión que nos haga levantarnos cada día para comernos el mundo,
para “tomarnos el día de mano” y no dejar pasar ni un momento, ni un segundo,
sin desear hacer aquello que estás haciendo. Asesinar a la rutina con el deseo,
casi furtivo, de aquella cosa que se sale de nuestro confort, de nuestra vida
acomodada, y que es casi furtiva en nuestro día. Como ese amante. Como ese
ladrón de besos que se esconde tras las esquinas para pedirnos que no gritemos
mientras se acerca a nuestros labios a robar un beso para salir corriendo. Hay
que tener amantes, hay que desear. Supongo que en estos tiempo tan grises, en
los cuales a veces nos agarramos a trabajos, resultados e incluso personas por
el mero hecho de la seguridad presente, pensar en el bienestar del alma se nos
queda largo. Trabajamos por el sustento, a todos los niveles, y hacemos que
poco a poco la vida nos coma terreno; olvidemos las locuras de niños, de
adolescentes sin dos dedos de consciencia, de locos pervertidos que queremos
hacer el amor en cualquier parte, y nos apresuramos a formalizar un estado
civil con el mundo que nos de algo parecido a una vida normal. Hay que tener
amantes. Hay que ser ladrones de almas y volar. Hay que besarse como si fuera
la última vez que fueras a ver a esa persona. Lo demás no sirve….
Apuré mi zumo, y mandé un
“wassap” al trabajo, mintiendo descaradamente, aludiendo a un terrible y repentino dolor de algo, que
evidentemente me impediría trabajar, pero no hacer el amor y robar unos
suspiros…
miércoles, 20 de noviembre de 2013
31.
Digo muchas cosas. A veces pienso
que demasiadas. De manera que hasta yo me doy cuenta de la cantidad de
verborrea que acumulo. Y todo para que finalmente ninguna de esas palabrerías
acabe por llegar a ningún lugar. Después, pienso entonces, miento más que hablo
y nunca cumplo con todo lo que anuncio. Las palabras que se lleva el viento
como todo el mundo sabe, y hay que darlas con peso específico. A pesar de que
puedas pasarte la vida farfullando es bastante posible que nunca llegues a comunicar
nada, que hables con las paredes de manera más fluida que con las personas, las
almas y los cuerpos. Quizá solo piense que el producir sonidos guturales
construyendo palabras en un código conocido sirve para pasar por la vida de una
manera justa y digna y personal y única y reconocible y perfectamente
clara. Pero la realidad es otra. La
realidad nos sitúa en un mundo de nuevas y maravillosas formas de comunicarnos
más allá de la palabra, y nos deja incomunicados en este orbe en el cual la
comunicación instantánea nos lleva de un lado a otro, y nos aísla de la
necesidad de miradas, de gestos, de tactos y de imágenes. La evocación se queda
atrás para ser adelantada a velocidades incontrolables por líneas de texto, con
caracteres mínimos que nos concentran, por abreviaturas que nos hacen
irreconocibles y facilitan que las voces se acallen en el aire para gritar en
nuestras cabezas. El futuro de las
comunicaciones elimina las palabras que somos capaces de pronunciar por
aquellas que somos capaces de leer. La información visual, la inmediatez, la
insensatez de pensar que con más medios transmitimos mejor. Antes buscábamos el
hueco de nuestra línea de tiempo para en la distancia hacer esa llamada que nos
introduzca en las vidas de las personas lejanas. Ahora puede que simplemente
leyendo nuestra TL encontremos un RT y fue aquella persona de la que estamos
interesados la que al hacer un MD a otro conocido que decidió ampliar con su MT
y crear de la nada un TT que nos informe.
Disfruto con el uso de la palabra. Enrevesado dilema de dialéctica
inútil que enlaza las palabras sin aparente sentido. Disfruto con el buen uso
de la comunicación e intento siempre hacer que la imaginación vuele al recrear
en aquellas conversaciones, escritos y miradas todo lo que a veces no soy capaz
de transmitir o comunicar. Cuanto tiempo que recordar, en ese pasado de los
primeros escritos a mano, a bolígrafo bic, en un papel mal cortado dejando un
reconocible anónimo entre los libros de una enamorada, versos que no sirven de
nada, si al levantar ella la vista de su mesa no encuentra la mirada cómplice
del furtivo poeta de instituto. Se escribe de la muerte de la palabra, de cómo
el wassap, el twitter, o el line, lapidan la comunicación y afectan a las relaciones,
sin darnos cuenta que los asesinos de aquella cautiva palabra somos nosotros
mismos al no saber frenar el tiempo, que textual se pierde entre puntos
suspensivos sin otra ayuda que empujones literarios. A mí me gusta usar todos
esos vínculos. Aprendo a usarlos, a generar en ellos aquellas palabras que me
gusta tanto usar, y que a veces pienso que uso en demasía sin decir nada. A
veces simplemente a veces, queremos decir y sabemos cómo hacerlo… y lanzamos
palabras para que otros imaginen historias…
LOL… y a correr WTF?
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Año Cinco.
Vacío. Ante el folio blanco que
me mira. Líneas que se han borrado mil veces y que se han escrito sólo por el
deseo de pensar que todo puede estar bien, que se puede seguir otra rutina.
Para escribir hay que escribir. No hace mucho tiempo en un viaje en el metro,
lo comentaron cerca de mí: “a veces nuestra vida, nuestros pasos, nos llevan a
un destino que deseamos, pero tenemos que dejar atrás la creatividad para
avanzar. Es un lastre”. La desesperación, el desasosiego, las ganas de tener
entre manos esa idea maldita que nos produzca tal desazón que irremediablemente
nos lleve al imperativo de alumbrar al mundo. Son lastres. Pero debemos ocupar
nuestra cabeza con otras ideas más superficiales, menos íntimas, pero a su vez
necesarias (o al menos eso nos hacemos creer) para caminar por esta vida que
planteamos. Pasa el tiempo y a veces no se encuentra el momento, ni el espacio,
ni la compañía. Pasa el tiempo y parece que no podemos detenernos a desocupar
ese pequeño rincón que es aquella idea que es aquel recuerdo. Las ideas son
como las enfermedades latentes, esperando un impulso que las haga activarse.
Pero tenemos la pólvora mojada. Tenemos que comer, que vestirnos, que entrar y
salir, que ser productivos, y quizá, quien sabe, esto sólo sea perder el
tiempo. Encontramos en el camino aquella persona que nos ilumina, aquel trabajo
que nos despierta, aquel lugar que nos hace respirar, aquellos amigos que nos
motivan, y que alimentan el espíritu, pero entonces dejamos de sufrir por el
folio en blanco. El tiempo de una palabra a otra que nos mueve para no dejar de
pensar en lo importante. Rutinas que por un momento sólo queremos aceptar
porque no son más que segundos programados para una vida mejor. Ahora es el
momento de los puntos de inflexión, de los retornos y de los caminos escondidos
que debemos explorar. Dejar atrás miedos y sombras, y dejarnos arrastrar por
nuestra propia corriente. Otra vez. Al menos hasta que volvamos a morir, y
tengamos que resucitar como cada vez. Quién sabe si esas muertes no son sino
pequeñas pausas, estados de limbo, paradas de emergencia. Hay que usarlas para
resucitar, no para desaparecer. El folio en blanco, el cursor de Word que
parpadea insistente demandando actividad, el ventilador del ordenador como
banda sonora de un silencio que dura demasiado. Lo pienso cada vez, incluso en
el día más gris lo he dicho…nunca he dejado de escribir…simplemente he dejado
de fluir, he dejado de compartir, he dejado de crear cosas inservibles porque
pensaba, creía, apostaba por la creación de cosas que valieran la pena. Que
error tan grande no darse cuenta del mínimo esfuerzo que hay que hacer para
poder cultivar cada día un poco ese huerto fresco sin abandonar las luchas en
las ciudades. A veces nos arropamos de tristeza, de frustración, de auto complacencia
para resistir. A veces creemos que el sufrimiento nos guía y nos da fuerzas.
Nos mentimos porque es más fácil, porque lo maldito tiene más empaque que lo
florido. No sé a dónde voy, ni tengo brújula para mi destino. Seguiré caminos
cortos y largos, buscaré a quien acompañar o a quien engañar cuan Lobo a
Caperucita; cambiare palabras por deseos y amigos por monedas y rescataré al
mundo de su ostracismo… o no… o simplemente recordaré de vez en cuando aquellas
batallas imaginarias, con las calles de un pueblo por trinchera, los coches
ignorantes por enemigos, y el paraguas por fusil, para saber que las rutinas,
que las desesperaciones, la vida que creemos, no puede enterrar indefinidamente
las sonrisas y las motivaciones.
lunes, 18 de febrero de 2013
30.
Era algo muy extraño, pero no
podía dejar de pensarlo. Tendría algo menos de diez años. Tenía claro lo que
quería “ser de mayor”. Quería ser abogado. Pero no un abogado cualquiera; no. Uno
de esos americanos que dejan al jurado con la boca abierta. Uno de esos que sin
saber cómo ni porqué en el último momento sacaban de debajo de su carpeta ese
documento que hacía inocente a su cliente. Yo sería abogado defensor. Estaba
convencido. Mucho. La culpa la tenían algunos programas de televisión: “La ley
de Los Ángeles” “Juzgado de Guardia” y “Tribunal Popular” Estaba enganchado.
Sobre todo a las series americanas. No me perdía ningún capítulo y a veces le pedía
a mi madre que lo grabara porque me tenía que acostar. Quizá en otra ocasión
recuerde que de pequeño era un niño teleadicto. De cuando la televisión solo
tenía dos canales. De los de levantarse los sábados por la mañana para ver los
dibujos. De los de esperar a que mi hermano pequeño con quien compartía
dormitorio se durmiera para escaparme a ver los programas de la noche, las
películas, y un programa de revista que ponían los jueves, y alternaban
teatrillo con canciones. Pero sobre todo, “La Ley de Los Ángeles” Había un abogado guaperas, un matrimonio que
trabajaba en el mismo bufete, un tipo alto, latino, de los primeros actores
latinos protagonizando una serie. También estaba el actor ese que hizo cuando
era joven “Furia de Titanes” (la buena, la de los bichos de plastilina) y un
conserje/bedel que parecía que tenía un retraso, o deficiencia, o algo. Un
jefe, también estaba un director del despacho que era el que ponía recto al
personal. Creo que por aquella época también me enganché a “Canción triste de
Hill Street” y a “Remington Steele” pero no me daba por ser policía o
detective, aunque es cierto que el rollo cara-dura de Pearce Brosnan me llamaba
más la atención. Tanta era la claridad de la vocación que decidí empezar a
estudiar derecho en sexto de EGB. Recuerdo que encontré un manual de derecho
básico en un mercadillo de libros usados y que me lo compré. Recuerdo que me lo
estudiaba en casa y luego hacía a mi mejor amigo del colegio que me tomara “la
lección” para ver si ya podía defender maleantes. Recuerdo que a todo el mundo
que tenía un problema le ofrecía mis servicios. Recuerdo que mi madre me miraba
extrañada cada vez que le pedía poder ver la televisión todas las noches porque
quería ver aquella serie que a ellos no les convencía nada. Los profesores del
colegio, sobre todo la maestra que me soportó hasta quinto de EGB (y que me
tenía sentado a su lado casi todo el curso… y era curioso, porque yo empezaba
sentado en septiembre lo más alejado posible, y acababa como un apéndice más de
su mesa. Me tenía manía. O cariño.) Pues esa maestra siempre me hacía moderar los
debates que ella planteaba en clase. Recuerdo montar juicios en los recreos con
mis amigos para poder sacar a relucir todo lo que había aprendido viendo a esos
abogados, y para poder decir frases rebuscadas, del tipo: “no es menos cierto
que” “quiere decir entonces” o aquella que siempre teníamos que usar “protesto”
Me gustaba hacer de abogado ladino que acosaba a sus testigos, o mucho mejor, a
los testigos de mis ficticios oponentes hasta darles la vuelta a sus
argumentos. Encontré en “Perry Mason” un referente más incisivo para esas
cosas, y en “Matlock” uno con más sentido del humor. Pero yo quería formar parte de “McKenzie,
Brackman, Chaney y Kuzak” Todo tenía sentido. O casi… Entonces, una
noche, paseando con mi padre, explicándole con mis escasos diez u once años,
que estaba loco con esas series, y esos abogados, y esos personajes, me miró, y
me preguntó:
¿Quieres ser abogado o poder
hacer de abogado?
Y aquella pregunta que no supe responder, me cambio la vida…
jueves, 24 de enero de 2013
...y la vida siguió...
Alzó un poco la cabeza para tener
una mejor vista. Para mirar mejor. Levantó la barbilla con cuidado de no mover
ni un centímetro de las sábanas que no fuera necesario. Observaba con
detenimiento como respiraba, lenta y pausada. Aun no había amanecido del todo,
pero por las pequeñas rendijas que había en las persianas ya se intuía la luz
del día mezclada con la anaranjada luz de las farolas. Se podía ver la sombra
entrecortada de los barrotes de la ventana proyectada en la pared. Detalles.
Tantos detalles. Quedaba tiempo aun para soñar un poco más, para intentar no
desperezarse de aquel calor. Suspiro profundo que cierra los ojos y acomoda el
cuerpo caliente al otro cuerpo. Pieles desnudas que son imanes. Que se buscan.
Medias vueltas que ajustan y componen. Notó como se aferraba una vez más a su
cadera, como si volvieran a comenzar la noche. Recuperando las posturas y
posiciones. Calor de cama con aroma a cuerpos dormidos. Media vuelta más.
Notaba como su cabeza buscaba su pecho, se acomodaba y llegaba con sus pequeñas
manos acariciando sus labios. Su pecho se oprimía contra su cuerpo, generoso,
dándose todo. Ahí, en ese momento de cercanía, cuando los corazones estaban más
cerca, abrió los ojos. Claros, limpios, inocentes. Ahí, en ese momento,
volvieron a mirarse sin hablarse, a besarse sin decirse, a recostarse sin
moverse. Medias vueltas que hacía la cama estrecha. Suspiros desnudos de
intenciones. Como resortes, de una forma instintiva, los cuerpos se buscan. Los
cuerpos hacen su trabajo de una manera caliente. Sus manos se buscan al ritmo
que se buscan sus bocas. Las farolas ya no colaboran con la luz, y el frio de
fuera se intuye al sol. Las personas adormiladas se acumulan en el centro de la
cama. Se respiran. Se funden. Ahí, en ese momento, lo carnal despierta y los
cuerpos se vencen. Movimientos a medio despertar que ahogan los suspiros, las
caricias, los besos, los roces, el sexo, las manos, las bocas, los pechos, la
lengua, los labios, las caderas golpeándose, las respiraciones, el placer, la
excitación, el movimiento, las miradas, los Ojos, los mordiscos, la muerte…
Vencidos, al nuevo amanecer, a las nuevas luces de la mañana. Separados un
segundo para coger carrerilla, unidos un instante para despedirse… susurros de
Buenos días susurrados con dormidas y aun adormilados placeres… Se levantó
despacio, lento, reflexionando para dejar que la ducha caliente ayudara a
asentar tan buen despertar, tan maravilloso soñar, tan cálido mundo. Tras la
ducha meditada, el café improvisado, la salida casi furtiva, la nota en la
cocina, la mirada última por la ventana. Volvió hasta aquel mundo de risas que
tan bien siempre se les dio vivir. A rememorar caricias, a comprobar que todo
aquel sueño había sido tan grande realidad. Se acercó, de nuevo, como otras
veces para dar aquel último Beso de Café… Caliente, cálido, calmado… se miraron
como tantas veces. Con todo amor. Adiós. Adiós. Te quiero. Te quiero. Se feliz.
Tu también. Nos miramos. Pronto. Felices. Separados. Juntos. Caminando.
Recordando. Olvidando. Riendo. Aprendiendo. Estoy cerca. Lo sé. Hasta pronto,
O. Hasta siempre, N.
…Morir
sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba…
jueves, 13 de diciembre de 2012
20x140 caractéres (o casi)
...balanceándome bruscamente, bajo bisoñas brumas, busqué burdamente
brazos, bocas bacantes...baldías... Breve bosquejo brota...besos...
…días de dudas, dolor de duelos, disparos disipados después de
desearlos...despacio, dices... despacio...
…estando en ese estado exaltado, entro él: el excitado, enfrascado
entre erróneas exclamaciones ¡era ella!
...hoy hay ahí, halladas hundidas, heridas habitaciones húmedas, huecos
hechos, huesos ahincados ahondando huellas; ahítos...
…Los lunes lentos, llanos, llenos, lánguidos; libidinosos lunares; los labios libres; la lengua lanzada, lamidos los lóbulos; la luna... ¿lejos...?
…Mis mentiras miraban, mientras mañana, movido martes, mi mente moverá
montañas,
mares, madejas mezcladas... misteriosos momentos místicos......o cómo Lobo, solo, goloso sólo, optó, fogoso por otro olor...
...pensando, poco, para pecar pronto, poniendo prendas por penas pendientes, pintando poemas, parando pequeñas prisas...
... sentado sueño, sintiendo solo, susurros salteados, somnolientos sones
saltan sin seguir su sendero, sólo sus santos seguidores se salvan...
...trémula triste tarde tengo tan tragada tan tomada, toda tendida tras
tiempos tramposos trabados tirados tortuosos...
Cuando llegó a casa, la puerta estaba entre-abierta. No podía imaginar
quien estaba esperando. #1
La sombra que allí se reflejaba anunciaba una mujer. Pero,
evidentemente, no era una mujer cualquiera. #2
Al descubrirse, las miradas se fijaron durante un momento, sin poder
apartarse, sin poder evitarse. #3
Nada preveía lo que podría pasar. Quietos, estudiándose, intentando
adivinar cuál sería el siguiente movimiento. #4
Ambos se abalanzaron sobre el otro, como si dos animales compitieran
por el mismo territorio. Un choque de fuerzas. #5
Así, terminaron el uno con el otro. #6
Así murieron sin determinarlo. #7
Así acabaron con la espera. #8
Caídos en el suelo frio, exhaustos, casi inertes. #9
…y fue entonces cuando… #10
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